
Este fin de semana se cumplen 1.000 días desde que empezó el genocidio en Gaza. Mil días de bombardeos, hambre, desplazamientos forzados, miedo, hospitales desbordados y familias intentando sobrevivir cuando deberían poder vivir con seguridad, dignidad y futuro.
En estos meses, el mundo no deja de encadenar emergencias: terremotos en Venezuela, un brote de ébola en República Democrática del Congo, crisis climáticas, guerras, hambre, desplazamientos. La atención pública salta de un desastre a otro como si el dolor humano fuera una sucesión de titulares.
Gaza no puede convertirse en una noticia del pasado.
No después de 1.000 días.
No mientras se siga negando a la población palestina lo más básico.
No mientras la ayuda humanitaria continúe bloqueada, limitada o utilizada como herramienta de presión.
No mientras la vida de dos millones de personas dependa de decisiones políticas que se toman demasiado lejos de quienes pagan sus consecuencias.