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La toma de La Bastilla. Aquí empezó todo
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Torrijos 1831. 13.03.15 
La toma de La Bastilla significó el principio de un avance por la igualdad y el progreso de la sociedad. Por primera vez en la Europa continental, se resquebrajaron los cimientos de una férrea monarquía absoluta: la francesa, un estado estamental y cerrado, que negaba el progreso desde el gobierno ejercido por la nobleza y el clero, a un pueblo que soportaba sobre sí las viejas cargas feudales, costosos impuestos, los arriendos, y  las arbitrariedades de una Justicia desigual, donde el poderoso salía airoso y las penas con los plebeyos eran excesivas, practicándose la tortura y las confinaciones de por vida en las celdas más horrendas. La Revolución fue guiada por la burguesía de París apoyada por el pueblo. Nuestra compañera Sara ha estado allí, en el mismo solar que en su día ocupó La Bastilla (hoy desaparecida). Sara nos aporta sus impresiones sobre lo que fue aquella fortaleza del terror bajo el despótico poder absoluto, que sucumbió ante el valor de un millar de hombres y mujeres considerados ciudadanos libres. 
La Bastilla.
 
Sara nos cuenta sus impresiones: “El nombre significa fortaleza en castellano. En su principio, fue un bastión defensivo, adosado a la muralla de París, que protegía la llamada Puerta de San Antonio, por dar al barrio del mismo nombre, edificado entre 1370 y 1783, en la época del rey Carlos V, inicialmente, con cuatro torres redondas. El cardenal Armand du Plessis, duque de Richelieu, le dio su destino más siniestro al convertirla en prisión de estado, no exenta de celdas de castigo. Allí, por orden del rey o sus ministros, fue encarcelada mucha gente en el Antiguo Régimen, sin mediar juicio alguno, ni sentencia, solo bastaba decir: “Que lo encierren en La Bastilla”. Entre otros, soportaron sus fríos muros, Voltaire, Sade o Fouquet, por no citar al misterioso prisionero siempre cubierto por una máscara de hierro que ingresó en la prisión el 18 de septiembre de 1698, y que dio origen al personaje literario de Alejandro Dumas, protagonista de “La Máscara de Hierro”.  Poco parecía que habían cambiado las cosas, en tantos siglos, respecto a las frases de Calígula o Nerón, de “Que los echen a los leones”, pariente de la expresada por el absolutista Fernando VII, respecto a Torrijos y sus fieles compañeros: “Que los fusilen a todos”.
Cuando se llega a la actual Plaza de la Bastilla, presidida por la llamada “Columna de Julio”, levantada en 1840 por orden el rey Luís Felipe de Orleáns para celebrar el éxito de otra revolución, la de 1830, denominada “Las Tres Gloriosas”; La Bastilla, símbolo de la caída del régimen absolutista de Luís XVI, no aparece ante los ojos del visitante. En cuanto a superficie, no fue una gran fortaleza, pero su altura imponía. Media de largo 66 metros, de ancho 34, y el nivel de sus ocho torres alcanzó los 24 metros. Tenía el aspecto que hemos visto casi siempre en dibujos y pinturas. Sin embargo, esa excesiva altura en relación con su planta, fue un gran problema para su defensa.
¿Qué nos queda de La Bastilla? Muy poco. La señalización en la plaza de algunos círculos donde se asentaron sus torres. También, en la parte superior de la entrada de la Línea 5 del Metro, el visitante puede ver un pequeño paño de sillares de la fortaleza. Más retirados están los escasos restos de la torre llamada Libertad, encontrados al final del siglo XIX, y que fueron trasladados a un jardín del conocido bulevar de Enrique IV. Precisamente en esa torre de la Libertad estuvo encerrado el conocido y alocado marqués de Sade. El peculiar escritor de la perseguida obra Justine, había estado preso entre 1778 y 1785 en Vicennes, pero fue trasladado a La Bastilla, donde permaneció hasta muy poco antes de la Revolución, no pillándole  el asalto a la fortaleza el 14 de julio de 1789, de verdadero milagro. El motivo del traslado fue debido al jaleo que formó desde la ventana de su celda, gritándole a los viandantes el trato recibido por el alcaide, al haberle negado dar su paseo habitual por el patio de presos, siendo enviado por esa falta al manicomio de Charenton. Como tantos otros presos del Antiguo Régimen, fue liberado al triunfar la Revolución”.
14 de julio de 1789.
 
