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La depuradora de Mestanza: "Crónica de una muerte anunciada" 
Eduardo Saez Maldonado. 03.08.24 
"El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo. Había soñado que atravesaba un bosque de higuerones donde caía una llovizna tierna, y por un instante fue feliz en el sueño.....«Siempre soñaba con árboles»..." (1)
La necesidad de depurar las aguas de los municipios del Guadalhorce que aún no lo hacen es indiscutible y urgente. Sin embargo, y aunque existen alternativas de depuración más respetuosas con el entorno y que no supondrían la destrucción de 20 Ha de cultivos en La fértil Vega del Guadalhorce, la Junta de Andalucía se obstina en llevarla a cabo en la Vega de Mestanza con el apoyo explícito de los alcaldes de los municipios implicados (estos días se han reunido a firmar el último empujón -2-), entre ellos el de Alhaurín de la Torre, Joaquín Villanova, que ha intentado hacer encaje de bolillos para que parezca que apoyaba a los vecinos de la Vega de Mestanza en un patético "sí pero no".
Partimos de la base evidente de que Villanova es un desarrollista de libro que ha antepuesto todo su afán por desarrollar urbanísticamente el municipio hasta el infinito (y más allá) a cualquier otra consideración. Su incondicional apoyo a unas canteras que han expoliado irreversiblemente la sierra de forma ilegal y clandestina en su mayoría es, quizás, el ejemplo más evidente, pero el proyecto megalómano de construcción de una Ciudad Aeroportuaria para hormigonar los últimos cultivos de la Vega del Guadalhorce parece ser su último empeño que podría tener relación (malpensado que es uno) con su negativa cerril a promover el cambio en la ubicación de la depuradora. Pero la intención de este escrito no es evidenciar la inconveniencia de tener un alcalde como el que tenemos (al que vota la mayoría del pueblo, hay que recordar) sino poner en evidencia lo descabellado del proyecto de la depuradora de Mestanza que el alcalde ha dejado a su suerte. Veamos.

La ubicación óptima sería ampliar la actual depuradora del Guadalhorce en los terrenos aledaños pues no supondría impacto ambiental adicional ni requeriría acabar con decenas de miles de naranjos y limoneros que actualmente están en producción en la zona prevista por la administración con el perjuicio social, ambiental y económico que esto supone. Los motivos objetivos para no construir la depuradora en Mestanza son muchos y muy conocidos, pero haremos un breve repaso:

Evidentemente expropiarles a los vecinos 20 hectáreas de cítricos en producción es, sin duda, un claro perjuicio para ellos que, lógicamente, se han levantado contra la administración en una heroica batalla que aún no ha terminado. Pero estos no son, ni muchísimo menos, los principales motivos sociales que desaconsejan esta obra. La reducción implacable de las áreas cultivadas en favor de iniciativas "hormigonadas" supone en sí mismo un grave perjuicio social mucho más allá de los evidentes daños a sus propietarios directos pues, como atisbamos en la pandemia (aunque ya lo hayamos olvidado), hay ciertas actividades básicas que conviene mantener en unos mínimos elementales (y la producción de alimentos es la más importante de ellas) con vistas a mantener un mínimo de soberanía elemental (alimentaria en este caso) que nos permita resistir ante posibles problemas que trasciendan nuestras fronteras. Problemas que tienen que ver con los principales retos a los que se enfrenta nuestra sociedad y que están relacionados con cambio climático, sequía, agotamiento de recursos básicos minerales y energéticos, crisis de biodiversidad etcétera que nos hace altamente vulnerables en tanto que puede derivar en cierto grado de colapso social.

Y ya que mencionamos el cambio climático no podemos dejar pasar que, desde una perspectiva termodinámica planetaria global, un árbol (como las decenas de miles que inundan Mestanza) es un almacén de carbono (fijado en forma de madera sin contribuir pues al efecto invernadero) que si se destruye es liberado nuevamente a la atmósfera. Cortar árboles (en lugar de promover su desarrollo) es pues, desde un punto de vista del calentamiento global, una decisión contraproducente.

Por otra parte, la cada vez más evidente necesidad de proteger las pocas zonas de interés ambiental que nos van quedando es innegable y tiene que ver también (más allá de consideraciones morales que abordaremos más adelante) con la sostenibilidad de nuestro sistema socioeconómico frente al desarrollismo imperante (3). Y aunque es verdad que el interés ambiental de las áreas cultivadas (como es el caso) no es alto en comparación con la necesidad imperiosa de mantener ecosistemas naturales silvestres lo mejor desarrollados posible, los campos de cultivos también aportan una importante biodiversidad que necesitamos proteger, no sólo por su valor intrínseco (que también) sino porque hacen de colchón entre zonas menos humanizadas y las zonas urbanas en sí. En este sentido, la Vega de Mestanza supone un ejemplo de libro en tanto que linda con el río Guadalhorce permitiendo el mantenimiento de ecosistemas de ribera relativamente sanos y que dan cobijo a multitud de especies, algunas tan emblemáticas como la nutria que, de estar los márgenes del río más antropizados, no podrían subsistir.

