Polvo y sudor era lo único que podía oler en esas tierras del infierno. Afganistán. Hacía unos años me hubiese costado señalarla en el mapa y ahora estaba impregnado de ella. Empezó a oscurecer. El viento llegó de golpe formando remolinos de arena. Los soldados entraron en las tiendas de campaña. Yo me quedé fuera, solo. Quería sentir el castigo del desierto golpeando mi piel, y me quité la camisa, quería sentir algo. Me quedé inmóvil mirando cómo ondeaba la bandera de España, me quedé un buen rato hasta darme cuenta que la oscuridad la había tragado. Los silbidos de mis compañeros me hicieron reaccionar y me reuní con ellos. Miguel había conseguido dos botellas de vino. Nuestra compañía festejaba la vuelta a casa. Una patrulla más y Afganistán sería solo un recuerdo que borrar. La noche siguió avanzando y poco a poco el júbilo empezó a cambiarse por las respiraciones pesadas del cansancio. Cogí la foto de mi mujer y la apreté contra el pecho, ese día me permití recordar el olor de su piel, la suavidad de su vientre.
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Cerré los ojos y caí en un profundo sueño. Mi mujer había desaparecido y me encontré inmerso en un negro absoluto. Me inundó una sensación de claustrofobia infinita e intenté desesperadamente ver algo. Achiqué los ojos para forzarlos moviendo la cabeza de un lado a otro. Después de unos minutos que parecieron horas, empecé a vislumbrar a lo lejos un punto que avanzaba hacia mí rápidamente, transformándose en una extensión de tierra borrosa. La imagen fue haciéndose cada vez más nítida hasta dejar al descubierto un campo lleno de tumbas. Entonces vi a un hombre acercarse con los hombros y cabeza caídos. Paró frente a una lápida, se arrodilló y la abrazó llorando. Después susurró palabras que no entendí, besó la piedra y se secó los ojos. Al incorporarse se dio la vuelta alejándose del cementerio y acercándose a mí. Paró a unos centímetros de mi cara, su mirada penetró directo en la mía abrasándome por un odio que superaba en fuerza cualquier sentimiento conocido. Me desperté sobresaltado, empapado de sudor, nunca una pesadilla me había metido el miedo en el cuerpo. Tuve que lavarme la cara con agua fría para calmarme y me forcé a inyectarme optimismo pensando que era el último día. Al poco tiempo mis compañeros se despertaron, el ambiente festivo de la noche siguió durante la mañana. Desayunamos el mismo pan seco de todos los días, pero hoy nos supo a libertad. El sol ya empezaba a apretar cuando el jeep partió hacia el último recorrido.
El camino avanzaba dejando tras de si una nube de polvo, casas esporádicas se infiltraban en el paisaje escabroso. A pesar de su accidentado terreno los habitantes gozaban de una tranquilidad relativa. Empecé a vislumbrar la aldea a la que llamábamos, ‘el niño de las chuches’, siempre que pasábamos por ahí un chiquillo corría tras nosotros hasta que le lanzábamos un caramelo o un chicle. Hoy el niño apareció mucho antes, gritando unas palabras que no entendimos, me auto convencí que no significaba nada. Llegamos al pueblo como siempre, pero esta vez un hombre moreno y delgado salió de una casa corriendo hacia nosotros. Miguel fue el primero en reaccionar. ‘¡Emboscada!’ Gritó. Saltamos del jeep al mismo tiempo, la explosión nos alejó del impacto unos metros cayendo encima de la tierra ardiente. Al mover la cabeza hacia el otro lado, vi como un charco de sangre bañaba un brazo mutilado. Rezaba porque no fuera Miguel. Desperté a mi instinto de supervivencia y me arrastré hasta cubrirme tras una casa. Comprobé el estado del fusil, mientras la explosión sonaba en mi cabeza como un eco. Me levanté y al doblé la esquina un rifle me apuntó el pecho, él me miró a los ojos. Disparamos al mismo tiempo, caímos al suelo y nuestras miradas volvieron a encontrase. El odio se había vaciado de los ojos del Afganistán, cuando Miguel apareció rematándole. Miguel me ayudó a incorporarme, y empezamos a alejarnos. Miré atrás un instante y me di cuenta que era incapaz de reconocer mi propia sangre. Comprendí que una parte de mí permanecería muerto junto a aquel cadáver. Sabía que las pesadillas ya no se borrarían y visitaría en sueños la tumba del Afganistán. Lydia Tapiero. |