Y como no anda de juicio lo que se dice abundosa, (vamos, que tiene lo justo), tiene por sano ejercicio tergiversar, maliciosa, a su modo y a su gusto sin mirar en el perjuicio de una palabra injuriosa.
Igual que la idiota tira la piedra al aire y no mira a quién le da o a quién hiere, ella imitar siempre quiere de la idiota, la idiotez. Pero con tal maniobra, y para su gran zozobra es ella, por su memez, la que recibe el desprecio que no es más que el justo precio que merece su doblez.
A mí me tiene manía desde el ya lejano día que me atreviera a callarla, considerando una ofensa la insidiosa y mala prensa que al pueblo daba su parla.
Aunque vive esta vecina rumiando la negra inquina que le tiene a medio mundo, yo sólo la criticaba por el desprecio profundo que por el pueblo mostraba, que al paisanaje trataba de pueblerino simplista. Después, falsa idealista, -o buscando populismo que a fin de cuenta es lo mismo-, gentilmente se ofrecía a educarlo cada día con noble paternalismo.
Mas su trato la evidencia como la persona astuta que a una verdad absoluta la convierte en apariencia. Y como jueza impoluta, apresa, juzga y sentencia al que en su férula cae y de cabeza lo trae con dañosa virulencia.
¿Se deberá a miopía? ¿Será a su criterio estulto que nunca ha visto un insulto donde un ciego lo vería? Si es que alguna inteligencia tuviera en su juventud, creo que en la senectud se ha convertido en nescencia.
Ni la tengo por amiga ni se me importa una higa que sólo mire su ombligo: su nombre guardo secreto, y por mínimo respeto a silenciarlo me obligo. Pero desde aquí le digo como un amical consejo, que porque soy perro viejo con el diente largo y duro lo tengo por muy seguro que me habrá de contestar; de cuanto pueda opinar siempre que tenga presente el no insultar a la gente le asiste todo el derecho. Y, aunque a mi pesar sospecho que este sencillo consejo que sin pretensión le dejo lo considerará nulo y mi intento bien baldío, haga como bien calculo y ocúpese de su culo antes que opinar del mío. |