
Enrique se encontraba sentado en una silla, acompañado por su abuelo, majestuosamente postrado en su sillón, el sillón del abuelo. Deseando descubrir respuestas a todas las incógnitas que convertían su joven mente en lo más parecido a un vaso repleto de agua y a punto de rebosar.
A sus doce años, las tardes de lo sábados, era el momento más esperado de toda la semana, tenía la suerte de disfrutar durante algunas horas del cariño indescriptible que le proporcionaba su “yayo” Pablo, además él le explicaba cosas que no aparecían en los libros. Sin previo aviso e impaciente, Enrique dio comienzo al turno semanal de aprender cosas cuya respuestas únicamente se encontraban en la cabeza y el corazón de su sabio particular :
P- ¡Yayo!, ¿que es mejor el pasado, el presente o el futuro?.
R- Los recuerdos, sin duda los recuerdos, sucederán en tu pasado, los recordarás en tu presente y los revivirás con una mezcla extraordinaria de placer y añoranza en el futuro. Durante unos instantes Pablo calló, recordó algunos episodios maravillosos acontecidos en su larga vida y, en silencio, lloró sin soltar ni una sola lágrima, pronto su nieto le hizo volver al presente.
P- ¡Yayo!, ¿a quién has querido más y a quién menos?.
R- No he podido querer más a una persona que a otra, el amor no tiene
medidas, es lo único que nace, crece y nunca muere. Padres, hermanos,
hijos, esposa, nietos, tu corazón reservará un hueco destinado a
albergar el amor indicado para cada uno de ellos y lo alojará en él sin
condiciones ni contrato de permanencia. Indudablemente a quién nunca he
conseguido querer, ha sido a mi mismo y créeme que lo he intentado una
y mil veces, estoy convencido que quién lo logra es quién llega a
conocer la verdadera felicidad en esta vida. Hazme caso e intenta
reservar en tu corazón, el mayor espacio disponible, para alojar tu
amor propio.