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FOSFORITO.  CANTAOR
Antonio Fernández Díaz. Puente Genil, (Córdoba), 1932
Oir el fandango "Todavía yo la quiero"

Perfiles Flamencos. 04.01.09 

Capítulo I. flamenco es uno de esos sujetos de conversación en que difícilmente se ponen de acuerdo cuantos tertulianos toman parte en él. Junto a sus conocimientos más o menos profundos sobre tema tan controvertido, están sus gustos y aficiones personales que los empujan, casi siempre, a la parcialidad. Pero este fenómeno no se da exclusivamente entre los aficionados: no es raro encontrarse, emitidos por reconocidos y respetados flamencólogos, con juicios totalmente opuestos entre sí sobre las cualidades y méritos artísticos de un mismo cantaor. No son todos, pues, los cantaores en los que coinciden críticos y flamencólogos, de forma unánime, en reconocerles formas y maneras de sentir e interpretar el flamenco. Sin embargo, en reconocer los amplísimos méritos y sobradas cualidades que han hecho de Antonio Fernández Díaz, Fosforito, uno de los cantaores de más sólido y prestigioso currículum de la historia del flamenco, no hay la más mínima discrepancia.

     En la lucha sostenida por otros muchos artistas contemporáneos suyos por darse a conocer, él ya había llegado a esa cima que tantos tratan de alcanzar pero que muy pocos consiguen. Llegó a ella joven en  edad pero viejo en conocimientos, y con plena capacidad para ejercer un oficio que llevaba en la sangre y del que era aprendiz desde niño. Porque si hicieron falta 24 años para encumbrarlo como artista definitivo del cante flamenco, él ya llevaba muchos años recorriendo mundos y buscándose la vida en aquello que sabía, y sobre todo, que quería hacer. Y con la edad en que los juegos es la sola preocupación de los niños, él estaba más curtido que muchos de los adultos con que los estaba obligado a tratar; y es que ya llevaba mucho tiempo, pese a su juventud, aprendiendo en el duro catón del flamenco, a palo seco, en un salto mortal sin red que es donde el artista demuestra su dominio en el oficio y bebiendo, más que en las fuentes, en los mismísimos veneros de la jondura del cante.
     Y de pronto, Córdoba, 1956, y el Primer Concurso Nacional de Cante Jondo. Y Fosforito. Sólo 24 años llenos de juventud, pero con un gran bagaje de experiencia  antigua y de profundos conocimientos en el cante difícilmente superables. Y se produce el milagro: Córdoba, Andalucía, ¡España estera! se rinde ante este fenómeno, casi desconocido del gran público, pero que traía la cartilla de la escuela flamenca bien aprendida. Y en la prestigiosa Universidad del Flamenco que es el Gran Teatro de Córdoba, en dura competición y ante un jurado tan entendido como exigente, Fosforito pasa su primer gran examen obteniendo matrícula de honor en todas las asignatura, en todos los estilos.
     Si yo me atreviera a comparar a Fosforito con los grandes genios de la pintura, diría que en su sabia e irrepetible paleta de artista, en la que mezcla y combina todos los estilos y palos del flamenco, se amalgaman esos raros y misteriosos matices cromáticos que sólo los grandes maestros han conseguido componer; matices que luego, al trasplantarlos a los lienzos de sus cantes, los emplea en dar esa aureola brillante y luminosa a sus alegrías; en los fondos negros, insondables, de su portentosa seguiriya, o en los claroscuros, inimitables para tantos cantaores, de su soleá apolá.
