Por lo tanto, Sr. Alcalde, Sra Concejala de Cultura, Sres. Concejales, Sr. D. Jesús Rivera, Presidente de la Asociación Histórica-Cultural Torrijos 1831, Sres. Esteban Alcántara, Pepe Cano, Juan Doblas y demás componentes de dicha asociación que me apoyáis, amigos todos, empezaré diciendo que ya desde pequeño, no sé por que razón, el nombre del general Torrijos siempre ha despertado en mí una infantil y hasta un tanto morbosa curiosidad, quizá por la atracción de lo desconocido, una atracción acrecentada por las palabras de aquellas canciones que se escuchaban en sordina, que yo no acababa de comprender pero que nadie me explicaba su significado:
Si Torrijos murió fusilado no lo fue por cobarde o traidor que murió con la espada en la mano defendiendo la Constitución.
Todo lo contrario, cuando preguntaba a mi padre u otra persona de la familia quién era Torrijos, su invariable contestación era que esas cosas no nos interesaban a los niños y que no debíamos preguntarlas. Y es que, en realidad, no eran tiempos de interesarse por fusilamientos o héroes que morían por defender la libertad, ni hablar de otras leyes que no fueran las que nos regían en esos momentos, y que durante tanto tiempo se prolongaron en detrimento de una mejor compresión de la historia y de la cultura en general.
Por vocación propia, y puesto que no tenía la oportunidad de asistir a colegio alguno, yo trataba de aprender a leer deletreando los tebeos de aventuras de la época que me hablaban de valientes y denodados adalides rescatando a bellísimas princesas de entre las manos de algún maléfico personaje; entonces me preguntaba, sorprendido y soñador, quién podía ser aquella hermosa y desconocida heroína llamada Constitución por la que un caballero que en la voz del pueblo no era vil ni traidor, moría fusilado a la vez que empuñando la espada por defenderla.
Yo vivía por aquel entonces, con siete años de edad, muy cerca de donde fueron asesinados aquellos heroicos liberales, concretamente frente a las playas de San Andrés, en la factoría de CAMPSA, playas convertidas hoy en el brillante Paseo Marítimo Antonio Machado; el lugar, embellecido actualmente con elegantes edificios de ocho o diez pisos de altura, con amplias calles y con anchurosas y floridas rotondas, no era por aquel entonces más que una sucesión de chabolas al más puro estilo de las favelas de Río de Janeiro, en las que malvivían indigentes de todo tipo y calaña junto a gente de bien, éstos últimos obligados por una total pobreza que no les permitía huir de aquella patética miseria. Los que no vivían más o menos ocupados en la diaria rapiña, dedicaban su tiempo a las faenas propias de la mar, cuando aún podía encontrarse abundante pesca sin alejarse mucho de la orilla, y cuyas pequeñas barcas se varaban a corta distancia de sus humildes viviendas quedando, barcas y familias, forzosamente encajonadas: por detrás, las fuertes olas que inundaba las frágiles chabolas en días de levante; por el frente, las vías de los trenes de suburbanos y mercancías, que obviamente no las dejaba progresar hacia delante, provocando no pocas desgracias entre aquella muchedumbre hacinada en tan miserables chabolas que se sucedían desde prácticamente el muelle de pescadería hasta casi las altísimas chimeneas de la Fábrica del plomo. A ambos lados de las barcas yacían, enroscadas como sierpes, las gruesas maromas que permitían dar distancia al copo, junto a las mil veces remendadas redes que esperaban ser lanzadas a la mar para arrebatar de su fondo el plateado y aún abundante botín de boqueroncitos, sardinitas o chanquetes, especies hoy desaparecidas, y que eran el único medio que les permitía subsistir en aquella innoble y prolongada miseria.
