Pero, en fin, mi padre te dio su aprobación y, a partir de ese día entraste a formar parte de nuestra familia. Estuvisteis noviando unos 8 años aproximadamente. Tú estudiabas medicina en Granada. Todos los días de aquellos años llegaba el cartero con una carta que esperaba ansiosa mi querida hermanita.
Terminaste tus estudios puntualmente y te viniste a trabajar a Alhaurín de la Torre, aconsejado por tu primo José, que era médico y trabajaba en Cártama. Pienso que tu primo dio en la diana.
Atendiste con tesón y cariño a esta gente y, al cabo de un año, te traías a mi querida hermana, convertida en tu flamante mujer. Los primeros tiempos fueron difíciles, pero pronto te supiste ganar la confianza y respeto de los alhaurinos.
Mis padres y yo veníamos a veros a menudo a pesar de los inconvenientes de los viajes. Salíamos a las seis de la mañana, parábamos a tomar chocolate con churros y llegábamos sobre mediodía.
Poco después, se incorporó mi marido, Enrique. Mi padre prefería que él viniese para traer el coche de regreso, ya que él no veía bien la carretera por la noche.
Aquí nacieron tus dos hijas: Penélope y Ernestina. Aquí dejaste todo lo que llevabas dentro, a esta gente y a esta tierra. Para ti no había hora si se trataba de un enfermo. Acudías a verlo tanto a las tres de la tarde, como a las tres de la mañana. No había pereza para realizar tu labor. ¡Cuántas y cuántas personas suspiraron por última vez en tus brazos y en los de tu mujer, que con frecuencia te acompañaba, cuando se trataba de alguien muy querido por los dos!
Pienso que los alhaurinos han tenido mucha suerte de conocer y ser atendidos por un hombre tan extraordinario como tú. Porque, Juan, eres un señor de unas cualidades inimaginables. Para mí has sido y eres, mi cuñado, mi hermano, mi amigo, esa persona especial que cuando necesitas siempre la encuentras y, sobre todo, ese ser que siempre es el mismo, que no cambia, que está dispuesto a dar sin esperar nada.
¿ Recuerdas las veces que nos llamabas por teléfono para que viniésemos? Lo hacíamos encantados, porque tu hogar era nuestro hogar, tu techo era nuestro techo y se palpaba en el ambiente lo bien que te hallabas con nosotros. Fue una época inolvidable en la que repartíamos amor mutuamente.
Fuiste alcalde muchos años de Alhaurín y, bajo tu mandato, se engrandeció notablemente. Te nombraron “hijo adoptivo” de este entrañable pueblo no hace mucho. Nunca olvidaré aquel acto para el cual te hice una poesía. Yo pensaba que era sólo para ti, pero mi hermana me preparó “una sorpresita” y sin comérmelo ni bebérmelo tuve que leerla ante un público bastante numeroso, además de ilustres poetas que te escribieron cosas preciosas. Yo temblaba como un flan, pero lo leí y hasta arranqué alguna que otra lagrimilla.
Hoy tienes también dos nietos alhaurinos, de tu hija Penélope y Gabriel, su marido.
Y yo, pequeña mujer que te adora, por tu trayectoria profesional y humana, creo que mi hermana ha aportado mucho con su ayuda y cariño a que esto sea una realidad. Por todo ello con los ojos llenos de lágrimas y el corazón rebosante de alegría os doy mi enhorabuena a los dos. Juan, Ernestina, hermanos, os merecéis todas las cosas buenas de este mundo. ¡Que Dios os bendiga! Os quiero con todo mi corazón.
Carmina Adra, 21 de agosto del año 2008 |