     El cante de Fosforito es, como el arte del toreo, trágico y festivo a la vez; si en la pelea del diestro con el toro nos sobrecoge el miedo ante el ceñido y peligroso natural, o nos alegran y relajan los elegantes pases de adorno, en el cante de Fosforito se funden, para soliviantarnos o distendernos, el desgarrado y doloroso sentimiento de unos cantes con la alegría desenfadada de otros, que nos duelen o nos alegran según aquello que esté cantando, pero que nunca nos dejan indiferentes. Porque en cada uno de sus cantes Fosforito hace una interpretación sobria, profunda, sin concesiones a lo fácil, sin pases espectaculares que enardezcan a un público que sólo aprecia lo aparatoso, sin bajonazos oportunos que, como recursos aliviadores, decepcionan al verdadero entendido. Su garganta, como el más prodigioso de los capotes, se hace filigrana para mandar como nadie en los cantes de compás que tantas veces han hecho delirar a un público entregado. Luego, convertida en airosa y artística muleta, en cuyos pliegues se prendieron hace tiempo y para siempre todos los duendes del flamenco, se adorna con la magia de todos los cantes.
     Y entonces, en un silencio solemne, casi religioso, palo a palo, tercio a tercio, desgrana toda la grandeza de su arte en esa entrega total que todos conocemos. Y en cada una de esas entregas, en cada uno de esos cantes, llegada la hora del quejío supremo, el maestro se echa, abierto el pecho y rota la garganta, entre las astas mortales de la jondura del cante de las que sale, milagrosamente, siempre ileso.
     Desde aquel memorable 1956, y hasta el día de hoy, en plena madurez artística, todos reconocen en él no sólo su depurado estilo y profundo conocimiento de todos los cantes, sino, y sobre todo, una entrega total que lo lleva, aun en ocasiones en las que no se encuentra en su mejor momento físico, a romperse el corazón en pedazos movido por su responsabilidad y su respeto al público.
     Durante toda su larga trayectoria artística, con el reconocimiento general de público y crítica le han sido concedido tantos premios y hecho tantos reconocimientos que sería larga tarea citarlos todos; sirvan como muestra algunos de los muchos recibidos: en 1968, la Cátedra de Flamencología de de Jerez le otorga el Premio Nacional de Cante; en 1985, obtiene el II Compás del Cante; en 2005, la Junta de Andalucía, a petición de todo el mundo flamenco lo distinguió con la V Llave de Oro del Cante, quizá la que más consenso y respaldo ha recibido de cuantas se han otorgado. En 2006 le es concedida la Medalla de Andalucía.
     En 1988 fue nombrado Hijo Adoptivo de Alhaurín de la Torre, pueblo malagueño con el que está estrechamente vinculado tanto personal como artísticamente. Durante treinta años vecino de este municipio, Fosforito ha sido el artista obligado en todas las ediciones del prestigioso Festival Flamenco Torre del Cante a cuya creación, en 1974, contribuyó en gran medida. Catorce años después de aquel nombramiento, en 2002, Alhaurín distinguió de nuevo a este gran artista dando su nombre a uno de los más bellos jardines de la localidad y erigiéndole un busto entre parterres de flores, perpetuando en su pueblo de adopción el nombre y la figura del genial cantaor de Puente Genil.
   Ha transcurrido mucho tiempo desde aquel 1956; Fosforito, defensor a ultranza de la pureza de los cantes, cantando siempre por derecho, ha sabido mantenerse fiel a sus principios sin deslizarse nunca por la fácil pendiente que otros cantaores eligieron. En aquella ya lejana fecha entró en la Cátedra del Cante, y en ella se ha mantenido sin necesidad de más exámenes porque él mismo es catedrático en esa difícil carrera que es el flamenco, convertido a su vez en claro venero en el que han bebido, beben y beberán todos aquellos cantaores que no quieran contaminarse satisfaciendo su sed flamenca en aguas menos puras.

FOSFORITO
JONDURA DEL CANTE

Puente Genil, oro dulce y maduro,
fue de dioses y duendes elegido
para fundir el broche más pulido
en un crisol de barro noble y puro.

Para templarlo a su extraño conjuro
al pecho de una musa fue prendido;
de notas musicales revestido
y patinado en brillo claroscuro.

De tan valioso, tan fino y recamado
fue, por deber, al Arte emparentado
con un lazo que abarca el infinito.

Y el cante jondo obtuvo la ventura
de bautizar su más regia figura
con el nombre inmortal de Fosforito.

Paco Acosta Roldán

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