Mi casa estaba separada de la barriada de El Bulto por apenas un kilómetro, distancia que yo hacía varias veces al día bien cruzando las vías férreas con su paso a nivel sin guarda, bien pasando por El Martinete, como se conocía la antigua Ferrería de Heredia, atravesando otro conglomerado de chabolas levantadas muy cerca de lo que fue la Industria Textil Malagueña. Dichas chabolas eran distintas a las de la playa se San Andrés: mientras que éstas estaban hechas con todo tipo de materiales sobre los que predominaban las chapas de bidón, aquellas estaban construidas por manos poco profesionales pero empleando cascotes y argamasa, bien que en un total anarquismo en cuanto al levantamiento de las mismas. Aquellas hileras de precarias y destartaladas viviendas, que se alzaban a cada lado de un profundo hondón las conocíamos por el eufemístico nombre de Hoyo de las Flores. Ambos caminos, naturalmente terrizos, nos conducían a la barriada de El Bulto para, dejando ligeramente a la izquierda el espacioso lavadero comunal donde las mujeres de dicha barriada aseaban sus escasas y remendadas ropas y desataban sus impertinentes y picantes lenguas, dar directamente a la entrada de la calle López Pinto, “centro comercial” del conglomerado de corralones que componían la barriada bulteña, calle en la que se habrían pequeñas tiendas donde se compraba desde la mariposa casera que hacía aún más triste la miseria de las noches sin luz, hasta la sardina rancia, exquisito y aún asequible manjar del pobre, o la otoñal y sabrosa batata asada en los odorantes hornos de leña de las panaderías cercanas, pasando por el cuarterón de aceite escasamente medido, o el casi inasequible bollo de estraperlo. No olvidemos que estoy hablando de 1942, año de mi primer contacto con aquella barriada, que más que por el odioso fusilamiento perpetrado en sus playas, era famosa por la marginalidad a que era sometida por el resto de barrios malagueños, cuyos habitantes jamás osaron adentrarse de noche por entre el peligroso dédalo de sus mal iluminadas y peor frecuentadas calles. Y allí, en medio del barrio, concretamente en la calle Lebrija, se alzaba la Cruz de Torrijos, levantada donde había tenido lugar el fusilamiento del general junto a sus cuarenta y ocho compañeros aquella aciaga mañana del 11 de diciembre de 1831, en las hermosas playas del Poniente malagueño cuyas arenas, desde entonces y para siempre, quedaron empapadas de aquella sangre inocente.
Triste y luctuoso crimen cuyo testigo, la mar, rugía llena de espanto ante tan vil mortandad. Las arenas de estas playas siempre guardarán la huella y cantará la epopeya el viento, por donde vaya. Las olas, embravecidas, nunca jamás borrarán la horrenda herida mortal que truncara tantas vidas en la España liberal. Aquella triste mañana hasta el sol, horrorizado, con más claridad lucía y así luce todavía para poderla mostrar a los ojos asombrados de toda la humanidad. Y desde aquel punto y hora de la descarga fatal, un grito de libertad emerge con cada ola desde el fondo de la mar para que nunca se olvide aquella gesta inmortal.
Una cruz, como recuerdo de la innoble ejecución, tiende sus brazos al cielo en una muda oración que el aire, fino poeta ha transformado en canción: “Si Torrijos murió fusilado no lo fue por cobarde o traidor que murió con la espada en la mano defendiendo la Constitución”.
Aquella cruz y sus aledaños eran lugares de citas y reuniones de grandes y pequeños. Junto a ella, los mayores en forzado paro por la penuria laboral, dejaban pasar los días vacíos de pan y esperanza mientras que los niños, faltos del obligado colegio que los educara para la convivencia con la sociedad, aprendían en el Catón de la vida callejera la gramática de los fenómenos lingüísticos del barrio y las cuatro reglas gramaticales que no eran otras que las de la supervivencia. Aquel monolito de piedra rematado por la férrea cruz que tanta historia de sacrificado heroísmo encerraba, servía de apoyo a buena parte de ociosos adultos, que sin un trabajo digno que los redimiera de aquella miseria colectiva pasaban las horas sentados a su alrededor manoseando la mugrienta baraja de cartas jugándose lo poco que tenían y, a veces, lo que estaban lejos de poseer. Cuando les llegaba la hora de coger la tralla para a fuerza de riñones arrastrar el esperanzador copo hasta la orilla, o cuando alguna otra ocupación relacionada con la conservación de los enseres de pesquería les reclamaba, éramos lo chaveas los que tomábamos al asalto los alrededores de la cruz, en la total ignorancia de lo que aquel símbolo, al que apenas nadie prestaba atención, representaba en la historia de España.
