El tal escrito es tan banal, tan ignorante, tan vacío, en suma, que no da lugar a sentirse molesto y mucho menos, ofendido. Pero servidor tiene la costumbre de responder cuando se le menciona, sobre todo si se hace con mala intención, por aquello de que “Quién calla, otorga”; y en esta ocasión, como siempre, también he querido responder. El problema era saber a quién dirigirme ya que nunca me ha gustado ni me gusta hablar con nadie al que no pueda mirar a los ojos; pero como quiero responder y no hay forma de hacerlo de otra manera, como no puedo dirigirme a ese ser vivo, de sangre caliente y capaz de hablar como ser humano, no tengo más remedio que dirigirme al “Anónimo de las 22.44”, que es como “firma” el autor del “piropo”. O sea, responderle no a alguien, sino a “algo” que tiene la misma personalidad que una teja y que, además, me deja en la gran incógnita de si lo que tiene escondido es pilila o chochito, y de si se viste por los pies o por la cabeza, porque como el anónimo es el paraguas que ampara a cualquiera que tema mojarse dándose a conocer, pues te quedas con las ganas; aunque, a decir verdad, que sea chicha o limoná tanto monta monta tanto y con su pan se lo coma que para eso es ya mayor. Supongo.
Pero ésta pérdida de tiempo y de trabajo (que debería emplearlo en otra cosa más importante que hablarle a un números sin valor nominal), no me importa pues lo aprovecho para informar al dígito en cuestión sobre algunos puntos en los que demuestra una total y perversa ignorancia, dicho sea con todos mis respetos. En primer lugar aclararte que Paco Acosta, o sea, servidor, no es cantaor de flamenco; y lamento de veras no serlo porque, y aunque es una de mis grandes aficiones, jamás cantaré sin saber a fondo lo que canto. Y es que le tengo un gran respeto a todo artista que, haciéndolo mejor o peor, tiene la valentía de salir ante un público a decir su copla aun a riesgo de que le piten si lo hace mal. Pero esto de pitar ya no se lleva y, aunque cantando como para meterlo preso nunca le faltará al atrevido artista algunos incondicionales para aplaudirlo en cada función; pocos, la verdad, pero los suficientes para tenerlo contento y que siga el espectáculo. No, anónimo de las 22.44, no soy cantaor de flamenco ni de ningún otro estilo de cante, ni nunca lo he sido; sin embargo, tú si cantas, aunque pretendas ignorarlo; pero cantas en un estilo que no entiendo ni comparto, por lo que no puedo aplaudirte ni declararme aficionado tuyo; y no puedo porque tú cantas solamente en la ducha y por lo bajini, para que ningún vecino sepa quien eres ni lo mal que lo haces, y porque ni respetas ningún compás ni sigues ninguna de las reglas del cante por derecho. En una palabra, y para entendernos, que cantas falso y sin estilo. Esto te lo digo sin acritud: quienes frecuentamos el ambiente del flamenco sabemos que hay –como los hay también en otros ambientes-, muchos fantasmones, (así se les llama), que llevan en la sangre el veneno del cante y pueden pasar la vida cantando aunque sólo sea en la ducha y en falsete. Para que no se les conozca. Allá ellos y sus gustos personales.
En otro momento de tu brillante discurso dices que “Paco Acosta está en todos los sitios premiado”; pues mira por donde, y aunque tu intención no sea la de felicitarme, has dado en el clavo: puede que no sea en todos los que yo quisiera, pero si estoy premiado en muchos sitios. Y si me perdonan quienes esto lean por mi falta de modestia, que es necesaria para remediar tu ignorancia, te señalaré algunos de los lugares en los que he tenido la suerte de recibir algún premio: Madrid, Bilbao, Sevilla, Castilla y León, Granada, Córdoba, La Unión, Lucena, Málaga, Gilena; Las Gabias…, y suma y sigue; si en vez de ser un simple número tuvieras forma humana te invitaría a mi casa a que comprobaras que todos esos premios están avalados con el sello y la firma de los diferentes responsables de ayuntamientos, peñas, organizaciones y entidades culturales de cualquiera de esos lugares que te cito. Te digo esto porque en otro lugar de tu escrito dices “Debiera devolver todos los premios cogidos por la cara”, y tampoco aciertas. Yo no cojo los premios ni por la cara ni por los pies: me los dan con las manos y los recibo en ellas, con toda humildad y con la satisfacción de haberlos merecido. Y por supuesto, aunque esto te parezca mal, no los voy a devolver porque son míos y porque cuando he concurrido a todos y cada uno de esos concursos lo he hecho dando mi nombre, apellidos y dirección para que nadie tuviera la menor duda sobre quién escribía. Y para desmontar tu ¿denuncia?, te diré que en todos esos lugares, y antes de ir a recoger el premio, era un completo desconocido; no creo que nadie piense, como tan malintencionadamente quieres dar a entender, que me los han regalado. Criticar desde la sombra a una persona no solamente es fácil sino gratuito: aclarar los fundamentos de la crítica lo es menos. También he concursado aquí, en Alhaurín de la Torre, mi pueblo, que no sé siquiera si es el tuyo, en el concurso de la Peña Flamenca Torre del Cante. Y mientras que, (otra vez pido perdón a quienes me lean), seguía recibiendo primeros premios “en todos los sitios” como tú dices, aquí, en mi pueblo y en mi Peña, tuve que concursar no recuerdo si tres o cuatro años antes de merecerlo, a pesar de que los diferentes jurados estaban compuestos cada año por amigos míos de aquí y de Málaga. Y me dieron el premio cuando ellos, el jurado, entendió que en ésa ocasión había sido el menos malo de los concursantes. Porque no todo, mal que le pese a quien le pese, se hace siempre en connivencia. No es que esto sea relevante ni que yo trate de convencerte, pero si vas a dormir mejor sabiéndolo (a la gente les preocupa lo que ocurren a su alrededor y no quien ha podido ganar un premio, que sólo es importante para quien lo gana), puedes comprobarlo en la propia Peña o en libros y crónicas que se han escrito sobre ella completamente fiables; aunque el malintencionado siempre verá las cosas según le va o le conviene a su buena o mala intención.
