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La Asociación Torrijos 1831 realiza el primer homenaje a los malagueños
que en 1810 defendieron la Boca del Asno contra los franceses
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Torrijos 1831. 13.04.08 

Cuando el 10 de mayo de 2007, la Asociación Torrijos 1831 fue la primera entidad en anunciar en los medios de nuestra provincia, los actos relativos al Bicentenario de la Guerra de la Independencia, teniendo como referencia para sus recreaciones históricas el libro “Málaga frente a la Guerra de la Independencia: 1808-1812”, editado en 1996, y en el que se reflejan los trabajos de investigación de tres componentes actuales de Torrijos 1831; la Asociación decidió recrear una de las acciones que mejor quedó visualizada en el citado texto, la cual contaba además con un apéndice histórico, especial, en el que se podían contemplar diversas fotografías y planos sobre aquel combate, así como un plano de la fortificación de la batería, editado por primera vez en Málaga en el citado texto. Se trataba del combate de la llamada Boca del Asno, que tuvo lugar el día 4 de febrero de 1810, en el llamado camino de Antequera, próximo a las alturas de El Torcal.

El texto de Málaga frente a la Guerra de la Independencia dice así: “Tras el desastre militar que supuso la batalla de Ocaña, el general francés Sebastiani sobrepasó los puertos de Sierra Morena, tomando Granada, que se entregó sin resistencia. En los primeros días de enero de 1810, en Málaga se tenían noticias de la inminente llegada de los franceses a la ciudad. Fueron momentos de inquietud, miedo silencioso y exaltación. Y también de desacuerdo, pues si bien la Junta de Gobierno de la ciudad y el propio general Cuesta se mostraron proclives a un diálogo y entrega pacífica de la ciudad a los franceses; varios grupos de patriotas encabezados por el coronel Vicente Abello, el escribano San Millán y sus dos hermanos, así como por el fraile capuchino Berrocal, estaban dispuestos a actuar contra el invasor y vender caras sus vidas. Con encendidas proclamas consiguieron nuevos adictos, como el mayor de la plaza, el teniente Juan José del Castillo, un honrado militar que de joven había sido herido combatiendo a los ingleses en Gibraltar. Como primera actuación, los amotinados marcharon a la casa consistorial, donde el Cabildo, la Junta de Gobierno y el general Cuesta ya habían llegado a un acuerdo para entregar la ciudad a Sebastiani, siendo todos ellos arrestados por orden de Abello. También fueron depuestos de sus cargos, el jefe de la milicia urbana y el coronel Francisco Corts, que mandaba los pocos hombres que quedaban del Regimiento Fijo de Málaga.

Como en las altas esferas malagueñas este movimiento popular se seguía con estupor, mostrando tibieza las clases pudientes ante aquel torbellino que podía acabar con su tradicional buena posición; el canónigo Jiménez plantó una horca en la plaza de las Cuatro Calles, cesando con esto toda vacilación. Los ánimos apocados eligieron el riesgo lejano al que ahora tenían encima. Aún así, los regidores Luís Molina y José María Tentor acudieron a Abello, en un último intento de evitar mayores males a la ciudad, velando sobre todo por los intereses de las clases altas que eran las que tenían más que perder en el empeño, pero Abelló les respondió: ““¡El que tenga miedo que se vaya por tierra o por mar, yo dispongo de ocho mil hombres y voy a batirme!””.A final de enero de 1810, salieron las fuerzas de Málaga, dirigidas por Abello, para enfrentarse a los franceses. Cuando la tropa de Abello, compuesta por un batallón de voluntarios, la milicia urbana, dos compañías del Regimiento Fijo de Málaga y varios centenares de campesinos, llegó a la hendidura que hace el camino entre Antequera y El Torcal, llamad la Boca del Asno (donde ya existía una fortificación para emplazar algunos cañones, levantada en 1809), el exaltado coronel dispuso que se fortificara el paso con una barrera de piedras y varios fosos con obstáculos (débiles parapetos en todo caso), que dificultaran de alguna forma el asalto del enemigo. También emplazó las cuatro piezas de artillería que había arrastrado desde Málaga. Desde esta magnífica posición, apoyada en su izquierda por las alturas de El Torcal y en su derecha por la de Los Lastonares, se podía dominar el final del valle y la propia población de Antequera. Desde allí, aquel veterano coronel, cojo, nacido en La Habana, de carácter turbulento y poco discreto, pensó pararle los pies a los vencedores de Ocaña, cuyas unidades marchaban ya por el camino que serpenteaba la pétrea mole de El Torcal, hacia donde se encontraban las fuerzas de Abello. Los napoleónicos ya habían cometidos graves excesos en la zona, como los fusilamientos de varios hombres y mujeres en Archidona y el posterior expolio del pueblo por el 12º Regimiento de Dragones. Las unidades que ahora se aproximaban al Torcal, en aquel gélido día 4 de febrero de 1810, constituían la vanguardia del ejército de Sebastiani, mandada por un aguerrido militar llamado Milhaud que, años más tarde, formó en el ala derecha del ejército francés que se batió en Waterloo.

