Ante los supuestos desmanes económicos de asociaciones creyentes, siempre me he preguntado lo siguiente: ¿a qué debemos dar prioridad, a la distribución de los bienes o al conocimiento de lo que supuestamente creemos? ¿Hay que hacer y después preguntarse por qué lo hacemos, o por el contrario, hay que hacer sabiendo el fundamento de nuestros actos? Hay multitud de asociaciones que se dedican a ayudar al necesitado. Hacen una labor ejemplar, lo mismo que la Iglesia. Empero, hay una diferencia sustancial. En la Iglesia se hace por mor de una fe muy específica. Fe que hay que comprender y asumir, si quiere uno seguir siendo Iglesia. La Tradición en la Iglesia es una cosa muy seria. Tan seria, que ha suscitado siglos de debates y definiciones magisteriales. |
Tradición y Escritura forman lo que se denomina el “Depósito”. Conocer este Depósito es tener la posibilidad de acercarse a una exégesis honesta, es decir, en los parámetros esenciales para conocer lo que Jesús quiere de sus seguidores. No podemos considerarnos seguidores de Jesucristo sin saber lo que quiere de nosotros, y a continuación forzarnos en armonizar nuestro vivir con sus deseos. Esto suele pasar también en política. Se vota sin conciencia política y sin haberse leído, por lo menos, el programa electoral. Sí, el iletrado no sólo está arraigado en la religión, también está asentado en la política. Dar al necesitado es un mandato evangélico. Suficiente motivo para compartir lo que poseemos.
El problema emerge cuando vivimos una fe social en vez de una fe vivencial. O lo que es lo mismo, una Religión a la carta. ¿Hasta qué punto los acontecimientos de Semana Santa son evangélicos? Si ojeamos el mundo veterotestamentario en general y el capítulo 5 de Amós en particular, nos sorprendería muchísimo que se siga asistiendo a acontecimientos bíblicamente llamados “idolátricos” para el Dios de nuestra fe. Asumida las manifestaciones populares de la fe por la Iglesia, ha convenido llamar a estos eventos, manifestaciones de religiosidad popular. Religiosidad, a pesar de todo, tan digna como otra cualquiera.
Podemos pedir coherencia a la Institución eclesial y a sus feligreses. Denunciar sus debilidades. Pero también deberíamos intentar comprender la fe en la que se sustenta, la gran labor que realizan y la esperanza que proporciona a tantas almas desdichadas. Mientras la Iglesia siga permitiendo que los sacramentos no sean más que otro objeto de consumo, y los bancos se sigan quedando con casas de madres separadas con hijos, porque no pueden hacer frente a los gastos, que las cofradías se gasten el dinero en mantos y ornamentos, aún siendo poco cristiano, es un problema menor. Un fuerte abrazo a todos mis convecinos de Alhaurín.
Antonio Bukowski
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