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Relato: La amistad de un burro | | Lydia Tapiero Eljarrat. 18.01.15 | |  A Carlos le encantaba soñar, pero no solo soñaba cuando estaba dormido, también soñaba cuando desayunaba, cuando su padre le llevaba al colegio y sobre todo soñaba en clase de dibujo: al pintar un caballo este le invitaba a cabalgar, corría detrás de las mariposas con puntos de colores rojo y azul, y visitaba las flores amarillas que vivían en el pueblo de su abuelo, incluso olía a césped recién cortado. Ese día Carlos estaba pintando un canario de color amarillo y, como siempre, su imaginación le llevó muy lejos de clase, justo a la rama de un árbol donde había un pequeño pájaro cantando; sin darse cuenta empezó a silbar para imitarlo. De pronto, escuchó las risas de sus compañeros y la voz del profesor que hizo callar a todos con un: '¡Silencio!'. Carlos dejó de ver al canario, para encontrarse con una clase que le miraba solo a él. –Carlos te he hecho una pregunta y espero una respuesta –se enfadó el profesor. Carlos no había escuchado la pregunta, pero pensó que sería: '¿De qué color estas pintando el canario?' | –Amarillo –respondió sin dudar y casi al mismo tiempo se escuchó la carcajada de Pedro que repitió: –¿De qué color es el caballo blanco del Quijote? ¡Amarillo! –y el resto de la clase se rió también. –¡Pedro, suficiente! –le regañó el profesor y el silencio volvió a la clase. Desde ese día Pedro le llamó burro. Carlos estaba tan triste que se le quitaron las ganas de pintar, y de soñar. El sábado fue al pueblo de su abuelo, pero en el viaje ni siquiera se fijó en las flores amarillas de las praderas, ni en las cabras, tampoco en los toros negros con largos cuernos. Cuando llegó salió del coche mirando hacia abajo, y no corrió hacia su abuelo, como siempre, ni le abrazó. Un tímido 'Hola', fue lo único capaz de decir. Su abuelo lo abrazó y lo besó como si Carlos estuviese feliz, esto le hizo sentir un poco mejor y casi olvidarse de la tristeza, pero pronto se acordó de las orejas largas y feas que Pedro le había dibujado en un papel. Su madre saludó al abuelo con dos besos y sin que Carlos se diera cuenta, el abuelo señaló el establo y su madre asintió con la cabeza. –Vamos Carlos, tengo algo que mostrarte –el viejo le dio la mano y fueron al establo mientras la curiosidad del niño crecía, le encantaba las sorpresas del abuelo. Cuando Carlos abrió el establo y se encontró con un pequeño burro gris, sus ojos se llenaron de lágrimas y se fue corriendo a la casa, convencido de que también el abuelo se reía de él. No salió de su habitación ni siquiera para comer. Por la tarde, además de triste, estaba muy aburrido, no conseguía pensar en otra cosa que no fuera el burro gris, así que decidió ir a verlo. Abrió la puerta del establo y vio al pequeño animal de pie, solo. Sus ojos eran grandes y redondos y le estaban mirando. Entonces, se acercó y le acarició el lomo, porque sabía que era lo que necesitaba, él no tenía la culpa de ser un burro. El animal agradeció las caricias dándole unos golpecitos con el hocico en el hombro. A Carlos le gustó, y se convenció de que ser un burro no era tan malo, por lo menos era cariñoso. Al día siguiente se despertó de mejor humor y con ganas de ir al establo. Esa mañana Carlos y el abuelo se fueron con el burro gris a la montaña, amarrado con una cuerda. –Hoy no montarás en tu burro. –¿Por qué, abuelo? Siempre me has dejado montar a caballo, no me voy a caer. –Antes tienes que ser su amigo, los burros son muy sensibles e inteligentes –el niño achicó los ojos extrañado–, sí Carlos, son animales muy inteligentes y no dejarán que abusen de él y este burro no está acostumbrado a que le monten. Normalmente, cuando subían al monte no seguían ningún sendero, les gustaba dejarse llevar por las flores, pero esta vez, el abuelo insistió en ir por