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Educación general y particular
Jose Maria Barrionuevo Gil. 02.10.21 
Hace más de treinta años, estábamos todos pendientes de qué podríamos hacer con el Libro Blanco de la Educación de nuestro país. Había una inquietud y hasta una esperanza de que no nos quedáramos en blanco con el tema de la Educación. ¿Qué podía aportar cada uno desde su rincón? Había inquietudes y también inquietantes sueños de que la educación no se nos constituyera como un conglomerado de reinos de Taifas, sin más sustancia que la que se podría obtener de los tiras y aflojas que siempre han imperado en nuestra tierra. Era difícil hablar, colaborar y consensuar en aquellos entonces. Las escuelas públicas seguían siendo tan nacionales como antes. ¿Qué hacer?
Si se quería mejorar la Educación, se habló de la Formación inicial del profesorado de la Educación Primaria, se acarició y se propuso la idea de que los estudios de Magisterio fueran de cinco años universitarios. Es más, se dijo que las Escuelas Universitarias privadas no perderían nada, pero que los dos últimos años, o el Segundo Ciclo, se hicieran en las Universidades Públicas. Sueño que resultó imposible, ya que hay políticos, como podemos ver, en este ya adolescente siglo XXI, que con poco se desvelan y no pueden soportar un par de guisantes debajo del colchón. Les ponía nerviosos también el que se desplegara en  el suelo patrio El Cuerpo Único de Enseñantes. Había que contemporizar para no desmerecer en votos, que después por otras artes y partes se perdieron.
Además de que aquella nueva ley (LOGSE) no fue entendida en todos sus extremos ni medios por una parte de los docentes, fue objeto de infinidad de flechazos que la asaeteaban sobre todo de parte de una tradición demasiado interesada y arraigada en el solar patrio. Las enmiendas y remiendos que se le hicieron después no aguantaban ni siquiera los principios y los supuestos liberales de la Ley, sino que, además, eran un remedo, que no remedio, lleno de incongruencias y contradicciones. Todo se despachaba desde un Ministerio que tenía un largo recorrido de atavismo educativo, que solo contentaba al respetable, pero irrespetuoso, público de la tradición española que ha lastrado, siempre que ha podido, el carro de la modernidad con sus eternos prejuicios de una especial excelencia. También al dictador general le llamaban excelencia.
Después de mucho querer arrimar las ascuas a las sardinas de cada cual, olvidando que el cometido de la educación es ofrecer a todos una educación general y básica de calidad, además de un saber fundamental,  para las relaciones y participación democrática en aras de un bien común, pero de una comprensión y entendimiento general y universal de lo que supone vivir en democracia en el día a día, se siguió   marchando por vías de particularidad. Todavía cuelgan los flecos de la educación pública, la concertada y la privada en los  niveles obligatorios, con el inviolable “carácter propio” de cada centro, porque educar en democracia y para la democracia, incluso hoy día, a algunos les resulta ser un adoctrinamiento puro y duro para muchos españolitos de nuestro solar patrio tan tradicionalista,  porque se consideran herederos de los insignes principios y objetivos de una única estirpe casi mundial.
Para acabarlo de arreglar, en España, pronto nos suscribimos y nos sometimos al plan tan descaradamente liberal, que no libre, del Plan Bolonia. Aquí ya el supermercado de la Educación nos mostró su rostro peculiar, abaratando los compromisos públicos y encareciendo los servicios educativos superiores y acariciando los beneficios privados de los dispensadores de las ciencias universitarias que ampliaban sus ramas para poder sostener a más de un pájaro.
Puede ser que no se pretendiera que las oportunidades para todos se encontraran con el cuello de botella de los estipendios universitarios que tendrían que satisfacer aquellos que quisieran pretender sacar un máster. Y todo sin hablar de algún que otro máster con configuración de fantasma.
Ya el profesor Aranguren nos aclaraba, hace la friolera de unos cuarenta años, cómo siempre  se iban añadiendo las dificultades para conseguir élites más seleccionadas. Hubo tiempos en que ser Bachiller era uno de los grandes retos y honores académicos. Luego que se democratizaba el acceso a este nivel, se pasaron los méritos a la titulación de Licenciado. Más tarde la Licenciatura se tenía que corroborar con la Tesina. Y siempre la titulación de Doctor, quiera que no, quedó para los menos, porque para los demás ya había descansillos en las escaleras de la sabiduría. Podemos ver, como siempre, que, en Educación, seguimos con poco en lo general y mucho en lo particular.
josemª 
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