—Te dije que llegaría el día en el que tú me devolverías el favor. —Sigo igual de enclenque —le dije mostrándole el brazo. —No hombre, no necesito un cebo. ¿Por quién me has tomado? Me sentí avergonzado y dispuesto ayudarle. —Verás, en realidad te estoy ofreciendo un negocio. No, no me des las gracias. ¿Para qué están los amigos? Le miré con desconfianza. —¿Te gustaría vivir en una casa cómo la mía? No me atreví a responder. —¿Te gustaría o no? Con sinceridad. —Si –respondí escuetamente por miedo a meter la pata. —Entonces todo resuelto. El próximo mes te vienes a vivir a mi casa. Hijos de puta los del banco. Lo llevan claro si piensan que pueden embargar la casa. ¿Tú podrías dejar a una mujer con su bebé de un año en la calle? –le dio un puñetazo a la mesa de la cocina haciéndola crujir —joder con la mierda de mesa. Alberto sacó un contrato de arriendo. —Seiscientos euros por ser un amigo —me dijo. Sabía que estaba cayendo en una emboscada, pero no alcanzaba a ver la trampa. Alberto me dio una colleja que casi me hizo besar la mesa. —Como en los viejos tiempos. Cuando tenía que recordarte quien te protegía. Sacó un bolígrafo y yo firmé sin leer el contrato.
Ya habían pasado seis meses desde que me mudé. El trabajo no me daba para salidas. No solo dupliqué los gastos de arriendo al mudarme, sino que el apartamento venía con premio. Me enteré el mismo día de la mudanza. —Y por solo seiscientos euros todavía te extrañas de que se queden mi mujer y mi hijo en la casa? ¿No pensarás de verdad que los voy a llevar a recoger naranjas a Valencia? —Alberto me dio una colleja y yo me callé. Al día siguiente se fue. El primer mes ya había comprendido que el contrato incluía alimentar dos bocas más. Comprarle las papilla al niño, las chupas que perdía por docenas y los pañales más caros del mercado. Alfonso me llamaba todas las semanas desde Valencia para contarme lo duro que trabajaba y que apenas le llegaba el dinero para cubrir los gastos de la comida y el alquiler. Un día me contó algo más: —La semana que viene me voy a Alemania. Me han ofrecido unos trabajillos. Cosa de un año nada más.
Después de colgar me sentí cabreado, atrapado. Hay un dicho que dice: ‘Dios aprieta pero no ahoga’. Lo comprobé una tarde cuando la solución apareció frente a mí en la empresa donde trabajaba. —Hombre Juan ¿Qué haces por aquí? —Me acaban de contratar. —Seguro que ya tienes un par de críos. —Estás frente al soltero eterno. Las mujeres son solo para un ratito. Estoy buscando apartamento. ¿Sabes de alguno? —Hoy es tu día. El mes que viene dejo el apartamento y me voy a Alemania.
"Lydia tapiero eljarrat" <lydia.tapel@gmail.com>
|