 Superando los límites del dolor. Superando los límites del sinsentido. Todavía me preguntas si creo en el diablo. El diablo vive aquí, entre nosotros. Se esconde detrás del odio, arrastrando masas y quemando vidas. No hay cabida para él en mi mundo, no en el mundo de mis hijos. No importa el aspecto del odio, ni el origen, ni siquiera lo qué odie, ni a quién odie. Es la germinación del cáncer que se alimenta del dolor ajeno y crece con él. |
Es el vehículo del diablo en el que se pierde el sentido del ser humano. No, no lo quiero en mi casa. No, no lo quiero entre mis hijos. Con uñas y carne, si es preciso, defenderé la parte humana que nos hace ser diferentes. Y defenderé el derecho a la libertad, a la seguridad y a la justicia. Rechazaré todo brote de odio, sin diferenciar de que tipo. Y pediré justicia por la sangre derramada y pediré más justicia para prevenir que se derrame más sangre. Nadie tiene derecho a violar la democracia, ni siquiera con palabras. La obligación de los países democráticos es defendernos de los que la mancillan cada vez que se atenta contra la libertad e integridad de sus ciudadanos. Y no importa si se disfraza de una asociación, de una causa, de un ideal o de una persona. A veces el odio se cuela por la puerta trasera, con palabras que lo endulzan, o con la excusa de luchar contra un odio cambiándolo por otro. Repudio el atroz atentado cometido a unos ciudadanos, un estilo de vida, un país, y una democracia donde quiera que la haya. “Persiguió a los niños por el patio disparando a matar, ellos intentaban escapar a las balas corriendo cómo animales descarrilados hacia la puerta del colegio. Atrapó a Myriam de los pelos, le disparó en la cabeza y siguió disparando”
¿Y me preguntas si el diablo existe? |