el sendero verde. A medio camino Carlos vio un madroño y corrió hacia él, soltando la cuerda del animal. Las frutas del madroño estaban rojas, listas para comer, sacó unas cuantas del árbol y antes de llevárselo a la boca sintió el hocico húmedo del burro en su mano. –Parece que os estáis haciendo amigos –sonrió el abuelo y el niño abrió la mano dándole la fruta– de todas maneras, no deberías haberlo soltado ¿sabes qué podría haber pasado? –¿Que se hubiese escapado? –preguntó Carlos, con la boca llena de madroños. –Exactamente. –¿Y qué se podría haber perdido? –siguió el niño y el abuelo se rió. –Eso es imposible, hijo. Los burros nunca olvidan los caminos por los que pasan, aunque solo lo hayan recorrido una vez. De pronto, el burro levantó la cabeza y después de unos segundos se echó a galopar. Carlos y el abuelo le siguieron tan rápido como pudieron, por suerte no se había ido muy lejos, estaba en un pequeño arroyo, bebiendo. –Abuelo, si el agua no está buena se pondrá enfermo y todo por mi culpa, por haberlo soltado –se lamentó Carlos. El abuelo tomó aliento acariciando el pelo del niño. –Los burros nunca beberán de un agua que no esté buena, ya te dije que son muy inteligentes. Sí el burro bebe, tú también puedes beber. Al niño le pareció divertido beber junto al burro y sintió que así se convertirían en amigos de verdad. Además, decidió que de ahora en adelante se iba a comportar como un verdadero burro. Cuando Carlos llegó el lunes al colegio, Pedro ya estaba en la cola y nada más verle gritó: –¡Ahí viene el burro! Carlos le miró y le sonrió como si le hubiera dicho: ‘eres el mejor del mundo’, eso despistó un poco a Pedro y decidió dejarlo en paz por el momento. En clase de lengua cuando Carlos se levantó para leer su redacción se escucharon risitas en la clase, pero en vez de ponerse triste, agarró con fuerza la hoja de papel y puso la voz ronca que practicó con su abuelo. –El burro –leyó el título. –El burro escribe sobre el burro –se burló Pedro, el profesor le regañó y le puso un negativo. Carlos carraspeó y volvió a mirarle con una gran sonrisa. Su amigo, el burro, nunca se escapa, se defendía rebuznando, y él se defendería sonriendo. Pedro sin darse cuenta, metió la cabeza entre los hombros, la mirada fija de Carlos y su sonrisa le ponía nervioso.
–Mi abuelo dice que mucho antes de que yo naciera, los burros vivían libres en las montañas y que los hombres para cruzarla seguían el camino que hacían los burros, porque siempre era el más fácil. En el pueblo de mi abuelo, han marcado ese camino con el color verde y las familias con niños pequeños pasean por ahí sin peligro. En el pueblo, respetan mucho al burro, porque les ayuda en los trabajos del campo y son muy obedientes. Algunos dicen que tienen unas orejas grandes y feas –miró a Pedro–, pero esas orejas son mucho mejores que las nuestras, pueden escuchar desde muy lejos, mi burro encontró un arroyo en la montaña, porque escuchó el agua. Y ahora que tenemos que aprender las cuentas de multiplicar ¿quién no quería tener la inteligencia y la memoria del burro para aprenderlas con solo leerlas una vez? Mucha gente piensa que el burro es tonto, pero se equivocan, el burro es tan inteligente que no deja que le maltraten –Carlos volvió a mirar a Pedro y sonrió. Pedro no volvió a reírse de él. Carlos lo pilló algunas veces mirándole de lejos, pero no era una mirada que le dijera 'cuidado conmigo', sino más bien una mirada triste que le decía 'me gustaría ser tu amigo, pero no sé cómo'. Carlos sabía por su abuelo, que no todas las personas sabían pedir perdón y que no siempre era necesario perdonar con palabras, así que un día se acercó. –Mañana voy a visitar a mi abuelo y a mi burro, ¿quieres venir? Los ojos de Pedro sonrieron abriéndose de par en par y llenándose de brillo. –¡Sí! –exclamó. |
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