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Helena Trujillo Luque. Psicoanalista. 30.12.08 

EL TURCO Y ZARA
Yo soy el prototipo de hombre que pudo algo y no pudo algo. Se podría decir que voy empatado con la vida.
La vida me metió algunos goles, yo le metí algunos goles a la vida.
Pero esta vez estaba en el centro de un vivir diferente, si era capaz de escribirlo, o de hacerlo escribir y no dejar de sentir lo que sentía, era como un bien que le haríamos a toda la humanidad.
Algo había pasado en el siglo XX.

Algo con el sexo, algo con el amor, algo con la escritura, y nosotros éramos ese testimonio vivo, a la vez inútil.
Era necesario escribirlo, hacerlo escribir.
Los veía vivir y no lo podía creer.
No se parecían a nada, yo empecé a sentir que había llegado mi oportunidad. Ellos, ellas, son todos escritores, pero ninguno de ellos se animará a contar lo que viven.
Así fue, brevemente, como comencé a mirar con intención de narrar como vivían, y tomaba notas y notas y, a veces, me enceguecía hasta tal punto que, por tomar notas terminaba no dándome cuenta de lo que pasaba.
Algún día, me decía todo esto tendrá algún argumento, aunque roto, y eso será una novela.
Y ahora, creo que ha llegado ese día.
A mí, me llamaban el Turco porque todo lo vendo y todo lo compro.
Soy un representante del dinero sobre la tierra, también compro y vendo el amor.
Cuando conocí al profesor, sin poder acercarme a él, no pude sentir otra cosa que ese hombre había salido de mi imaginación, después, esa sensación rozando casi lo siniestro, se volvió a repetir con todos los hombres y todas las mujeres que, de una u otra manera, estaban conectados con el Profesor.
Ahora ya estaba más habituado a ese tipo de encuentros.
En realidad, les pasaban las mismas cosas que le pasaban a todo el mundo, pero ellos reaccionaban diferente y algo habían aprendido a gozar.
Así que cuando el profesor, en el café donde se reunían, sin dirigirse a mí, preguntó, quién era yo, que hacía ahí sentado escribiendo, yo le contesté rápidamente:
-Yo soy el novelista, para los amigos El Turco.
El profesor saludó con la cabeza y dijo:
-Encantado
Yo sólo moví la cabeza y cuando la levantaba por segunda vez, vi claramente que Zara, una mujer joven, hermosa y desconocida me miraba con deseos.
Pero yo, en principio, me hice el tonto.
Yo tenía que escribir cómo vivían, pero no tenía que vivir con ellos.
La segunda vez que me sentí mirado por Zara con deseos, comencé a sentir que, a lo mejor, existía verdaderamente la posibilidad de que yo viviera con ellos, y ellos escribieran la novela.
Después, la vida me enseñaría cosas que todavía no había aprendido.
Esa misma noche al despedirse, con la excusa de que la esperaban Miguel y Carlina en un bar de la calle Córdoba, Zara se acercó a besarme y me preguntó, pegando su boca a mi oído, susurrando:
-¿Y yo voy a estar en la novela?
Y yo, pensando en sus labios entreabiertos, sentí, escuché verdaderamente que Zara me decía:
-Cómo te la voy a chupar.
Creo que sentí una especie de rubor, me levanté y tomándola de un brazo, le dije a mi vez: necesito hablar contigo, y.
Zara dijo que no, que no podía faltar a la cita con Miguel y Carlina.
Suavemente la fui empujando hacia el baño de mujeres. Ella tenía una falda muy corta, así que inmediatamente, le llegué al coño. Ahí, ella se abrazó y suspiró y dijo en voz muy baja: - Apenas te conozco, no sé ni tu nombre.
- El Turco, me llaman El Turco, le dije, mientras la acariciaba suavemente entre las piernas…

Sigue leyendo: http://lacomunidad.elpais.com/elsexonocae/2008/12/21/-p-class-msonormal-st 
 
RELATOS ERÓTICOS. MATHILDE. 2ª PARTE

Este sexo era móvil también y cambiaba como si fuera de goma, como si lo ensancharan unas manos invisibles, unas manos curiosas que pretendieran desmembrar el cuerpo para acceder a su interior. Entonces, el trasero se volvía completamente hacia él y empezaba a perder su forma, como si lo hubieran arrancado. A cada momento parecía que el cuerpo iba a abrirse del todo, hasta rasgarse. A Martínez le acometió la furia porque otras manos sujetaban ese cuerpo. Trató de incorporarse y buscar el seno de Mathilde, y si encontraba allí otra mano o una boca chupándolo, buscaría el vientre, como si aún se tratara de la imagen que obsesionó su sueño causado por el opio, y entonces caería sobre la parte inferior de aquel cuerpo, de manera que pudiera besarlo entre las piernas abiertas. El placer que experimentaba Mathilde acariciando a los hombres era inmenso, y las manos de éstos se deslizaban sobre su cuerpo y lo arrullaban de tal manera, tan regularmente, que raras veces la acometía un orgasmo. Sólo adquiría conciencia de ello una vez se habían marchado los hombres. Despertaba de sus sueños causados por el opio, con el cuerpo aún no descansado.
Permanecía acostada limándose las uñas y aplicándose laca en ellas, haciendo su refinada toilette para futuras ocasiones y cepillándose el rubio cabello. Sentada al sol, y utilizando algodón empapado en peróxido, se teñía el vello púbico del mismo color que el cabello.
Abandonada a sí misma, la obsesionaban los recuerdos de las manos sobre su cuerpo. Ahora, bajo su brazo, sentía una que se deslizaba hacia su cintura. Se acordó de Martínez, de su manera de abrirle el sexo como si fuera un capullo, de cómo los aleteos de su rápida lengua cubrían la distancia que mediaba entre el vello púbico y las nalgas, terminando en el hoyuelo al final de la espalda. ¡Cuánto amaba él ese hoyuelo que le impulsaba a seguir con sus dedos y su lengua la curva que se iniciaba más abajo y se desvanecía entre las dos turgentes montañas de carne!...
Sigue leyendo: http://lacomunidad.elpais.com/elsexonocae/2008/12/28/relatos-eroticos-mathilde-2a-parte
 

 Relatos extraídos del blog:
EL SEXO NO CAE. POESÍA ERÓTICA
-------------El sexo no cae: se entrega, se somete, esclaviza todos sus sentidos... 
    

Una recomendación de Helena Trujillo, psicoanalista.
www.htpsicoanalisis.com

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