Pasan unos meses y le nace un nuevo hijo, esta vez una niña. Este hecho le hizo ser más valiente, mas fuerte, y con la ayuda de sus familiares comenzó a trabajar en el campo. Cortijos como Piamonte, Torre de la Alquería, Peralta, Cortijo Blanco, San Juan de Buenos Aires, Paredón, Alamillo, Comendador Alto, Cortijo del Conde, Notario, Comendador Bajo, Tetuán, Cortijo Las Flores, Píes Negros, y otros, supieron de su trabajo llegando a competir en el tajo con los hombres. Trabajaba en todo lo que en aquellos años se producía en nuestro pueblo que no era poco: trigo, cebada, guisantes, berza, garbanzos, batatas, tomates, habas, patatas, olivas, algodón, maíz, melones, sandías, cañas de azúcar, higos y otros. Como era costumbre en nuestro pueblo siempre se traía el acostumbrado piquete y a la llegada a casa los hijos esperaban con ansiedad el mismo para mitigar un poco el hambre.
Pero como no siempre se encontraba trabajo en el campo, cuando no lo hacía se dedicó al estraperlo. Para ello iba y venía de Málaga en el tren llevando productos a la capital. Pasan los años y la situación mejora, sus hijos ya mayores se dedican al trabajo, compran una vivienda en propiedad y le llega de alguna manera la calma. Con los hijos casados y viviendo con su hija, acomete una de sus promesas que se juró cuando murió su esposo: trasladar sus restos al cementerio del pueblo al objeto de que cuando le llegara su muerte reposaran juntos. Tras algunos trámites y 22.000 pesetas, por fin lo consiguió y los restos de Curro, tras muchos años, reposaron en el camposanto de Alhaurín de la Torre.
Pero por desgracia aquí no había acabado su sufrimiento. Ya en las postrimerías de su vida cayó enferma. Una enfermedad dura, dolorosa, que aceptó con resignación. En algunas ocasiones cuando se hallaba centrada, comentaba que su Padre Jesús tuvo tres caídas antes de su muerte y que para ella la enfermedad era la tercera por lo que el fin de su vida se aproximaba, que se hallaba cerca. No obstante, en una ocasión cuando se encontraba rodeada de los hijos y algunos nietos, comentó solemnemente que tenía que decirles un secreto que vuestro padre me hizo jurar que no lo contaría. Se produjeron entonces miradas de extrañeza entre todos, incluso algunos pensaron en una herencia. Con voz solemne les dijo que cuando su padre vivía nunca le faltó la carne en la casa, ya que llevaba una escopeta de un cañón en los aperos del borrico y con ella mataba conejos y liebres. Así mismo narró que un año en navidad lo pasaron muy bien, pues un día antes subió a la sierra y cuando se hallaba cortando leña, observó a dos machos de cabra montesa que se estaban comiendo de un olivo silvestre. Entonces montó el arma y cogió dos cartuchos, cargó la escopeta realizó un disparo y mató a uno, rápidamente montó otra vez el arma y cuando el segundo animal salía en estampida le disparó y lo mató. Con remordimiento se arrepintió de lo que había hecho, pero pensó en sus hijos y lo olvidó. Esperó hasta el anochecer para cargar a los animales y los cubrió de ramas, descendió silenciosamente de la sierra bajo la luz de la luna temiendo encontrar a la Guardia Civil. Al llegar al domicilio pegó suave, María Luisa abrió la puerta y le mandó callar, descargaron la carga en pocos momentos y llevaron al borrico a la cuadra y con una sonrisa a flor de piel se dejó caer. Qué gran navidad pasaron…, aunque con el susto de por vida. Días después falleció y su cadáver fue enterrado con los restos de su esposo en el Cementerio Municipal.
A LA MUJER ALHAURINA: Mujer bella, dulce, valiente, aguerrida, de mucha entereza, amante, sufrida, virtuosa, inteligente, descendiente de aquella otra doncella que sacó los ojos a un soldado de Sartorio en defensa de su virtud, alrededor del año 100 antes de Cristo, cuando Lauro Vetus resplandecía en la Bética: Quién osa maltratarte, hacerte daño, tú que das vida y eres fiel hasta el último suspiro.
A NUESTRA SIERRA: Sierras de indudable belleza, que diste todo lo que tenías al pueblo alhaurino en otros tiempos, mitigaste su hambre, diste trabajo suficiente para poder vivir, aportaste frutos, cal, arena, carne, leña y cobijo. Cómo podemos ser tan crueles contigo. |