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Tu diario. Libertad de expresion

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¿Es usted competitivo?
Eduardo Saez Maldonado. 10.07.24 
--- La competitividad, palabra "sagrada" para las empresas, es también un "arma tremenda de doble filo" y, en ocasiones, "la madre de la insostenibilidad", porque "lo más sostenible es colaborar, coordinarse y planificar juntos", argumenta en conversación con EFE el científico del CSIC Fernando Valladares, que advierte que lo contrario puede llevar a "un mal uso de los recursos y a la duplicidad de medios". --- (1)
Hay algunas expresiones que nuestra sociedad considera indiscutibles; algo así como paradigmas incuestionables que nadie osa poner en duda. Son expresiones como "crecimiento económico (o demográfico)", "desarrollo sostenible", "competitividad"...  La interesante (y singular por lo extraordinaria) advertencia de Fernando Valladares arriba mencionada, nos lleva a reflexionar hoy, con cierto espíritu crítico, sobre una de dichas expresiones: la sagrada "competitividad". Veamos
Nuestra sociedad neoliberal capitalista se basa en una premisa esencial: el crecimiento perpetuo absoluto (población, consumo, economía) sin reparar en la posibilidad de que los recursos en que basamos nuestro crecimiento sean limitados. Esto ha venido siendo admitido a modo de axioma en nuestra sociedad porque nuestra población planetaria y nuestras economías no han sido nunca tan grandes como para llegar a acercarse al límite absoluto de ninguno de los recursos esenciales. De hecho, las teorías económicas liberales (hegemónicas por lo demás)  contemplan sencillamente que un incremento de la demanda genera automáticamente un incremento en la oferta, y si algún recurso se acaba, aparecerá otro que lo sustituya. Hala. De hecho esto ha venido siendo así, a efectos prácticos, desde los albores de la humanidad hasta que hemos empezado a acercarnos (en estas últimas décadas) a los límites absolutos a nivel planetario como ya nos advirtieron desde una de las más prestigiosas universidades del mundo (Instituto Tecnológico de Massachusetts, MIT) hace ahora 50 años en un genial y premonitorio informe titulado "Los límites del crecimiento" (2) que fue absolutamente ignorado por el neoliberalismo que, ya por entonces, comenzaba a imponerse (en el doble sentido de la palabra) con el derrocamiento de Allende, primero, y con el auge de Reagan y Thatcher después (3).
Hasta hoy.
Y para desenvolvernos en esta sociedad de crecimiento perpetuo que fundamenta en los intereses particulares sus únicos criterios normativos, estamos obligados a mantener una competición permanente con el resto del mundo (competencia) para poder avanzar en nuestro devenir vital. Y aunque nuestro hipócrita sistema se regodea en inculcar en las escuelas valores como la solidaridad y el respeto al prójimo, esto queda absolutamente descartado y superado a efectos prácticos por la realidad.
Veamos un ejemplo.
En una reunión de trabajo que tuve hace años en una empresa multinacional de la que fui asalariado durante mucho tiempo, nos presentaban unos novedosos productos con los que, al parecer, íbamos a "destrozar" a la competencia, y nos lo ilustraron con una imagen muy similar a la fotografía que acompaña a esta reflexión. Obviamente se trataba de un símil con el que se pretendía hacer ver que la superioridad técnica que el nuevo producto nos proporcionaba en el mercado nos permitiría ubicarnos en una posición de liderazgo con respecto a las demás empresas competidoras. Pero las palabras que se utilizaban eran "destrozar" a la competencia y la imagen ilustrativa era la que se adjunta: un boxeador noqueando a su contrincante, en una clara alusión a lo que la empresa esperaba de nosotros.
Y es que crecemos rodeados, por un lado, de mensajes encantadores (inherentes, por cierto, a nuestra esencia cultural judeocristiana) de solidaridad, amor al prójimo, ayuda al que lo necesita etcétera. Sobre todo mientras somos niños con películas de Disney y eso. Pero luego empiezan a decirnos eso de que "no se puede ser tan bueno" o "de bueno eres tonto", y empezamos a oir cosas como que "puedes conseguir lo que te propongas" o "los únicos límites son los de tu imaginación", e incluso "el segundo es el primero de los perdedores" (apoteósica expresión del espíritu, no ya competitivo, sino hasta excluyente, que tenemos todos inculcado), todo ello integrado en preciosas películas de superación y éxito en el que el protagonista acaba triunfando gracias a su tesón y esfuerzo. Lo que pasa es que en la vida, no siempre se gana. De hecho, se pierde con frecuencia. Para empezar, porque Rafa Nadal sólo hay uno, y los demás, por mucho tesón y empeño que pongamos, nos vamos quedando por el camino y debemos aceptar con normalidad nuestra "mediocridad" (en el sentido estadístico del término); pero es que, por otro lado, lo que verdaderamente importa son los resultados ("el fin justifica los medios") y esta premisa, omnipresente en nuestra sociedad, es desoladora.
Veamos otro ejemplo.
