Capítulo II. Con frecuencia, en la historia del flamenco, muchos de los cantaores que han llegado a grandes figuras eran ya conocidos y admirados a la edad en que otros chavales sólo se interesan a sus juegos y travesuras infantiles mientras que en ellos, con sentimientos e inquietudes diferentes, la afición al flamenco les alteraba la sangre impulsándolos a expresar cuanto llevaban dentro por medio de ese grito de jondura, ese grito de descarnado dolor en que se convierte el cante cuando se siente por dentro arañando las entrañas. Y ese sentimiento, nacido y convertido en genialidad en el pecho de un niño, siempre fue entendido por la afición que, sin equivocarse en su juicio, los adoptaba como “niño tal” o “niña cual”, y que demostraban ya desde el principio lo que luego serían en el flamenco.
|
Manolo Caracol es uno de esos ejemplos, ya que con sólo13 años, edad en la que se es niño todavía, se colocó a la misma altura que un viejo cantaor con toda le experiencia del mundo a la espalda, el Tenazas de Morón, en el Concurso de Cante Jondo de Granada de 1922, al ganar el primer premio ex aequo con el viejo Tenazas. Aquello le abrió de golpe las puertas de una fama que no haría sino acrecentarse con el tiempo sobreviviéndole, como a todos los grandes artistas, a su propia muerte. A Manolo Caracol, último genio de una de las más largas y fabulosas dinastías gitanas y que más artistas ha dado al mundo del cante y de los toros, (tan diferentes y, a la vez, tan paralelos y enraizados entre sí), parecía que, ya desde niño, hubiéranle fundido el corazón en los crisoles más puros y arcanos del cante jondo; tenía que ser por eso que Manolo llevaba siempre el corazón en ese punto de fusión, en ese color rojiblanco que hay que darle al hierro que ha de ser batido a golpes de martinete. Y es que Manolo había ido adquiriendo temple en las fraguas gitanas de Jerez, de Cádiz, de Triana, o de cualquier otro lugar donde hubiera que moldear el corazón para cantar por derecho. Y del fuego purificador de las fraguas, ese corazón iba al acero noble y sufrido del yunque donde, con la sabiduría de su cuna y la genialidad de su raza, forjaba sus tremendas seguiriyas, la majestuosidad de sus soleares, sus fandangos de puro sabor gitano, que cuando le brotaban del pecho más parecían plegarias litúrgicas que expresiones folklóricas como si, al templar cada uno de sus cantes, en vez de hacerlo con agua común los templara rociándolos con agua bendita. No obstante el arte incuestionable de Caracol, con raíces en la más pura solera sevillana, tampoco se libró, como otros artistas que le precedieron en introducir orquestas en sus cantes, de la crítica demoledora e injustificada de un amplio sector de puristas que le reprocharon el cantar con piano y orquesta, aun cuando sus zambras y canciones orquestadas fueran de un gitanísimo e inigualable sabor flamenco. Una amplia discografía y varias películas en su haber, en las que cantaba sus famosas zambras junto a Lola Flores, permiten entender la gran importancia de éste cantaor a aquellos que por la edad no tuvieron la suerte de verlo y escucharlo en tantos y tan memorables espectáculos, en los que actuaba con la cantaora y bailaora jerezana que fue su pareja artística y sentimental durante años. Creador de una escuela de la que han salido muy buenos y afamados cantaores, Manolo Caracol ha sido y es, aún después de muerto, uno de los más sólidos e inamobibles puntales que mantienen firme la complicada estructura del cante flamenco.
MANOLO CARACOL GRANDEZA GITANA
Era a la vez el yunque que sufría y el martillo tenaz que golpeaba; era risa que al cante se apagaba y era pena que al cante se encendía.
Era un hondo sentir que se batía con aquel cara y cruz que lo retaba: la triste seguiriya lo mataba, la inmensa soleá lo revivía.
Era el calor eterno de la fragua; era la fuerza viva con que el agua va abriéndose camino hacia el pantano.
Era la voz rotunda y arrogante. Era sombra y candil; era, en el cante, lo más puro y antiguo del gitano.
Paco Acosta Roldán
|