Capítulo VII. “Para unos, Pepe Marchena es la primera mentira del cante; para otros, su última verdad”. Con estas palabras, el flamencólogo Manuel Barrios define perfectamente lo que el más controvertido de los cantaores representó para los aficionados de los años veinte en adelante. En efecto, ningún cantaor ha sido más vilipendiado y ensalzado al mismo tiempo; a ningún otro cantaor se ha hecho tan responsable de llevar el cante a su más alta expresión de pureza o, por el contrario, a despojarlo de toda jondura y sinceridad.
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Nacido en el seno de una familia humilde sin antecedentes artísticos, a los siete años ya acaparaba la atención de los mayores, deseosos de escuchar a aquel niño “que prometía”; a los doce ya se le conocía no solamente en Marchena, sino en muchos pueblos a los que iba a cantar tendiendo la mano abierta que no siempre se cerraba a su gusto y necesidad. Y de ahí en adelante, a cantar por toda Andalucía con un estilo y una forma de interpretar los cantes completamente nuevos, pero que gustaban y con los que ganaba rápidamente adeptos. Respaldado por un público incondicional, triunfa en Jerez y Sevilla y poco después, en 1920, el reconocimiento definitivo en Madrid. La heterodoxia de Pepe Marchena se pone de manifiesto desde el principio. Su forma de adornar el cante con falsetes y filigranas, sus pretendidos cruces estilísticos, lo apartan totalmente de las reglas establecidas en el cante flamenco. El entonces Niño de Marchena se apoya en los fandangos y fandaguillos, en los aires de ida y vuelta venidos de América, así como en otros estilos más livianos para, con una frivolidad imperdonable, autodenominándose “maestro de maestros” y llevando la “creación personal” hasta el paroxismo; de esta forma se va conformando lo que sería, con la llamada Ópera Flamenca, el fenómeno arrollador del marchenismo. Todavía hoy es difícil verter ciertas opiniones sobre el cante de Marchena, sobre todo con gente de una cierta edad, que lo siguen estimando el número uno de todos los tiempos. Nadie debe considerarse con autoridad para hacer crítica o reproche al gusto de cada uno por un determinado artista, y cada quien es dueño de defender aquello que le gusta; pero, a veces, el juicio se hace más con el corazón que con el razonamiento, sucediendo a menudo que los gustos se anteponen a los conocimientos. Hay muchas críticas autorizadas que pretenden que el cante de Marchena, privado de sus dulces modulaciones, de sus gorjeos melismáticos, quedaba en poca cosa; lo suyo era bonito, agradable de escuchar, pero lejos de la profundidad y desgarro de otros cantaores que sí ponían su sello personal en cada creación, pero sin llegar a esos arreglos personales que tanto afean y desacreditan el cante flamenco. Tampoco podemos llegar a la negación absoluta al enjuiciar los cantes de Marchena, o al menos una parte de ellos; si los despojamos de la envoltura a veces tan extraña al flamenco con que los envolvió; si lo despojamos de tanto adorno inútil y antiestético que no hacían sino afearlos, bajo esa capa superflua y transparente encontramos cosas de verdadero e indudable valor que también dan la razón a quienes defienden su cante. Su amplia discografía tiene donde poder elegir en uno u otro sentido. Pero también hemos de creer al flamencólogo Pedro Camacho en lo que dice: “Los marchenistas fueron infinitamente más disolventes que Pepe Marchena. Lo de siempre”.
PEPE MARCHENA ORACIÓN SEVILLANA
Sevilla amaneció ahogada en pena sobre un Guadalquivir verde esmeralda; la claridad del sol, cálida y gualda, cambióse por helada y nazarena.
Llorándole, la Virgen Macarena de lágrimas tejióle una guirnalda; y fue tanto el dolor de la Giralda que echó al río su sangre sarracena.
El cante puso luto en los balcones; la guitarra, rompiendo sus bordones gemía musitando un Padre Nuestro.
El cielo se nubló, se ocultó el día, y Dios hasta Sevilla descendía para llevarse el alma del Maestro.
Paco Acosta Roldán |