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Tu diario. Libertad de expresion

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Radicales
Jose Maria Barrionuevo Gil. 05.06.20 
Ni una radial nos habría cortado tan de raíz los humos de los que hacíamos gala. Nos habíamos convertido no en reyes de la Naturaleza, sino en unos eternos dioses sin principios ni fines, pero excesivamente omnipotentes. Nos paseábamos por el mundo con el poderío de nuestros automóviles, cruzábamos los cielos con el desapego y orgullo de nuestros aviones,  surcábamos los mares con la majestad de nuestros cruceros. No se nos podía pedir más, porque incluso habíamos puesto nuestros pies en la Luna. Sin embargo, no nos dimos cuenta de que no teníamos raíces, a pesar de que nos teníamos que volver a toda prisa, porque nos faltaba hasta el aire.
Ahora, cuando los caminos han sido borrados por los matajos, las calles se han quedado inútiles y desiertas, los cielos han recuperado las beneficiosas nubes, los mares han descansado de tanto trajín humano y todos los animales están disfrutando libremente de toda nuestra beneficiosa ausencia, podemos ver que no teníamos que ir tan lejos. Ahora, que hemos sido obligados a ver con más claridad, porque los cielos están más limpios que nunca, se nos han acortado los horizontes y se nos han convertido, irónicamente, en un ir y venir por casa. Ahora, precisamente, nos hemos dado cuenta de que no teníamos raíces y éramos unos virus demasiado libres como para poder infectarlo todo,  infestando hasta el colmo, a la vista está, de un mal invisible toda la Tierra.
Ahora, hemos sido obligados a volver a nuestras raíces,  hemos vuelto a ser radicales, pero no tan libres como siempre habíamos llegado a creernos. Hemos vuelto a descubrir los beneficios de la cercanía, esa proximidad que nos había sido tan vital siempre y que habíamos dilapidado tan inconscientemente. Nos hemos dado cuenta de que tanta información, incluida la sobreinformación publicitaria, no nos había hecho ni más cultos ni más éticos. Nos habíamos desacostumbrado, de malas maneras, de nuestros hábitos tan naturales y nos habíamos dejado llevar de una erudición de oropel y de titulitis aguda, que no nos abrigaba ni nos protegía, ni siquiera de nosotros mismos. Eso sí, la conciencia de lo que verdaderamente somos nos la estábamos desarraigando poco a poco.
Ahora, para volver a tomar aire, estamos saliendo a los balcones y las ventanas, porque la televisión, que nos hace ver las cosas de lejos, no nos sirve, ya que no nos ayuda a verlas venir y, encima, nos somete a unos machacones martirios de los escándalos de unos contra otros que también propagan la ceguera y, con ese malestar, nos saca de nuestras casillas, que creíamos tan domésticas.
Ahora, cuando nos acercamos a los demás, ocultamos nuestros rostros y somos incapaces de reconocernos, aunque hayamos podido ser amigos de toda la vida. Cuando nos cruzamos con los demás, si nos reconocemos es por la hechura de nuestras espaldas o por nuestros andares. La barbacana de nuestras mascarillas nos distancia sobremanera de los demás y nuestros ojos, si nos sirven, es solo para otear; nadie sabe si sonreímos o vamos “tristemente serios a lo don Guido”.
El parto de  los montes nos ha hecho nuevamente incluso más pequeños todavía que ratones, y nos ha acercado a nuestra verdadera estatura. Nos habíamos autoengañado con nuestro excelente y distinguido porte, con nuestro engreimiento que nos había hecho crecer solo en desapego. Las raíces de nuestra existencia se nos habían antojado como una rémora, que nos impedía asaltar los cielos, cuando nuestro cielo estaba, de siempre, mucho más a mano y casi a ras de tierra.
Sin embargo, se nos ha vuelto de espaldas el santo y, por lo menos, desde aquel grito de guerra: “no te lo perdonaré nunca” se nos alzaron del revés, como a extraños árboles, todas las radicalidades, que en más de una logia habían vuelto a irse alimentando, porque nos habíamos convertido en extraños agricultores  de nuevo y antiguo cuño, que nos  teníamos que aprovechar de este extraño nuevo tiempo, porque sin enfrentamientos deportivos tampoco nos desahogábamos a gusto.
No todas las raíces son iguales ni han germinado de las mismas semillas. Las semillas del odio y del miedo muchas veces son tan pesadas, que no se las pueden llevar las beneficiosas brisas, que nos visitan con nuevos aires; las semillas del odio y del miedo resultan tan amargas que no todas las aves (porque a algunas ya las conocemos) gustan de llevar a sus propios hijuelos.
Radicales. Sí. Con unas buenas y beneficiosas semillas y con una antigua y prolífica sementera.
josemª
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