Los países tienen por tanto cada vez mayor demanda de recursos naturales (materias primas, alimentos etc). Por otra parte, el crecimiento exponencial de la población mundial (también imparable con los actuales criterios) va a hacer que este crecimiento de la demanda se dispare hasta límites insostenibles en no mucho tiempo. Pero claro, vivimos en un planeta finito, con recursos finitos, con áreas cultivables finitas y con un equilibrio medioambiental que está llegando a su límite de capacidad de aguante. Y esto no lo contempla el sistema capitalista (y no sólo me refiero al neoliberalismo sino también a la socialdemocracia) que se fundamenta en una premisa absolutamente falsa: los recursos naturales son infinitos. Mientras no lo asumamos y lo consideremos en nuestras políticas, seguiremos creciendo hasta la hecatombe. De hecho, tras la nacionalización provisional de los bancos a que los gobiernos se vieron obligados hace poco (ver El Manifiesto Comunista, concretamente la 5ª de las diez medidas resumen, donde K. Marx y F. Engels ya lo aconsejaban hace siglo y medio), los líderes de los países más “importantes” se reunieron con el ambicioso plan de “refundar el capitalismo” pero finalmente lo que hicieron fundamentalmente fue cenar (imagino que muy bien) pues no he sido capaz de leer ningún acuerdo que cuestione mínimamente los paradigmas capitalistas más elementales.
Y luego cada uno a su casa a esperar que la economía remonte, que se vuelvan a construir casas hasta que cada europeo tenga cuatro o cinco, que se vuelvan a fabricar coches cada vez más rápido para que podamos cambiarlo cada año. Así, la economía crecerá otra vez con el desenfreno de los años recientes hasta que agotemos el suelo, los áridos para hacer casas, los metales para hacer coches etc. Entonces, cuando el crash sea brutal (quizá con la ayuda del cambio climático y de la rebelión de los hambrientos del tercer mundo), volveremos a reunirnos en el G20 para requetefundar el capitalismo. Y ya será tarde.
Necesitamos una revolución social ahora. Necesitamos cambiar el sistema: controlar la superpoblación, abastecernos energéticamente con energías renovables, producir lo máximo posible con materias recicladas, darle a la producción de alimentos la importancia que merece (la máxima), frenar la deforestación y destrucción ecológica global del planeta e invertir la tendencia etc, etc, etc. Y todas las medidas que se tomen deberán ser globales: no valen experimentos locales. Ni siquiera valen los prepotentes G7 o G20. Ni en Davos solucionamos nada. Sin embargo ya tenemos la ONU (con su UNESCO, FAO, OMS etc.). Modifiquémosla: acabemos con el derecho de veto, demos a cada país (democrático a ser posible) una representación justa. Y cedamos soberanía nacional en aras de conseguir soberanía planetaria: una Federación de Estados de la Tierra que afronte los grandes retos que, antes o después tendremos que abordar. ¿Tendrán nuestros representantes políticos (los que nosotros elegimos, no lo olvidemos) suficiente altura de miras como para mirar más allá de las próximas elecciones? ¿Más allá de las fronteras?
Sin embargo, algo empieza a cambiar en nuestro decadente Occidente. Un incipiente rumor social en demanda de medidas sensatas y coordinadas se empieza a oír. Quizá aún estemos a tiempo.
Eduardo Sáez Maldonado |