Cuando el motín de Esquilache, el rey español Carlos III no le tembló la mano para hacer cargar a la temida Guardia Walona contra el pueblo. Las tropas extranjeras al servicio de las monarquías borbónicas de Francia y España, no vinculadas con la población y con vida cerrada en sus propios cuarteles, no dudaban a la hora de disparar o cargar a la bayoneta contra manifestantes y vecinos, cuando así se les ordenaba. Por ello, estas tropas eran consideradas por una gran parte de los patriotas como unidades mercenarias, concepto que aumentó más en los preliminares del estallido de la Revolución francesa. En París, el 12 de julio de 1789, con los ánimos muy caldeados por la destitución del ministro Necker, una manifestación del pueblo fue cargada por la Royal-Alleman-Cavalerie, unidad alemana de Alsacia (alemanes y suizos constituían la fuerza principal extranjera, para reprimir a los revolucionarios). Sin embargo, la Guardia Francesa, muy vinculada a los parisienses, se sentía identificada con el pueblo. Pese a estar vigilado este Regimiento, se enfrentó con la caballería mercenaria. Fue el primer contingente militar que se unió a la causa revolucionaria. No serían los únicos. La Guardia Nacional recién creada también lo haría, a pesar de no estar armada en un principio. El 12 de julio, tras tomar los revolucionarios Los Inválidos y hacerse con 12 cañones y unos 30.000 mosquetes (sin cartuchos de pólvora); el barón de Besenval preguntó a los jefes de las diversas unidades acampadas en el Campo de Marte, si cargarían contra el pueblo. Éstos le contestaron que no.
En la Bastilla había almacenados 13.600 kilos de pólvora, justo lo que necesitaban los revolucionarios para hacerse con la situación. No lo dudaron y se dirigieron el 14 de julio a la fortaleza, cuyo alcalde, el marqués de Launay, tenía bajo su mando una guarnición compuesta por 82 soldados del llamado Cuerpo de Inválidos (no aptos para el servicio activo), que habían sido reforzados el día 7 de julio por 38 granaderos suizos del Regimiento Salis-Samade. Contaban con 18 cañones de 8 libras y 12 de menor calibre. A mitad de mañana los revolucionarios pidieron a Launay que abriera las puertas de La Bastilla, entregara el armamento y la pólvora, y desalojara de defensores la fortaleza. Hubo una entrevista cordial pero sin resultados. A las 11´30 hubo un segundo intento de parlamento, pero fracasó. Mientras, no cesaron de llegar los revolucionarios de Los Inválidos. Sobre las 13´30, la muchedumbre logró entrar en el primer patio, rompiendo las cadenas del puente levadizo. Launay mandó entonces disparar sobre los asaltantes. Hubo otro parlamento, igualmente sin éxito. A las 15´30 los atacantes se vieron apoyado por 61 hombres de la Guardia Francesa y otros desertores de unidades deseosos de combatir con el pueblo. El fuego se recrudeció por ambas partes y los revolucionarios tuvieron unas cien bajas.  Los integrantes del Cuerpo de Inválidos que defendían La Bastilla, franceses de origen, comprendieron el error que estaban cometiendo. Los soldados suizos, sin vinculación con los patriotas, apostaron por la férrea defensa, confiados en la llegada de su Regimiento Salis-Samade, refuerzo que jamás acudiría a socorrerlos. Abajo, mientras los revolucionarios recogían a cien compañeros muertos y unos setenta heridos, el odio les hacía bramar contra los defensores, haciendo que el pánico se adueñara de Launay. El alcaide pidió a los asaltantes una rendición con condiciones para que fuera respetada la vida de los defensores, pero los revolucionarios respondieron que no. Sin otra alternativa, Launay rindió La Bastilla. La rabia popular por los muertos y heridos en sus filas, se mostró cuando los defensores eran trasladados al ayuntamiento de París. Launay fue apuñalado, degollado y su cabeza clavada en una pica. También fueron asesinados tres oficiales y algunos granaderos suizos. El resto, protegido por la Guardia Nacional, logró llegar indemne al Ayuntamiento, aunque las fuentes varían a este respecto en cuanto al número real de los defensores asesinados. Los asaltantes sólo encontraron en las celdas de la Bastilla a siete presos comunes. La Revolución francesa había comenzado, y a partir de ella, el mundo occidental ya no sería el mismo.          
 
Datos de la Asociación Histórico Cultural Torrijos 1831, la más antigua en el territorio nacional dedicada a la memoria de Torrijos.

 
Tipo de Asociación: Cultural con marcado carácter Histórico.
Ámbito de actuación: Nacional (inscrita en el Registro Nacional y Junta de Andalucía). Inicio de su periodo constituyente en el año 2002.
Legalizada en 2003, es la más antigua en el Registro Nacional de Asociaciones en memoria de Torrijos. También lo es en recreaciones históricas del siglo XIX en toda provincia de Málaga. Como proyecto asociativo cultural es totalmente original en las formas y fines que recogen sus estatutos, cimentando sus antecedentes en los precursores trabajaron sobre el personaje de Torrijos en la provincia de Málaga en las décadas de los años ochenta y noventa del siglo XX y primeros años del XXI, y en la razón fundamental y objetiva que como texto legal marca la fecha de legalización de un colectivo, ajustándose a lo estipulado en el punto 3 del artículo 8 de la Ley Orgánica 1/2002 de 22 de marzo, reguladora del Derecho de Asociación: tampoco podrá coincidir, o asemejarse de manera que pueda crear confusión, con ninguna previamente inscrita en el Registro que proceda su inscripción.
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