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El Álamo: su realidad histórica y el tratamiento dado en el cine (1ª Parte)

Esteban Alcantara. 23.08.10 

La primera vez que escuché el nombre de un viejo fuerte llamado El Álamo, fue a principios de 1959. Tenía seis años, era alumno de La Goleta y vivía en la casa de mis abuelos maternos en Málaga, situada en Duque de Rivas. El piso en cuestión tenía hacia calle San Bartolomé varios balcones y antepechos que daban a la fachada principal del “Cine Duque”, pudiendo ver el cartel y los fotogramas de la “La última orden” (The last command) de 1955, película que comentaban los mayores que la habían visto por el trágico final que tenía, poco usual en el cine de los años cincuenta del siglo XX. Otros largometrajes como “El desertor del Álamo” (The man from the Alamo) de 1953, o “El Álamo” (The Alamo) de 1960, formaron parte de mi infancia al igual que de la de tantos niños españoles de la época; hecho que, a la larga, me llevó a intentar conocer más sobre la historia real de aquel acontecimiento, dándome cuenta conforme leía, que el cine estadounidense había cometido reiterados errores al mostrar aquella historia. Explicar todo esto necesitará de varios artículos, pero creo que merecerá la pena a favor de ese lector que, con interés, desee conocer más sobre el sitio de El Álamo y el tratamiento tan desacertado que ha tenido en el mundo del cine a través de los años.

La búsqueda de textos y documentos sobre El Álamo.

El interés por recopilar libros en torno a El Álamo hizo que por 1979 pudiera contar ya con varias obras en inglés y, también, con la escasa bibliografía editada en nuestro país hasta entonces, incluyendo la versión española de Jaime Piñeiro, de “A time to stand”, de Walter Lord; colección que acompañé con otros textos y copias de documentos relativos a la presencia de España en los territorios actuales de Méjico y Estados Unidos. Los primeros años de la década de los ochenta no se parecen a los tiempos actuales, con las facilidades que brindan Internet y otros medios digitales. Entonces, bucear en temas específicos de hechos ocurridos en el extranjero era más complicado, tanto para la simple localización de direcciones, teléfonos o fax, como en la adquisición de obras específicas. Parte de estos obstáculos los salvé en mi paso por Universidad de Málaga, mientras que otros los resolví con el agregado cultural de la Embajada de los Estados Unidos en Madrid, hecho que me permitió conectar directamente con Wallace Saage, responsable de El Álamo, que me envió desde San Antonio, en diferentes fechas, dos voluminosos paquetes repletos de planos, fotografías, relaciones, revistas especializadas y algunos de los últimos trabajos de investigación de la Universidad de Texas. A pesar de contar con todo esto, para dejar cerrado mi archivo particular necesitaba copias de documentos concretos (si existían los originales), así como una pormenorizada labor fotográfica sobre diversos lugares de Texas, algo para lo que se necesitarían al menos dos meses en territorio tejano, incluyendo los trabajos en las ciudades de San Antonio, Goliad y González. Así estaba, cuando un hecho fortuito vino a allanarme el camino. Un buen amigo y excelente compañero iba a ser destinado por seis meses a la base de Fort Bliss, en la ciudad de El Paso (Texas). Tras explicarme que en los fines de semana haría excursiones a diferentes puntos de Texas, Arizona y Nuevo Méjico, le pedí que me ayudara a completar lo que me faltaba, cosa que realizó a la perfección gracias a que la fotografía era una de sus pasiones. También me trajo un buen número de datos de la Librería de El Álamo y de la antigua capilla del fuerte, así como una relación importante de lo que acoge el Museo, comprando en el souvenir del mismo diversas réplicas que aún conservo.
Entre 1984 y 1986 llevé a cabo varios trabajos en torno a El Álamo, siendo uno de ellos el relativo al sitio del fuerte y a su tratamiento en el mundo del cine, que ahora se podrá seguir en formato reducido a través de Alhaurin.com. En otro, busqué la estela de un descendiente directo de una de las familias procedentes de las islas Canarias que se trasladaron a San Antonio de Béjar en 1731, en la clave del apellido Fuentes tan extendido en Tenerife, La Palma, La Gomera y El Hierro. Se trataba de Antonio Fuentes, que murió defendiendo los muros de El Álamo en la madrugada del 6 de marzo de 1831.

Texas, San Antonio de Béjar y San Antonio de Valero: antecedentes históricos con raíces españolas.

