Etimológicamente la palabra angustia significa “estrechez”, proviene del vocablo latino “angustus”. Nos remitimos con ello a esa sensación de falta de espacio, de aire, miedo a perder la propia vida. Todos hemos experimentado, aunque sólo sea una vez en la vida, esta sensación o, dicho con mayor exactitud, este estado afectivo. Las llamadas crisis de angustia son uno de los principales motivos de consulta de los pacientes que acuden a las consultas médicas. Habitualmente, se manifiestan como episodios bruscos e inesperados, sin causa aparente, de miedo intenso a perder el control, acompañados de los síntomas antes indicados. Por lo general, estos episodios se prolongan entre 10 minutos y media hora. En casi todos los casos se repiten en más de una ocasión, afectando de forma destacable el ritmo normal de la vida del paciente. Hay que decir que la angustia está detrás de muchos de los síntomas orgánicos que padecen los pacientes. La angustia tiene muchas máscaras, lo que nos permitirá descubrirla es comprobar cómo, en todo caso, paraliza al paciente, le impide hacer una determinada actividad o tomar una decisión. La angustia atrapa al sujeto. Este afecto, guarda relación con la expectación, siempre se produce ante algo, aunque la persona no sabe decir qué le inquieta. Sería miedo y no angustia cuando se refiere a un objeto determinado, palpable y conocido. Solemos darle un tinte peyorativo, sin embargo es preciso distinguir dos tipos de angustia: la angustia real y la angustia neurótica. La angustia real es necesaria para nuestra supervivencia, es la que surge ante un peligro real, nos previene, nos prepara para la huída. La angustia neurótica, por el contrario, nos paraliza, se produce ante un peligro que nuestra conciencia desconoce, proviene del interior del individuo, de los propios deseos. La angustia neurótica es la señal de la cercanía a un deseo prohibido o inquietante. Resulta sorprendente escuchar esta palabra en el lenguaje cotidiano para designar estados muy diferentes, tales como inquietud, miedo, amenaza, estrés, pánico… Detrás del término estrés se ocultan manifestaciones que se corresponden con la angustia. Taquicardias, contracturas, calambres, sudoración, agresividad, trastornos alimentarios, desgana, se achacan a las preocupaciones y problemas provenientes, fundamentalmente, del trabajo y la vida diaria de la persona, sin embargo se hace preciso aclarar que no es así. Habitualmente estos síntomas ocultan la represión, el odio, el amor, el miedo, los celos, la envidia que se han generado en el entorno laboral. Un cierto grado de ansiedad resulta adecuado para cualquier acción, un nivel excesivo delata que algo se esconde. Toda formación de síntomas de origen psíquico es emprendida con el solo y único fin de eludir la angustia. En este punto hay que decir que los métodos conductuales de control emocional (respirar hondo, tratar de imaginar una situación relajante, etc...) no nos libran de la angustia neurótica, porque de nosotros mismos no podemos escapar. Hay que aprender a arreglárselas con la angustia, reconocer los propios deseos, poner en palabras lo que nos inquieta. Si no lo podemos nombrar, se hará carne en nosotros. Tenemos que saber que sin una cierta cuota de displacer no hay aprendizaje ni crecimiento, sin una cierta angustia no se alcanza el deseo. Por ello, en lugar de querer terminar con la angustia, tendríamos que aprender a reconocer qué deseo nos atrapa. La angustia es algo que no puede faltar en ninguna enfermedad. Tampoco hay aprendizaje sin angustia, ni escritura, ni proceso creativo. La angustia nos afecta a todos.
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