El novelista y poeta estadounidense Paul Ausler sentenció que la Democracia es igual a la religión para aquellas personas que no tienen creencias. Democracia. Preciosa palabra que define a la utópica libertad de pensamiento. Aquel 1978 conceptuó el inicio de unos tiempos mejores en los que habrían de venir sonrisas, ilusiones y cambios: Transición. Una etapa trascendental que otorgó a los españoles una España mejor, que se convirtió en escenario de un renacer político, social y económico. Aquellos primeros años, en los que Suárez se hizo un mito, fueron, dicen quienes los vivieron, “lo mejores”.
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Ya nada queda de aquella quimera ideológica, de libre expresión. Los tiempos han hecho de la política un juego de rol. El libre pensamiento, casi inexistente, subyace al abrigo de un cuantioso sueldo a final de mes. Y eso es todo.
Actualmente, los españoles decidimos en función de lo que se nos vende, y siempre gana el mejor postor. En este sentido, y si nos fijamos en las últimas Elecciones Generales, podemos observar dos partes bien diferenciadas: Un Rajoy que prometía y defendía una educación religiosa católica, trilingüe y multidisciplinar y un Zapatero que proclamaba a los cuatro vientos la reducción del paro o mayor facilidad de acceso a una Vivienda para los jóvenes. Pues bien, ni uno, en la oposición, ni otro en el poder, al menos hasta el momento, han conseguido poner en marcha las medidas con las que se han ganado miles de votos. En el caso del líder del PP, y porque las diversas experiencias así lo demuestran, hubiera extrañado una reforma educativa en la que se apostara firmemente por la instrucción en lengua inglesa. Mientras tanto, y en lo que se refiere a nuestro Presidente del Gobierno, los españoles aún no hemos tenido la oportunidad de disfrutar de esa política de Empleo en la que contemplaba la creación de 300.000 puestos de trabajo. Tres meses de legislatura, parece ser, no han sido suficientes para llevar a la práctica sus compromisos electorales.
El concepto de Democracia parece evaporarse de forma transversal a través de fuertes propuestas que se convierten en símbolos, simplemente, y el pueblo no vive de las palabras, sino de los hechos. De unos hechos que, precisamente, son los que han elegido con sus votos en las urnas, y en los que confían para un desarrollo social, político o económico. Sin embargo, y a tenor de las polémicas y crispaciones que se generan entre los políticos de nuestro país, cada vez más son los ciudadanos que obvian su derecho a voto y un silencio en estos casos es igual a banalizar la Democracia. Un 1,12 por ciento de la población lo hizo en blanco en estas últimas Elecciones Generales, una cifra alentadora si la comparamos con la de 2004, que se corresponde con un 1,56 por ciento del colectivo que participó en las urnas. En cualquier caso, y aunque no sean porcentajes demasiado elevados, lo ideal sería que no existieran, pues los mismos demuestran que aún hay ciudadanos indecisos y dudosos ante las promesas de nuestros candidatos.
Democracia. No estaría demás que los próximos candidatos a las Elecciones Generales consultaran en el diccionario de la Real Academia de la Lengua para aprenderse el verdadero significado de este concepto. Lo difícil, quizá, sea llevarlo a la práctica.
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