Mucho tiempo después, a raíz de mi llegada a este pueblo el año 1978, vuelvo a toparme de nuevo con la historia, ésta ves mucho más cercana y, sobre todo, mucho más comprensible que lo fuera para aquel niño de tan solo siete años que tanto frecuentara las playas de El Bulto y los aledaños de la cruz. Aquí empecé a tomar conciencia de aquel drama histórico porque, sin saberlo, había venido al lugar mismo donde comienza el verdadero calvario del General Torrijos y sus seguidores, esto es, la Alquería del Conde de Mollina, donde Gonzáles Moreno, el innoble gobernador de Málaga, no duda en traicionar de nuevo a Torrijos, aconsejándole rendirse para, según él, hacer más fácil su posterior liberación. Aquí reviví la historia a través de las representaciones que de la odisea de estos mártires hacían y siguen haciendo los componentes de la Asociación Histórico-Cultural Torrijos 1831, en las que la Asociación Cultural Solera toma parte con frecuencia poniendo voz y música. A comprender mejor aquel drama me ayudó el magnífico libro “Del Charcón a la Alquería”, de Esteban Alcántara y Juan Pacheco.
A primeros de febrero de 1997, Miguel Ángel Huesca Mariscal, a la sazón Concejal de Cultura del Ayuntamiento de Alhaurín de la Torre, me pidió que escribiera un poema sobre Torrijos para acompañar el acto de entrega de un cuadro, “Rendición de Torrijos”, del pintor Juan de la Cal, entrega que hacía el pintor al citado Ayuntamiento el 28 de febrero, Día de Andalucía de ese mismo año. Aquello reavivó mi antiguo interés por la figura del general liberal aunque el poema, recitado algunas veces y editado otras, tuve que rehacerlo por los errores históricos cometidos por mí al componerlo.
Mañana gris de diciembre. Málaga se despertó con la descarga cerrada de una innoble ejecución; en la orilla de la playa la Libertad naufragó, y con ella la esperanza de vivir bajo otro sol. ¡Qué cobarde mano puso el estigma de traidor en un pecho que era noble por su noble condición! ¡Cómo mancharon su nombre! ¡Cómo arrastraron su honor! En el instante que el plomo mordía su corazón, un ¡Viva la Libertad! que del pecho le brotó y aún se escucha su voz exigiendo el cumplimiento de la noble aspiración por la que perdió la vida víctima de una traición que junto a sus liberales lo llevó ante el pelotón. ¡Cortijada de Mollina que le ofreciste calor!
Aquí se ocultó Torrijos, aquí su espada entregó…, y aquí quedaron los sueños por los que tanto luchó. No quiso pedir clemencia: sólo su honor reclamó junto con los ideales que desde niño alentó Cuando la playa de “El Bulto” de fuego se iluminó en aquel nefasto día en que Torrijos murió sin tener juicio y condena ni descargo ni perdón, un cálido y rojo río la blanda arena surcó y ante aquellas viles muertes España se horrorizó; llorando a tanto inocente su pluma en sangre empapó, y en el Libro de la Historia con mano firme escribió: “Por la Libertad de España Torrijos su vida dio; a los hombres, como herencia la fe en su causa dejó, de nuestra Constitución”.
Tres años después, el 28 de febrero del 2000 tuve la enorme satisfacción de asistir en el Centro Cultural Vicente Aleixsandre a la representación del extraordinario “Musical Torrijos” cuyas bellísimas letras, así como algunas de las partituras musicales eran compuestas por el historiador Esteban Alcántara; el resto de las partituras y los arreglos de todas las canciones era obra de Juan Pacheco, extraordinario músico y arreglista. Este musical, bien que fue representado en Málaga y en varios lugares de la provincia, tenía calidad para una más larga carrera a nivel nacional; pero a veces, desgraciadamente, obras con argumentos que toquen la política no encuentran los vastos canales de difusión que tienen otras obras menores pero más light.
Llevado a cabo el apresamiento del general y sus hombres, todos fueron encerrados en el refectorio del Convento del Carmen convertido para la ocasión en infamante cárcel; todos menos Torrijos, que lo fue en el Cuartel Nuevo, hasta el mismo diez de diciembre en que lo llevaron junto a sus compañeros para leerles la sentencia. En su afán de no prolongar la vida de aquellos mártires, los verdugos realistas no los llevaron muy lejos de su último encierro para ejecutarlos: es muy corto el trayecto que separa el Convento del Carmen de donde se levanta la cruz erigida posteriormente en su memoria, hoy más o menos desplazada, pero que señala el lugar aproximado donde pagaron con la vida su intento de liberar España de la opresora tiranía de un rey que cargaba con el sobrenombre de El Felón. Poca distancia les acordaron entre la vida y la muerte. En aquel refectorio del convento pasaron sus últimas horas los condenados en duermevelas de fiebre, y en él se desvaneció, si es que aún lo conservaban, el más leve asomo de esperanza de perdón de la parte del nefasto absolutismo de Fernando VII: en aquel refectorio la helada presencia de la muerte, invisible pero presentida, esperaba tranquilamente en la seguridad de concluir pronto su macabro cometido; en aquel oscuro aposento escucharon la escueta, cruel e inapelable sentencia de muerte que les helaba la sangre: “Que los fusilen a todos. Yo, el Rey”.