En los partidos de fútbol ocurre con frecuencia que un jugador se encuentra con un balón en una posición ventajosa, y entonces corre hacia la portería, solo, con grandes posibilidades de marcar gol. Es frecuente, en esos casos, que un defensor lo derribe por atrás de forma violenta (como hizo Carvajal el otro día, sin ir más lejos, con el delantero alemán en la eliminatoria de la Eurocopa). "Tuvo que hacer la falta", nos aclara entonces el comentarista. Y tuvo que hacerla porque es mucho menos lesivo para los intereses del equipo que le señalen falta lejos de la portería (incluso que le expulsen a un jugador) antes de recibir un gol que, como ocurre con frecuencia en fútbol, decida el partido. El fin justifica los medios y todo el mundo entiende que el defensor hacía lo que tenía que hacer. Sin embargo (y más allá de consideraciones sobre la posibilidad de que el atacante resulte lesionado) se comete una evidente injusticia porque esa acción ilegal puede suponerle al equipo que hubiera marcado gol no ganar el partido. Pero si un defensor, respetuoso con las normas del fútbol y con la integridad física del contrario (no es el caso de Carvajal, desde luego) decide no hacer falta, será duramente criticado. Aquí ya la solidaridad, el respeto al prójimo, la colaboración con los demás, importan bien poco frente al objetivo final de ganar el partido.
Y como todos sabemos, esta actitud es perfectamente extrapolable a todos los aspectos de la vida.
Veamos un tercer ejemplo más "práctico".
Todos sabemos por qué las empresas que generan residuos contaminantes los tratan antes de desecharlos o los desechan en alguna ubicación específica para que sean tratados. ¿Lo hacen para no contaminar el entorno, por respeto al medio ambiente, por responsabilidad corporativa, por contribuir al bien común?  Bueno, alguna habrá que lo haga por eso, pero si no hubiera una vigilancia oficial y unas sanciones lo suficientemente duras como para que no valga la pena hacerlo, la mayoría tiraría los desechos directamente al río. Porque hacer los preceptivos tratamientos supone un gasto que, de ahorrarlo, supondría hacer a la empresa más competitiva, que es de lo que se trata.
Y nosotros, ¿Pagamos nuestros impuestos encantados de contribuir a la financiación de los servicios públicos (hospitales, escuelas, carreteras, bomberos, policía...)? Hombre, alguno habrá que los pague encantado, pero hartos estamos de ver gente millonaria siendo condenada penalmente por fraude insolidario a la hacienda pública (Pantoja, Messi, Ronaldo, Imanol Arias...). Y encima, sin ningún reproche social (aún recuerdo cuando le gritaban ¡¡ guapa !? a La Pantoja cuando entraba en la cárcel).
Y es que si alguien en su trabajo no tiene escrúpulos y es capaz de avanzar a codazos o pisoteando a los compañeros (y, de paso, defraudando a Hacienda mientras usa los servicios públicos) es muy probable que llegue más alto en la empresa (en la sociedad) que el que se preocupa de ayudar a los que llegan nuevos, cubrir a los compañeros que lo requieren, echar una mano al que lo necesita y pagar los impuestos que le corresponden en beneficio del bien común. Es por esto por lo que yo tiendo a desconfiar de los altos cargos en general ya que ser una buena persona suele ser inversamente proporcional a la probabilidad de triunfar en esta sociedad. En general, digo...
Y todo esto tiene que ver con una supuesta competitividad (al parecer, sana y aceptada por todos) inherente a nuestro sistema capitalista y que, según se dice, reproduce el comportamiento habitual en la naturaleza donde la competición por la vida marca las normas en el sentido de que no hay normas. El neoliberalismo sería, pues, una evolución esperable, a nivel social, de la conocida "ley de la selva".
Sin embargo, hay dos objeciones a hacer a esta conclusión. Una de esas objeciones tiene carácter técnico y, la otra, carácter moral:
1.- Objeción técnica: desde que Lynn Margulis formuló su teoría endosimbiótica para postular el origen de los organismos eucariotas en base a una cooperación de organismos procariotas (4) se ha desarrollado toda una teoría que defiende que, más allá de la competencia feroz que se da en la naturaleza de forma evidente, existen una serie de grandes (y decisivos) pasos evolutivos que, lejos de estar explicados por la competencia, se explican mucho mejor a través de sistemas cooperativos llegando incluso a Gaia como modelo de superorganismo simbiótico (5).
2.- Objeción moral: más allá de que nos resulte ilusionante descubrir corrientes simbióticas profundas en el funcionamiento evolutivo de la vida en la Tierra, la evolución social, por su parte, ha ido dejando atrás progresivamente injusticias (esclavitud, explotación, derechos de minorías, derechos de los animales) legislando al respecto para avanzar en una sociedad cada vez más justa y solidaria. No debemos, pues, dejar que la supuesta libertad que subyace a los postulados neoliberales (¿"viva la libertad, carajo"?) y que no es más que la obstinación egoísta en el mantenimiento de los privilegios históricos de los privilegiados, nos impida seguir avanzando en el desarrollo de consensos que permitan una igualdad real de oportunidades y derechos para todos los miembros de nuestra especie.
Y, ya que estamos, podríamos también pensar en respetar (¿por qué no?) al resto de especies con las que compartimos este planeta.
Por lo demás, el único que tenemos.
Gaia.

Eduardo Sáez Maldonado

(1)    https://www.infobae.com/espana/agencias/2024/06/21/los-cientificos-advierten-la-competitividad-es-a-veces-la-madre-de-la-insostenibilidad/?fbclid=IwZXh0bgNhZW0CMTEAAR3tItkMMg1LU9V4uQyKP1h9x6nYsmOWt9f3zbpKMztCqW2hzb_MG4UqQRg_aem_ZmFrZWR1bW15MTZieXRlcw
(2)    https://es.wikipedia.org/wiki/Los_l%C3%ADmites_del_crecimiento
(3)    https://www.tiempoar.com.ar/mundo/chile-las-verdaderas-batallas-neoliberales/
(4)    https://www.nationalgeographic.com.es/ciencia/lynn-margulis-biologa-que-reinterpreto-evolucion_19600
(5)    https://www.nationalgeographic.com.es/ciencia/lynn-margulis-biologa-que-reinterpreto-evolucion_19600
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