Año 1540. Indios de la tribu zuni, habitantes de la parte oriental del actual estado de Nuevo Méjico, ven avanzar entre una polvareda a un nutrido grupo de personas en dirección sur, yendo a la cabeza un individuo semidesnudo de piel negra. Su nombre es Esteban, un esclavo liberado del caballero español Andrés Dorantes que intenta alcanzar las tierras de Nueva España (Méjico), seguido de trescientos indios amigos. Esteban, Dorantes, Alonso del Castillo y el conocido explorador Cabeza de Vaca son los únicos supervivientes de un naufragio anterior de la expedición de Narváez, ocurrido en las costas de Texas. Tras mil peripecias atraviesan el territorio y llegan a la ciudad de Méjico. La desorbitada información que dio Cabeza de Vaca en su diario sobre las Siete Ciudades de Oro de Cíbola propiciará la expedición de Coronado al norte, tomando en nombre del rey de España, entre otros, el amplio territorio de Texas, aunque durante decenas de años no se llevarán a cabo asentamientos. Estos se producirán forzados por las divergencias entre España y Francia en América del Norte en la segunda mitad del siglo XVII, comunicando el gobierno español al virrey de Nueva España la política de repoblación del territorio de Texas con misiones y presidios, con el fin de frenar la expansión francesa hacia el oeste. Así, entre 1686 y 1689, Alonso de León dirigió cuatro expediciones a la zona en busca de asentamientos franceses infiltrados, con resultados nulos en las tres primeras y la fundación de la misión San Francisco de Texas en la cuarta, haciendo algunos prisioneros franceses a los que mandó a México. Sin embargo, la pugna continuó entre los dos países a principios del XVIII, contando España con el mando y la previsión del virrey marqués de Valero, que apoyó y reforzó con soldados las misiones franciscanas para evitar el contrabando en Texas por parte de los franceses establecidos en Luisiana y Canadá. A propuesta del padre franciscano Olivares, Valero dio la aprobación para fundar junto al río San Antonio una nueva misión y un presidio, designando al mando de ambos objetivos a Martín de Alarcón. La misión con el nombre de San Antonio de Valero fue inaugurada el 1 de mayo de 1718 y, cinco días después, a muy poca distancia se abrió el presidio de San Antonio de Béjar, nombre que recibió de Baltasar de Zúñiga, segundo hijo del duque de Béjar y virrey de Nueva España (los nombres del río, misión y presidio provienen de la memoria al franciscano San Antonio de Padua, mientras que el del ducado de Béjar procede de la localidad del mismo nombre situado en la provincia de Salamanca). Apaches y comanches atacaron con frecuencia las proximidades de San Antonio, pero los españoles lograron sostenerse en la zona gracias a las reformas de 1731, que eliminaron la dispersión de otras misiones para concentrarlas en San Antonio, población que aumentó en marzo de 1731 con un contingente de colonos procedente de las islas Canarias, formado por 16 familias que sumaban un total 56 personas, así como con la integración de indios del lugar, ya cristianizados. Los franciscanos de San Antonio de Valero convirtieron la misión en escuela para formar a los indios en el cuidado del ganado y, también, en la confección de telas, cestería, carpintería y albañilería. Precisamente, monjes e indios iniciaron la construcción de la iglesia en 1744, terminándola en 1757. Pero dada la pobreza de los materiales empleados y falta de medios adecuados, tanto las dos torres de la iglesia como la cúpula se derrumbaron en 1762, quedando permanentemente en ruina. En 1793, la misión quedó secularizada por orden del virrey. A muy poca distancia de sus muros, San Antonio de Béjar contaba ya con mil setecientos habitantes, cifra estimable si tenemos en cuenta que la población total de Texas bajo la Corona española era de unos tres mil, contando súbditos españoles e indios integrados.

El Álamo: un nombre traspasado de Coahuila a San Antonio de Valero.

Sin su función espiritual y educativa, la desalojada misión de San Antonio de Valero terminó siendo utilizada como corral de ganado, hasta que en 1803 fue ocupada por un destacamento militar procedente de Coahuila, llamado 2ª Compañía Volante de Álamo de Parras. El antecedente de esta unidad hay que buscarlo en la iniciativa tomada por el subinspector de las tropas de Coahuila, Luis Cazorla, al solicitar en 1783 la creación de dos compañías de caballería (escuadrones volantes), una para el presidio de San Carlos en la población de Parras, y otra para Saltillo. Por eso, ya en 1791, la 2ª Compañía Volante tenía el añadido en su denominación de San Carlos de Parras, que junto al nombre del pueblo denominado Álamo (hoy ciudad de Viesca en la comarca Lagunera de Coahuila), lugar donde realmente estaba alojada la tropa, terminó con la denominación completa de 2ª Compañía Volante de Álamo de Parras. En el ya citado 1803, la unidad llegó a la vieja misión de San Antonio de Valero. Formaban la compañía un capitán, seis oficiales subalternos y noventa y tres de tropa, y llevaban con ellos a cerca de cuatrocientos caballos y sesenta y tres mulas. Los militares fueron acompañados por sus respectivas familias, levantando entre todos, barracones y muros de adobe para cerrar en lo posible el recinto, con una plaza central en funciones de patio de armas, presidida por la fachada principal de la iglesia en ruinas y el edificio del convento. Casi sin saberlo, le dieron a la antigua misión la forma y el nombre a un fuerte: El Álamo.

