Los telespectadores de este macabro rol sólo pudieron pensar que se trataba de una broma sin ningún tipo de humor. Sin embargo, para lo que Abraham K. Biggs no tenía ninguna gracia era que el mundo que le rodeaba había dejado de comprenderlo y que él hacía mucho tiempo que no se entendía a sí mismo. Su refugio, en este caso, fue la comunicación online con fieles usuarios que contemplaban su "reality show" como parte de un juego que el joven de 19 años había inventado. Nadie hubiera imaginado que este chico "se odiaba a sí mismo" por considerarse un "fracasado", tal y como dejó escrito en una nota tras morir a conciencia por una sobredosis de pastillas.
Quizá lo que Biggs deseara es que el mundo entero se hiciera partícipe de sus amargos sentimientos, obviados por unos, callados por otros. Probablemente el joven norteamericano haya escrito un nuevo capítulo en el libro del amor a la vida, dando una lección de moral a quiénes silencian sus caídas para fingir un éxito imperecedero. Y es que estamos tan acostumbrados a que los demás nos hablen de una supuesta vida tan perfecta, que tendemos a comparar nuestra existencia con la de aquellos que inventan la suya. En primer lugar, las comparaciones siempre son odiosas, y en segundo, la honestidad no tiene nombre en todo el mundo.
Vivimos en un mundo cuyo ritmo no nos permite caminar, sino que nos obliga a participar en una carrera sin final. El egoísmo, la avaricia o el materialismo son sólo algunas de las exigencias que se presentan en este mundo del siglo XXI. Los datos demuestran que, en España, una persona tiene una probabilidad de entre un 15 y un 20 por ciento de sufrir depresión a lo largo de su vida, según la Fundación Española de Psiquiatría y Salud Mental. Por ello, no es de extrañar que las cifras engorden a medida que la sociedad en la que vivimos nos exige una óptima formación, una holgada economía y un estado civil determinado. Los parámetros cuadriculados hacen que nos convirtamos en verdugos de nuestra propia búsqueda, que no siempre es la que deseamos. Quizá el éxito del equilibrio personal se encuentre en el respeto y admiración por nosotros mismos, ya que tan sólo de esta manera la sociedad proyectará estos valores sobre cada unos de nosotros. Somos lo que queremos, no lo que los demás inventan para nosotros. |