
Es difícil aceptar que todo esto pueda estar pasando frente a nuestros ojos y que nadie haga nada de verdad para evitarlo.
Pero... ¿sabes una cosa? Aunque a veces puedas pensar que, desde la pequeña parcela de realidad de cada persona, no se puede hacer mucho... sí que se puede. MUCHÍSIMO.
Personas como nuestra compañera Sulafa, que atiende a decenas de pacientes cada día en una clínica de salud colapsada. Como Mahmoud, de quien estamos tan orgullosas, que reparte agua y ayuda entre los escombros. Como Ahmed, un haz de luz en UNRWA, que da clase a niños y niñas en medio del trauma y la destrucción. Como Ibtissam, fisioterapeuta de UNRWA, que cuida de los cuerpos heridos.
Nuestros compañeros y compañeras en Gaza saben que no están solos. Nos lo dicen. Están tristes, agotados, tienen miedo. Pero lo saben: que aquí hay manos que los acompañan, voces que los defienden, corazones que no los olvidan.