Un esplendoroso día de compras, descanso y final de vacaciones marca el inicio para muchos malagueños y visitantes en la capital de la Costa del Sol. La quietud de este día como otro cualquiera se vio alterada por algo parecido a un estruendo en el tramo en el que se inicia calle Larios, acompañado, poco después, por la aceleración de un vehículo que, para sorpresa de algunos, y el temor de otros, rindió homenaje a la velocidad en el centro de Málaga. La congoja se apoderó de ciudadanos que veían como, inexplicablemente, un vehículo se paseaba a 80 kilómetros por hora en la vía peatonal para, al final de la misma, volver al inicio de su paradójico recorrido. El resultado fue, milagrosamente, el atropello de tan sólo ocho personas. Una cantidad casi irrisoria teniendo en cuenta los cientos de ciudadanos que frecuentaban el núcleo urbano.
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El malogrado conductor, un guardia civil retirado de 41 años, padecía problemas mentales, según apuntan los medios de comunicación. Lo sucedido en calle Larios no se trata de un caso aislado. En 2007 fallecieron 24 personas como consecuencia de las ilógicas actuaciones de descerebrados al volante que tomaron la dirección equivocada. Coherente decisión en un avanzado siglo XXI en el que nuestro vehículo se convierte en el motor de nuestras vidas.
El malagueño que estuvo a punto de acabar con la vida de ocho personas, algunas de ellas turistas enamorados de la capital malagueña, estaba sujeto a un tratamiento psiquiátrico que había obviado desde el año 2006. El resultado fue una macabra actuación derivada de la manía persecutoria del kamikaze. Casos como estos son los que nos hacen dudar, a veces, de nosotros mismos, de nuestra condición de ser humano. Y es que la mente nos puede jugar, a todos, una mala pasada. Decía Aristóteles que nada hay en la mente que no pase antes por nuestros sentidos. Sin embargo, acciones como la llevada a cabo por este malagueño nos hace pensar que en nuestro cerebro debe de haber algún punto en el que no confluyan acción- reacción, pasión y razón. Un lugar en el que reine la irracionalidad y en el que nuestro subconsciente se haga eco de las más extrañas paradojas que nunca llegaríamos a pensar. Todos, en algún momento de nuestras vidas, hemos rozado la depresión, la angustia y la ansiedad. Para algunos, estos visitantes sólo pasan por la puerta de sus vidas. Sin embargo, para otros, la tristeza puede convertirse en un yugo manifestándose a través de cualquier enfermedad mental. Atraparlo y atajarlo a tiempo es la primera solución a un problema que cada vez está más a la vanguardia de una sociedad en muchas ocasiones egocéntrica, maratoniana e infeliz.
Si este guardia civil retirado hubiese sido consciente de que tenía un problema por resolver, calle Larios hubiera conservado el pasado sábado su apaciguada calma. Pero no hay mal que por bien no venga, y lo que podría haber sido una desgracia ha desatado la alarma psicológica en una sociedad que jamás se pregunta que pensará su mente. Y es que no estamos acostumbrados a viajar en primera por nuestra existencia. |