El pasado miércoles por la mañana, acompañado por nuestro amigo Manuel López, hicimos el corto paseo que hay desde donde se levanta la Cruz de Torrijos hasta la parte trasera del Convento del Carmen, paseo que yo hacía de niño siguiendo la calle Jacinto Verdaguer y cruzando las de Salitre y Cuarteles, que me dejaban justo detrás de la Iglesia del Carmen, donde aún se encuentra el prácticamente derruido Refectorio; desde allí llegaba a los Callejones del Perchel, lugar de encuentro con otras pandillas infantiles. Nos llevó muy poco tiempo hacer ese trayecto; un corto paseo que a aquellos infelices se les haría eterno, ya que tuvieron que hacerlo en sentido contrario para ir en busca de su propia muerte en aquella cercana orilla cuya arena habría de empaparse con la sangre de aquellos que sólo clamaban por la paz y la libertad. Cuando sonaron las descargas que acababan con tantas vidas y tantos sueños se presentían cercanas las fechas en las que el pueblo anuncia la Pascua cantando villancicos, que aquel año sonaron como responsos funerarios por el alma de aquellos infelices, y donde las mujeres de la época, enlutadas de por vida, dedicaron una parte de su luto a aquellos desgraciados para los que no hubo la paz y el perdón que tanto aproxima a los hombres en Navidad. El refectorio del Carmen -su última habitación-, fue testigo de aquel drama que a España entera espantó. Allí un infeliz chiquillo, grumetillo de ocasión, lloraba con desconsuelo que él no entiende de traición, y al buen padre Vicarías le dice con aprensión: “Padre, ¿por qué han de matarme? ¿Qué de malo he hecho yo? Ellos me dijeron “vente de grumete”, y quiso Dios de encontrarme en esta lucha sin que yo vea la razón, porque en ella está mi cuerpo por no mi corazón”; otros muchos se quejaban maldiciendo a media voz la alevosa cobardía del traidor gobernador que su voluntad plegaba sin importarle su honor satisfaciendo el instinto del llamado Rey Felón; otros, discretos, rezaban encomendándose a Dios en encendidas plegarias salidas del corazón, y confesando sus culpas para obtener el perdón de un cielo que los dejaba sin amparo ante el traidor. Sólo Torrijos mantiene su entereza y decisión para afrontar la muerte con altivez, sin temor. En una carta a su esposa reiterándole su amor, el general le confiesa que muere, intacto su honor, como mueren los valientes delante del pelotón.
Otro lugar que frecuenté desde mi primera juventud fue la Plaza de la Merced, lugar donde se levanta el obelisco que guarda los restos de muchos de aquellos héroes muertos en 1831 por defender la libertad en la España oprimida. Pero por aquel entonces yo seguía viviendo en el total desconocimiento de la tragedia ocurrida más de un siglo antes: había pasado de la alegre irresponsabilidad de los juegos infantiles a la urgente necesidad de aprender el oficio adulto, sin rozar la escolarización que debía entreabrirme las puertas para entrar en la vida con un mínimo de bagaje cultural, y aquel obelisco seguía siendo para mí algo levantado para embellecer la ciudad y no para albergar los sueños y el último reposo de aquellos que no lo tuvieron en vida.
No gritar, que están dormidos en un sueño horizontal que los lleva por caminos de justicia y libertad; no gritar, que están dormidos en un reposo letal que llena toda la cripta de pétrea soledad. ¡No gritar!. ¡Guardar silencio! Nadie venga a despertar estas piedras que cobijan tanta ilusión, tanto afán, tanta entrega y sacrificio, heroísmo y lealtad. Sin ser hijos de esta tierra quiso el destino fatal que hasta Málaga llegaran para en Málaga dejar con la vida, el testimonio de su firme voluntad de sembrar para su patria paz, justicia y libertad en milagrosa cosecha que no consiguió brotar ni abonada con la sangre que hubieron de derramar.
