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Tu diario. Libertad de expresion

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La mala conciencia 

Paco Acosta. 18.05.08 

Me ha dejado usted sorprendido, Sra. Isolde; sorprendido y extrañado de que haya podido creer que me dirigía a usted en mi escrito atribuyéndole tantas dudosas cualidades. Yo sólo escribía en abstracto y no pensaba que podía darse por aludida: si se ha sentido reflejada en tal escrito, es usted misma y no yo la que se retrata por su cuenta y riesgo. Quizá sea la mala pasada que, a veces, nos juega nuestra conciencia. Y puede que sea esa misma conciencia la que hace que yo también me sienta aludido en su respuesta aunque usted no haya pronunciado para nada mi nombre.

Se equivoca atribuyéndome capacidad para corregir y educar a Juan Carlos; ya me gustaría tenerla, no para tratar de corregirlo ya que nunca he cometido la osadía de corregir a nadie: bastante tengo con corregirme a mí mismo, que es lo que tendríamos que hacer muchos; pero sí la quisiera para sentir la satisfacción de estar a la altura a la hora de tratar con gentes que, por mis carencias, me sobrepasan fácilmente. Juan Carlos es amigo y, aunque dicha indirectamente, si mi observación le ha molestado ya me lo dirá él sin necesidad de que nadie salga en su defensa.

Como, y aunque siempre lo esté negando, usted se mete sistemáticamente en lo temas personales, entremos pues, en lo personal: nunca he sido ni seré estómago agradecido porque nunca he pedido ni pido nada que supusiera o suponga beneficio para mí o mi familia. Por diversas y pasadas circunstancias mi estómago ha sufrido muchas veces carencias graves, que siempre he remediado con mi trabajo, creo que honesto, ya que siempre he devuelto con sudores los beneficios económicos obtenidos de él. Hoy, jubilado, no necesito de ningún puesto de trabajo. Tengo dos hijas, moderadamente bien colocadas fuera del municipio, y nunca nadie me ha propuesto ni yo pretendido que sus estómagos tengan que estarle agradecidos a nadie; al contrario, siento que ninguna de ellas esté tan integrada en este pueblo como lo está su padre ya que su trabajo y su propia familia las mantiene, muy a su pesar, apartadas de aquí. Ninguna de ellas se siente frustrada por haberse caído de ninguna lista electoral, ni yo he tenido que cambiar mis ideas políticas a causa de ello.

Para su conocimiento, le diré que me siento francamente aturdido por el alto honor que supone para mí el que me hagan hijo adoptivo de este pueblo. Aturdido porque lo único relevante en mí es la modesta colaboración en temas culturales que desde hace treinta años he podido hacer, a petición de diferentes entidades o asociaciones, y que las hago porque siempre me he sentido y siento gratamente obligado a un pueblo que me acogió y trató desde el principio como a otro hijo más, satisfacción que usted nunca podrá sentir. Jamás he recibido por ello otra cosa que alguna placa como recuerdo de mi colaboración, que guardo con entrañable cariño y profundo agradecimiento. Aturdido porque hubiera deseado poder ofrecer al pueblo a lo largo de estos años algo que estuviera a la altura de la distinción con que ahora me restituye, crecidamente, lo poco que yo le he dado. Pero también me siento inmensamente agradecido y feliz con este nombramiento, que yo acepto con toda humildad porque, si es verdad que no he hecho nada relevante por él, siempre he tratado de identificarme con su cultura y costumbres, y estar con él cuando el pueblo no era lo que es hoy, y cuando lo dirigían otros alcaldes y otros concejales, sin importarme quien gobernara ni dirigiera, porque ese cariño y respeto va al pueblo en reciprocidad al que él tiene para conmigo. Si acaso puedo atribuirme algún merito, y por lo que quiero creer que me otorgan este hermoso título, es por ese cariño y respeto que tengo desde siempre, no sólo a esta tierra sino a su gente, sean del color que sean y las ideas políticas que abracen. Cuando recibo el saludo espontáneo y sincero de tanta gente amiga, me siento profundamente reconfortado y agradecido, no en el estómago, como usted es tan dada a pensar, sino en el corazón, cosa que usted seguramente nunca podrá sentir ni aquí ni en ninguna otra parte. Por su desagradable carácter.

Cuando usted dice sentirse LIBRE, con mayúsculas, le diré, Sra Isolde, que sólo son libres aquellos que se desprenden de sus irracionales odios hacia otras personas, ese odio que amarra al ser humano con cadenas imposibles de romper. Y usted hace mucho tiempo que está esclavizada con ellas sin remisión posible. ¿Que por qué iba a sentir odio? La verdad es que no lo sé; pero es curioso que en un escrito supuestamente dirigido a quien supuestamente la insulta, o sea, a mí, emplee 14 líneas en tratar de apabullarme y 21 en volver a las mismas personas de siempre con el mismo inagotable discurso, repetitivo como la canción de Rodolfo Chiquilicuatre y plano como el encefalograma de un cadáver. Sin nada nuevo. No creo que su odio vaya dirigido a mí, ya que yo no soy más que un molesto chino en su zapato; su intención no es otra que, en su descarado juego de billar a tres bandas, golpear para que, de rebote, la bola pueda herir a los que verdaderamente les inspiran ese odio enfermizo que la amarga. Cambie usted de registro, Sra Isolde, que se le ve el plumero con demasiada frecuencia. O por lo menos, admítalo elegantemente ya que el odio, como el amor, son sentimientos propios de los humanos muy difíciles de ocultar. Y reprímase, Doña, que esa expresión de “mamoneo” no encaja en boca de personas con clase.

Me temo que, como otras veces, estemos cansando al respetable con nuestra verborrea tan poco inteligente como vacía de contenido; siga usted escribiendo cuanto quiera; desfóguese respondiendo, que eso parece que reduce la ira y relaja un montón. Yo, por el momento, voy a dedicarme a algo más gratificante que responder a tanta insulsa tontería.

Un relajado saludo
Paco Acosta

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