Ayer imaginé que tenía tres niños pequeños y decidí que era el momento de hacer cambios, porque el mundo estaba cambiando: ‘Miré a mis hijos y empecé a señalarlos con el dedo mientras contaba en voz alta: Miguel 1, Pedro 2, Carlos 3, Miguel 4, Pedro 5, Carlos 6,… y así continué hasta llegar al 100. Mis hijos me miraban incrédulos, sin entender porque su madre actuaba de esa manera. Seguí contando pero esta vez sin decir sus nombres, solo señalándolos con el dedo: 151, 152, 153, 154,… cuando llegué a 300 Miguel me dijo que tenía hambre, me lo repitió cinco o seis veces, yo le ignoré y seguí contando. Él se fue sólo a la cocina. Al rato Pedro tiró de mi vestido ‘mamá pipí’. Yo seguí contando: 501, 502, 503, 504,… Pedro se quedó a mi lado e insistió hasta que un charco mojó sus zapatos y empezó a llorar. A Carlos se le calló la chupa, en vez de volver a ponérsela, se contagió de la tristeza de su hermano y se puso a llorar sin atreverse a interrumpirme.
Yo seguí contando 833, 834, 835,… así continué hasta el 1000. Después volví a cambiar de actitud, me quité la máscara de apatía y falta de responsabilidad absoluta esperanzada de poder arreglar mi tremendo egoísmo. Cogí a Carlos en brazos y le di un montón de besos hasta que se calmó, le dejé en el suelo, él cogió la chupa y se fue corriendo a jugar. Después me dirigí a Pedro y le dije que era culpa mía por no ayudarle. Le duché y le cambié de ropa, limpiamos juntos el suelo y me di cuenta que con un poco de esfuerzo por parte de los dos podíamos hacer que además de sentirnos más felices, todo funcionara mejor. Después me fui a la cocina, Miguel ya no estaba allí, había derramado la leche y unos cuantos cereales en el suelo. Fui a su cuarto a buscarle, estaba sentado en la cama y apenas levantó la cabeza y su mirada fue de rabia: ‘te dije que tenía hambre y tu seguiste contando como si no fuéramos nada, solo números’. Me acerqué a él dolida y culpable por haberles hecho sentir tan mal. El pequeño no pudo aguantar las lágrimas mientras decía: ‘se me han caído los cereales’. Le abracé y le dije que se había portado como un niño mayor, que él nunca sería un número y que me sentía muy orgullosa de él, porque a pesar de que hubiera derramado unos cuantos cereales fue capaz de preparárselos y que estaba segura que la próxima vez lo haría mejor y yo estaría allí para ayudarle. Que reconocía que me había equivocado y que nunca más volvería a ignorarlos. Fuimos juntos a limpiar la cocina y su cara de impotencia y fracaso se convirtió en esperanza y orgullo, insistió en limpiar el suelo solo y hasta que le dije que estaba brillante, no paró en su empeño.’
El resto del día no pude apartar de mi a los tres niños imaginarios. Y ellos me acompañaron al día siguiente de camino al trabajo. Aparqué junto a decenas de coches, saqué la tarjeta de empleado y me quedé mirándola. Ya no se podía distinguir la foto ni el nombre, solamente pude ver con claridad el número que me identificaba dentro de la empresa. Entré e inconscientemente empecé a contar: Miguel 1, Pedro 2, Carlos 3, Miguel 4, Pedro 5, Carlos 6,… |