Una sangre que era vida y era esperanza y amor y un sentimiento tan noble que por noble les perdió. En sus pechos retenían sordos gritos de dolor que el viento, fino poeta los lleva como canción: “Si Torrijos murió fusilado no lo fue por cobarde o traidor que murió con la espada en la mano defendiendo la Constitución”. Del somero análisis realizado sobre el personaje que nos ocupa, he sacado la conclusión de que, como de la de tantos otros personajes que vivieron el siglo dieciocho, de la figura del General Torrijos se desprende algo de ese idealismo romántico tan propio de ese siglo; un idealismo que a algunos hombres les hacía abrazar causas perdidas, y a otros les llevaba a valorar su honor más que sus propias vidas hasta el punto de perderlas defendiendo su ideal patriótico; hombres que en la gran historia del mundo han dejado escritas con letras de oro su propia historia personal unida a la de su patria.
Por su turbulenta trayectoria militar y sus nobles ideales políticos, Torrijos estaba desde niño predestinado a ser un héroe popular y, como tal, a morir joven y de forma violenta en aras de su incuestionable patriotismo; lo prueba la intensa aunque corta carrera militar que marca su vida, y que puede resumirse así: a la edad de diez años era paje de Carlos IV, padre del que más tarde ordenaría su muerte; con 13 es nombrado capitán del Regimiento de Ultonia; y aunque no puede ejercer el mando por su corta edad, ya demuestra sus inquebrantables inclinaciones militares. Durante su estancia en la Academia Militar le sorprende la Guerra de la Independencia, y en ella alcanza el grado de coronel con sólo 22 años. Al término de la contienda contra los franceses, contando 26 años, es ascendido a general. A la restauración del absolutismo que anula la Constitución de 1812, Torrijos se une a los liberales del Partido Progresista, negándose a partir para combatir a los independientes en América. En 1817 toma parte en la fallida conspiración del general Lacy para sublevar al ejército en Andalucía, y es hecho prisionero, sufriendo prisión durante tres años, hasta que la rebelión de Rafael de Riego, en 1820, lo pone en libertad; nombrado comisario de guerra en 1823, dirige la resistencia contra los 100.000 Hijos de San Luis, ejercito francés enviado por las potencias europeas para reponer a Fernando VII en el trono de España. Derrotado en Cartagena, Torrijos y su esposa, Luisa Carlota Sáenz de Viniegra, parten por Marsella hacia Inglaterra donde contacta con los llamados Apóstoles de Cambridge y con españoles exiliados con los que cofundará la llamada Junta de Londres.
La etapa decadente de Torrijos y sus compañeros da comienzo el mismo día 30 de noviembre de 1831, día en que salen de Gibraltar con la intención de desembarcar en las playas de Las Ventas de Mizmiliana, entre Vélez Málaga y Torre del Mar, y que debido a la traición de González Moreno son obligados a cambiar sus planes para hacer un desembarco forzoso en las playas de El Charcón, en la Cala de Mijas, el día 2 de diciembre. En desesperada huída, atravesando la sierra de Mijas, llegan a la alquería del Conde de Mollina donde son detenidos la mañana del 5, y trasladados al convento del Carmen para posteriormente, el domingo 11 de diciembre de 1831, ser conducidos a las playas de San Andrés donde serían fusilados. En tan sólo 12 días se produce la traición, desembarco y apresamiento y se consuma la muerte de Torrijos y sus compañeros. Sólo 12 días son necesarios para que la muerte acabe con tantos años de continua y sacrificada lucha, manteniendo la inquebrantable esperanza de derrocar el tiránico despotismo del peor rey que ha conocido España. La última afrenta que recibieron fue la negación de una cristiana sepultura y ser llevados como animales sacados del matadero, trasportados en inmundos carros de basura tirados por presos comunes.
Poco tiempo separa la muerte de esos 49 héroes, tan violenta como inútil, de la realización de sus sueños de libertad para España: el 29 de septiembre de 1833, menos de dos años después del trágico fusilamiento, moría Fernando VII y los liberales se hacían con el poder. Con sólo tres años de edad, la hija de Fernando, Isabel II, es nombrada Reina de España, desencadenándose la primera guerra carlista con la que los realistas adeptos a D. Carlos pretendían que éste ocupara el trono de España a la muerte de su hermano, el maléfico Fernando. Pero eso es tema para otro discurso sobre otra parte importante de nuestra historia. Muchas gracias por prestarme atención. |