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Los libros
Jose Maria Barrionuevo Gil. 01.05.17 
Que ya estamos en el siglo XXI de casi todos es sabido; sin embargo,cuando se barajan años y no siglos, caemos en la cuenta de que lo nuestro es la calderilla, el pequeño tiempo con el que nos administramos. Hablando de años, ya hace la friolera de treinta y cinco años, pues fue en el 1982,    cuando Sánchez Dragó  encargó una letra a Jesús Munárriz para su programa de televisión. Luego Aute se encargó de ponerle música y a volar por las ondas con las andanzas patrias, como don Quijote. Lo que más nos llevamos a los oídos, en aquellas fechas, fue el estribillo que nos avisaba una y otra vez de que “Todo está en los libros”, repitiéndonos, por si nos distraíamos, que “Todo, todo, todo está en los libros”.
La semana pasada un amigo nuestro presentó el libro “El viento sopla del Norte” de Victoria Suéver sobre la colonización de Portugal en África y sobre la libertad, tanto para Portugal como para las colonias, conseguidas casi al mismo tiempo. Entre otras cosas nos dijo que se ha entendido mal lo que Darwin nos dejó escrito sobre el evolucionismo, ya que no se debe hacer caso de la interpretación de sus palabras como si él hubiera defendido la ley del más fuerte. Ya es de dominio público que se debe entender el evolucionismo como la ley del más apto y avanzando por el neoevolucionismo con el principio de adaptabilidad. 
Así podemos pasar nuestra mirada por “El hombre y la Tierra”, obra del gran geógrafo francés Eliseo  Reclús, fallecido en 1905, que nos muestra la concordancia  de los hombres y de la tierra, y que nos explica su armonía con la evolución del planeta, y que se adelanta más de cincuenta años a todos los movimientos ecologistas. Su planteamiento, al igual que el de Kropotkin (+ 1921) en su obra “El apoyo mutuo”, es una síntesis de posturas positivistas y evolucionistas. El más apto es el ser vivo que se asocia, que colabora, que coopera, que es solidario y no el más fuerte. Decimos esto, porque la novela de Victoria Suéver es histórica, pero muy geográfica y es esta última dimensión la que nos hace ver de otra manera. La geografía nos educa la mirada. Además, podemos decir que la geografía está en manos de las mujeres (incluso en esta novela aparece una etnia matriarcal). Pero hoy sabemos que la historia ha sido escrita por el patriarcado. Desde la prehistoria nos reclama nuestra atención la llamada “Venus de Willendorf”, divinidad de la fertilidad. Desde los países precolombinos se nos habla de la “Madre Tierra”. La novela que presentamos es geográfica hasta en el mismo título: “El viento sopla del Norte”, que, aparte de su valor metafórico, además está escrita por las manos y la cabeza de una mujer. Podemos ver, también aquí, como afirmaba Reclús, que  “el medio influye en el ser humano y el ser humano influye en el medio a lo largo del tiempo”. Está claro que con la misma geografía los seres humanos podríamos haber hecho otra historia y, también, cambiar, hoy y a tiempo el determinismo histórico que nos ha traído y nos sigue trayendo no pocos males.
    A los libros les pasa algo muy particular y es que han salido de las manos del ser humano, de un ser humano que se asocia, que colabora, que coopera y, que siendo consciente de su propia debilidad, ha construido un mundo lleno de materiales geográficos, psicológicos, y hasta históricos para nuestro conocimiento y nuestra más correcta evolución. Los libros nos facilitan la vida, nos dan muestras de otras geografías humanas, para que podamos saber poner acertadamente  los pies sobre la tierra que nos sostiene.
    En estos días, se habla mucho  de libros y las plazas se llenan de tenderetes con montones de libros. Los libros se encuentran apilados, se mantienen unos cercanos a otros, pero no se molestan entre sí ni se sienten molestos. Los libros son tan respetuosos unos con otros que no se insultan, no se desprecian, no se tienen ojeriza. Los libros se dejan ojear y hojear y no se molestan por ello.
    Los libros van a su aire, pero sabemos que “el viento no sabe leer”. Ya lo vimos en la película “Fahrenheit 451”, de François Truffaut, cuando, en la escena de la quema de libros, el viento pasaba las hojas alocadamente, sin saberse detener.
    “En Egipto, a las bibliotecas se las denominaba 'tesoro de los remedios del alma'. En efecto, curábase en ellas la ignorancia, la más peligrosa de las enfermedades y origen de todas las demás” nos decía el obispo francés Bossuet. Sabemos que los libros están abiertos a los siglos.
    “Todo está en los libros”. No podemos permitirnos que nuestras miradas sigan errantes.
josemª                                                                                                                                           
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