
He trabajado en hospitales arrasados por las bombas y el hambre. He visto lo que nadie debería presenciar, ni vivir en carne propia. Siento todo ese sufrimiento con una intensidad visceral.
Recién nacidos esqueléticos, niños y niñas mutilados. Madres desnutridas e incapaces de dar pecho a sus hijos. Enfermeros, doctoras y cirujanos desfalleciendo de hambre.
Los médicos hacemos un juramento por el que nos comprometemos a velar por el bienestar de nuestros pacientes. Y eso va más allá de los tratamientos o los cuidados más inmediatos.
Por eso me uní a Avaaz y fui a reunirme cara a cara con los gobiernos para contarles lo que he visto. Para exponerles la realidad del genocidio y el precio de su inacción.
Los políticos lloraron. Vi cómo se derrumbaban, oí cómo admitían que no sabían que la situación era tan grave y noté cómo cambió el ambiente cuando se dieron cuenta de que esos niños hambrientos, que mueren solos bajo las bombas, podían haber sido los suyos.
Por fin, algunos gobiernos están anunciando sanciones y suspendiendo el suministro de armas. Pero no es suficiente. Ahora tenemos que convertir ese goteo de esperanza en una marea global. Por eso me permito solicitar tu ayuda.