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Todo y nada | | María del Mar Soria. 03.02.09 | | Febrero. Una determinada calle de un cierto lugar se convierte en
escenario de una conversación infantil. Dos niños de unos 10 años
empujan un carrito de la compra mientras hablan, con un tono
ciertamente elevado, de cuestiones eminentemente adultas. En la
cadencia de uno de ellos sobresale la frase: “El cuarto hombre más rico
del mundo está en Marruecos”. El otro niño, cuyo rostro era reflejo de
haber visto al un ser Divino, responde: “…pero si en Marruecos solo hay
gente pobre…”. El primer chico, asintiendo, y con unas facciones que
cada vez denotaban más su aire filosófico y sereno, mira fijamente al
que pareció ser un amigo de la infancia y le argumenta de manera firme:
“… para que tú veas, mientras los niños se mueren de hambre su rey come
oro”.
| Riqueza, poder, ambición… términos demasiado confusos para quienes seguimos creyendo en la igualdad de condiciones. Conceptos, siempre tan difusos para los que continuamos confiando en la razón de la palabra. Mientras las altas esferas de nuestra política y Realeza se llenan la boca de optimismos representados en cifras irrisorias, estudios como el elaborado conjuntamente por Oxfam y Actionaid demuestran que los países más pobres solamente reciben la quinta parte del total de ayudas humanitarias, cayendo misteriosamente en saco roto cifras de dinero alarmantes. Entre tanto, y paradójicamente, ninguna investigación ha demostrado de manera real el número de pobres que existe a nivel mundial.
Sin embargo, si que existen numerosas publicaciones, artículos o textos publicitarios que nos acribillan con lemas como “la pobreza está en tu mente” o “Pobreza 0. sin excusas”. Todas estas cuantiosas campañas publicitarias remiten un mensaje claro y directo en el que el ciudadano es el principal protagonista. Aportamos, de forma voluntaria, nuestro granito de arena a una causa en la que aún seguimos creyendo, pese a que el infortunio se sigue aprovechando de los más desamparados. Pero la contradicción reina en todos estos actos cuando vemos imágenes en las que un vagabundo arde en llamas porque no ha sido la Providencia, sino unos adolescentes, quienes han decidido que una persona no puede seguir existiendo, aún ni si quiera como pobre. Y resulta aún más triste observar cómo nosotros, ciudadanos de a pie que defendemos la libertad y la dignidad, nos quedaos impasibles ante una imagen en directo de tales características.
En un mundo en el que tenerlo todo y desear lo infinito está a la orden del día, nos hemos convertido en verdugos de nuestros impulsos. Sobrevivimos, que no vivimos, a la desazón de ser la generación de un oro al que pretendemos adulterar, pues invertimos en banalidades que siempre acaban por destruirse o caducar. Si cada vez que desprestigiamos todo cuanto tenemos nos quitaran un minuto de oxígeno, comprenderíamos que hay quienes se ahogan y desvanecen cada minuto porque la vida no les ha dado ni un solo privilegio del que nosotros podemos disfrutar. Sin embargo, a veces es importante pensar que, como dijo Séneca, “el pobre carece de muchas cosas, pero el avaro de todo”. |
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