¿Merecía tu escrito, tan cortito y tan simple, tanto tiempo y tanta retahíla como respuesta? Por supuesto que no. Pero he querido que entiendas que cuando se habla de alguien recurriendo al anonimato porque no se es capaz de dar la cara, al menos, no sea mas que por la propia dignidad, se debe estar seguros de lo que se dice. El denunciar va en función de la condición de la persona que da ese paso, de su conciencia y de las pruebas que tenga; pero si lo hace debe, cuando menos, asegurarse de que esas pruebas son comprobables y que la denuncia es justa. Y tú me denuncias sin saber lo que dices. Y es que, aunque ello no sea grave ni siquiera importante, te has equivocado, anónimo de las 22.44, porque tu ignorancia va pareja a tu mala intención. Y te has equivocado porque me atribuyes una categoría de cantaor flamenco que no tengo, ¡ya quisiera yo tenerla!, y me duele más tu ignorancia al respecto que mi falta de cualidades cantaoras; te has equivocado porque me acusas de obtener regalos por la cara, y me duele más tu premeditada e irrazonable mala intención que el que alguien pueda creerlo. Y me duele perder mi tiempo tratando con un simple y anodino número, el 22.44, al que no le importa hablar mal de los demás escondiendo su propia identidad y sin dar a nadie oportunidad de defenderse de sus acusaciones, sobre todo cuando éstas son mentiras.
Porque si de algo debemos avergonzarnos es de tirar la piedra y esconder la mano. Eso tuve que aprenderlo en mis carnes cuando no tenía más de diez u once años. Y puestos a perder el tiempo, y porque al final me está gustando “razonar” contigo, anónimo de las 22.44, te lo voy a contar aun a riesgo de cansarte y cansar a quienes se toman el trabajo de leerme, aunque cada cual puede cortar cuando este royo lo esté aburriendo.
Vivía en mi barrio un chico más o menos de mi edad pero físicamente bastante más fuerte que yo, el cual muchacho me incordiaba o, lo que era peor, yo lo creía así; y como no era capaz de ofenderlo de otro modo, desde la protectora oscuridad de un portal, una noche le grité, “¡Cabezón!”. Él, aunque me escuchó, no pudo hacer nada pues yo me di buena maña en esconderme aún más para que no me viera ni supiera quien era el que lo insultaba. Pero te prometo que, ya a esa edad, y después de aquella hombrada, me sentí ridículo, rastrero, sucio, y tuve vergüenza de mi mismo. Y así durante bastantes días hasta que, echando mano, no de mi valor, que no es necesario para ése tipo de cosas, sino de mi propia estima, me acerqué a él y sin venir a cuento le volví a llamar cabezón. La hostia que me largó aún me sigue doliendo, pero sirvió para librarme para siempre de aquella molesta sensación de cobardía que me roía por dentro.
Y nada más, anónimo de las 22.44, sino lamentar que no me hayas dado la oportunidad de darte esa hostia, digital quiero decir, naturalmente. Yo, en aquel momento, me sentí mal; pero si tú te sientes realizado personalmente, adelante y que te aproveche. Ahora, cada uno nos hemos desahogado a nuestra manera. Pero no hay que guardarse rencor por la claridad con la que nos hemos dicho lo que pensamos uno del otro aunque yo, reconócelo, lo he hecho dándote la opción a que me respondas.
Como a ti te gustaría que lo hiciera cualquiera que tuviera algo que decir sobre ti: con nombre y apellidos. Puesto que estamos en estas fechas, tómatelo como un pequeño cuento de Navidad. Con mi saludo, recibe mi deseo de que 2009 te traiga todo lo que mereces. Paco Acosta.
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