Pronto los exploradores descubrieron en las alturas a la tropa de Abelló, informando a su jefe de este contratiempo, Milhaud recurrió a una unidad que en situaciones parecidas ya había hecho saltar dispositivos defensivos análogos: los lanceros polacos del Vístula. Aquella fue una acción impresionante para los malagueños. Entre el humo y la inmensa polvareda aparecieron los jinetes polacos, cabalgando vertiginosamente hacia la línea defensiva, sin importarles el fuego que le hacía la gente de Abello. Las cuatro piezas de la batería dispararon con escasa  efectividad, mientras que los fusileros malagueños batían a algunos franceses. La única posibilidad de frenar a los polacos era hacerlo a media pendiente, fijando en esa zona  los defensores sus disparos. El humo y el polvo ocultaron durante algunos minutos a los contendientes, en unos decisivos momentos en los que Abello y sus oficiales no cesaron de animar a sus hombres. De repente, tras la humareda, apareció la caballería polaca. Los jinetes habían logrado pasar. Nada pudo contener aquel alud de hombres y caballos procedentes del Vístula. El dispositivo defensivo de Abelló quedó roto por el centro. Entonces se inició la desbandada general en la que cada hombre intentó ponerse a salvo como pudo. De esta forma los franceses dominaron la Boca del Asno. Los polacos hicieron más de sesenta prisioneros y capturaron las cuatro piezas de artillería”.

Los términos más frecuentes con los historiadores de diversas épocas calificaron lo ocurrido en la Boca del Asno, va desde “refriega”, “encuentro” o “acción”, aunque en algunas obras se le da entidad de “combate”. En ningún caso fue una batalla, ni por las fuerzas implicadas, movimientos estratégicos y duración de la misma. La pronta dispersión de los defensores no dio mayor proyección a la lucha.

Con esos conocimientos y valoración, la Asociación Histórico Cultural Torrijos 1831 ha realizado este homenaje a la resistencia librada por los malagueños en la Boca del Asno,  acompañado por una recreación histórica, la primera que allí ha tenido lugar allí en conmemoración de aquella acción de guerra; depositando  una corona de flores en memoria de los combatientes caídos donde estuvo ubicada la batería levantada en 1809. Una memoria para aquellos malagueños en la que hemos excluido, premeditadamente, a Abello. Nuestra Asociación, por la amplia documentación que ya posee sobre él, es muy crítica respecto a su particular actuación militar en febrero de 1810, desde su ambición autonombrándose capitán general, sus pocas luces, su nula capacidad para la estrategia y, sobre todo, su escasa capacidad para valorar al enemigo. Por esas “cualidades”, próximamente, le dedicaremos un amplio artículo monográfico.


Contacto:
Jesús Rivera Ruiz, Presidente.
Telf.-686715582
contacto@torrijos1831.es

 

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