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Flores frescas | | Lydia Tapiero Eljarrat. 22.07.12 | |  Siempre soñaba lo mismo. Un vacío oscuro donde se insinuaban sombras aún más oscuras seguidas de un rumor ’matar, matar’. Mis noches se habían transformado en el cementerio de los sueños muertos. Las pesadillas empezaron a transtorname también de día. Ya no hacía planes. El cansancio, a pesar de todo, resultaba un alivio en el que el pensamiento era solo uno, dormir. Cuando dormía me despertaba sobresaltado con ganas de no volver a cerrar los ojos nuca más. La paradoja de un círculo oscuro, una mezcal de sueños y realidad que ya no podía distinguir. | | Recuerdo que un día, no sé como, llegué a la azotea de un edificio de 10 plantas. Hacía un calor sofocante y olía a podrido. Primero puse un pie en el filo del avismo, me asomé con curiosidad mórbida y puse el segundo pie. Empecé a valancearme hacia adelante y hacia atrás, tentado por el descanso eterno, tentado por no perderme el amanecer que empezaba a pintar el cielo de naranja. De repente sucedió algo que nunca pensé que podría pasar. Me desperté. Al principio confuso ya que no conocía otro sueño que no fuera la oscuridad absoluta. Me sorprendí a mí mismo, cuando entre el sudor y el temblique conseguí insinuar una sonrisa. Ese día fui a la tumba de Cristina y le puse flores frescas. |
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