Pero esto es lo que queremos: capitalismo salvaje y especulación. Si no, ¿para qué votamos al PP o al PSOE? Ambos partidos (con pequeñas diferencias de matiz, que no más) llevan 30 años defendiendo un sistema por definición injusto. Han mantenido una economía basada en la especulación (sobre todo urbanística), no han incentivado la producción de bienes que proporcionen un valor añadido y han permitido que esta producción, siguiendo las (no) normas del mercado global, se haya ido “deslocalizando” al extranjero cada vez más. Por otra parte han ido privatizando poco a poco todo lo que han encontrado a su paso: los transportes, correos, telefonía, y hasta un pilar tan básico y estratégico en la economía y la seguridad nacional como la producción y suministro de energía. Ya sólo falta la sanidad y la educación, pero están en ello.
Por otra parte, los organismos internacionales encargados de gestionar ayudas al desarrollo (Fondo Monetario Internacional y Banco Mundial) ponen como condición a los países receptores que liberalicen sus sistemas económicos antes de darles estas ayudas. Claro, en Occidente “sabemos” perfectamente cuáles son los criterios adecuados para prosperar y los imponemos. Pero ahora resulta que los países en vías de desarrollo están contemplando estupefactos cómo, cuando las cosas van mal para Occidente, no sólo no se liberaliza aún más la economía (si cabe) sino que se nacionaliza la banca. Marx vuelve por sus fueros. La desfachatez no tiene límites.
Pero es que la economía de libre mercado tiene algunos otros fallos muy importantes y que afectan a los fundamentos mismos del sistema. Uno de ellos es la repercusión ambiental que está teniendo el desmedido uso de los combustibles fósiles como base de nuestro sistema energético, porque el precio del petróleo y sus derivados está determinado por el coste de su extracción, transporte y refinado y por los movimientos especulativos geoestratégicos que toquen en cada momento. Sin embargo los efectos ambientales no están contemplados. Quedan fuera del sistema económico. El entorno debe ser capaz de proporcionar toda la materia prima que necesitemos y absorber y amortiguar todos los desechos que generemos. Estas son premisas elementales del sistema. Y fue así durante varios miles de años de civilizaciones humanas, pero claro, todo tiene un límite y el planeta se resiente. Las repercusiones económicas (por no hablar de las ambientales) del cambio climático afectarán a las economías de todos los países según están ya anunciando expertos economistas. ¿Se hará cargo el libre mercado de evitarlo?
Esta crisis puede ser mucho más importante de lo que parece, y nos debería hacer plantearnos la idoneidad de nuestro sistema económico que parece ser más frágil de lo que pensamos. Y esto es sólo un aviso de lo que puede pasar cuando la escasez de petróleo se agrave de verdad si antes no desarrollamos energías alternativas que nos hagan independientes de los avatares geoestratégicos. Es sólo un aviso de lo que puede pasar cuando el cambio climático empiece a afectar seriamente a nuestra economía si antes no desarrollamos esas energías alternativas que deberán ser además renovables y limpias. Es sólo un aviso de lo que puede pasar cuando la presión del hambriento y explotado tercer mundo empiece a desestabilizar nuestra sociedad si antes no conseguimos que deje de tener hambre.
Un sistema que alimenta injusticias, que esquilma el planeta, y que mira para otro sitio mientras se apoya en un crecimiento económico infinito no puede ser eterno en un mundo finito. Quizá hayamos empezado a vislumbrar su final. Quizá haya que empezar a admitir que no cabemos muchos más en el planeta (al menos con el nivel de consumo energético y de recursos que tenemos los privilegiados de Occidente), a admitir que no podemos mantener este crecimiento desmedido. A lo mejor está llegando la hora de construir un sistema que pueda parar de crecer sin caerse (ya lo he dicho: la blasfemia). Que se conforme con los recursos que pueda obtener reciclando ya que se acaban los vírgenes. Que se conforme con un desarrollo que sea capaz de igualar a todos los habitantes de la Tierra en un consumo energético y un nivel de vida razonable. Pero esto supone una renuncia para nosotros los privilegiados. Y esto, como ya hemos comentado no lo vamos a tolerar en Occidente.
O quizá haya que empezar a pensar, como ya ha sugerido Stefen Hawking, en poner la vista en otros planetas (no se si para esquilmarlos como ya hicimos con las Colonias hace un par de siglos). Porque aquí en la Tierra se nos complican las cosas por momentos (décadas?). Menos mal que allí no vive nadie. ¿O sí?
Pero en esto no había pensado Dios.
* Una de las diez medidas propuestas por K. Marx y F. Engels en “El Manifiesto Comunista” (1848)
Eduardo Sáez Maldonado.
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