Texas entre 1803 y 1823.

Resumir este periodo turbulento de la historia de Texas es prácticamente imposible en un artículo de estas características, pero es necesario hacer referencia a las preocupaciones de Manuel Godoy por enviar tropas a su frontera este para frenar las apetencias expansionistas de los jóvenes Estados Unidos, ya vecinos al poseer Luisiana. Sin embargo, los regimientos preparados para este cometido quedaron aprisionados y destruidos en la batalla de Trafalgar (1805). Sin escuadra, España no pudo evitar en las costas de Texas la llamada “era de los filibusteros” que arrasaron la parte sur del territorio tejano. En 1808 nuestro país estaba sin rey, haciendo frente a los desastres de la Guerra de la Independencia con el poderoso ejército francés dentro del propio territorio nacional, un hecho decisivo para la gestación e inicio de la emancipación americana. Los tejanos se encontraron solos para defender su territorio, tanto de piratas, indios y expediciones de colonos estadounidenses que deseaban instalarse ilegalmente en el territorio español. Por si esto no fuera poco, la insurgencia en contra de España se extendió como un reguero de pólvora por todo Méjico, llegando en 1810 a Coahuila, por lo que los tejanos creyeron que desde río Grande al Sabine la autoridad virreinal se había venido abajo. En el Álamo, una parte de la 2ª Compañía Volante se mantuvo fiel a la Corona, mientras la otra mitad desertó pasándose a los rebeldes. A pesar de la precariedad de medios y escasez de tropas, los realistas lograron sofocar este primer intento de los independentistas, algunos de cuyos líderes principales como Hidalgo y Las Casas fueron ejecutados. Sin embargo, la impotencia de España había quedado en evidencia: la Regencia de Cádiz se había mostrado incapaz en aquella situación de emergencia, de enviar a Texas un solo soldado. Finalmente, durante el Trienio Liberal, Méjico se emancipó definitivamente de la Corona española a través del llamado “Plan de Iguala”, ejecutado por el general Agustín de Iturbide que se proclamó emperador, con el beneplácito del ejército y de la opinión pública. La bandera española se arrió definitivamente en la ciudad de San Antonio de Béjar el 21 de julio de 1821. El territorio de Texas quedó insertado en la formación del nuevo estado mejicano.

Antonio López de Santa Ana.

Sin duda, la figura más importante de Méjico entre 1824 y 1836, fue Antonio López de Santa Ana. Con el grado de brigadier se unió en 1821 a los independentistas, jurando en el cargo de emperador a su cuñado Iturbide en 1822. Su lealtad iba a durar solamente algo más de un año. Iturbide representaba un modelo de estado centralista, mientras que la burguesía mejicana deseaba uno de corte federalista y republicano, opción por la que ahora se inclinaba Santa Ana, que de una línea conservadora había pasado en poco tiempo a la tendencia liberal, ayudando al derrocamiento de su cuñado, que se vio obligado a marchar al exilio. Méjico logró así una Constitución liberal en 1824, en la que Texas junto a Coahuila eran una república federal que, con otras, formó parte del nuevo estado azteca. Santa Ana llevó a cabo un pronunciamiento en 1828 y, un año después, derrotó a las tropas españolas enviadas por Fernando VII en Tampico. Su aureola subió todavía más al presentarse como el salvador del credo liberal y federalista, popularidad que aprovechó para hacerse nombrar en Veracruz, en 1832, presidente de la nación, destituyendo al conservador Bustamante. Sin embargo, desde ese año a 1835, en el ejercicio diario de gobierno y en los enfrentamientos con la oposición, Santa Ana fue girando en sus formas y hechos, actuando cada vez más como un dictador que reducía en cada decreto que firmaba las aspiraciones federalistas contempladas en la Constitución de 1824. Esto, el importante factor de la lejanía de Texas y la cada vez mayor llegada de colonos procedentes de los Estados Unidos (en muchos casos de forma ilegal), manteniendo otras formas de vida y diferentes concepciones políticas, terminarían repercutiendo directamente en lo que la Historia conocería como “La cuestión de Texas”.
Nota.- El siguiente artículo relativo a El Álamo que se editará próximamente en Alhaurín. com, llevará el título: “La cuestión de Texas”.

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