En otro orden de cosas, la elección de una zona en la que el Guadalhorce se desborda frecuentemente obliga a que el proyecto se encarezca innecesariamente al requerir costosas medidas correctoras de estas inundaciones que, en un entorno histórico en el que se prevén avenidas cada vez más intensas y frecuentes con motivo del cambio climático, no es improbable que en un futuro a medio plazo ni siquiera estas medidas puedan retener las inundaciones de la futura EDAR además de que, cuanto menos suelo y más hormigón tengamos, menos agua filtrará a los acuíferos (ya en clara regresión) y más se agravará el calentamiento global como ya ha empezado a ponerse de manifiesto (4). Pero es que la elevación de 18 hectáreas de terreno en una vega inundable supondrá, además, la alteración de las dinámicas hidrológicas de la zona con consecuencias imprevisibles. Esto hace que la elección de la Vega de Mestanza para la construcción de la depuradora sea una decisión absurda también desde un punto de vista económico e hidrológico.

Finalmente, en medio de esta "crónica de una muerte anunciada" no debemos olvidar una reflexión algo más general y menos antropocéntrica que, en mi opinión, es muy relevante pero que, lamentablemente, no suele incorporarse a estos debates. Siempre me gustó el inicio de la mencionada novela de García Márquez que se cita en el encabezamiento de este escrito pues te da una sacudida nada más empezar a leerla. Pero he reparado ahora en que su protagonista, Santiago Nasar, que como la Vega de Mestanza, sabíamos desde el principio que iba a morir, "...siempre soñaba con árboles", lo que supone otra sacudida adicional para los que volvemos a leer la novela en estos tiempos borrascosos. Pues mientras que nuestra incomprensible especie va acabando con los pocos árboles que nos van quedando, quizás nos veamos en la paradoja de soñar con árboles a medida que los vamos destruyendo en una suerte de remordimiento subliminal. Porque tendemos, en nuestra ceguera antropocentrista, a considerar todo lo que tenemos a nuestro alcance (incluso lo que aún no tenemos) como de nuestra propiedad, algo sobre lo que tenemos una suerte de derecho "divino" que va mucho más allá de los perjuicios que, secundariamente, podamos generar a terceros (e incluso a nosotros mismos). Y los terceros no son necesariamente congéneres (que también), sino que son el resto de especies vivientes que comparten con nosotros este planeta, al que algunos visionarios han denominado como Gaia recordándonos su singularidad, unicidad y autodependencia ecológica global de las que nosotros también dependemos.

Y, sencillamente, no tenemos derecho a transformarlo y destruirlo todo a nuestro antojo.

Esta obviedad no ha sido tal a lo largo de la historia porque estábamos lo suficientemente lejos de los límites planetarios, pero sí lo es ahora porque nos estamos acercando peligrosamente a estos límites biofísicos en una dinámica de una torpeza y miopía tal que nos puede llevar a un colapso ecológico, y por tanto social, del que no seamos capaces de salir por muy tecnooptimistas que seamos.

La Vega de Mestanza, como el resto de Vega del Guadalhorce que pretende el alcalde de Alhaurín sepultar bajo una cuarta de hormigón con su desquiciada ciudad aeroportuaria, es un símbolo de la lucha contra el avance imparable de una civilización ciega y suicida, regida por dirigentes ignorantes o incapaces de tomar decisiones valientes para no ser arrastrados por la ola de mediocridad desinformada que se deja llevar por lo que prometen los sinvergüenzas más desinhibidos que ignoran las serias advertencias que vienen, entre otros, de muchos sectores científicos.

Si la Vega de Mestanza sucumbe a la mediocridad política (y social que sostiene a estos políticos) será un mal augurio (otro) de lo que está por venir.

Sin embargo, esta "crónica de una muerte anunciada" aún no ha terminado. Al fin y al cabo, el propio Santiago Nasar "siempre soñaba con árboles". Quizá estemos aún a tiempo de salvar la Vega de Mestanza, el resto de la Vega del Guadalhorce y, por fin, cambiar nuestro punto de vista desarrollista por otro más cabal, más respetuoso con nuestro entorno... con Gaia.

Quizá aún estemos a tiempo. 

(1)   Legendario arranque de la magnífica novela del genial Gabriel García Márquez "Crónica de una muerte anunciada".




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