
Leíamos el otro día en la prensa que la sonda espacial "Voyager I" se muere (1). Una noticia triste, pero cargada de emoción. La misma emoción que sentí cuando, en el verano del 83, con 18 años recién cumplidos, leí el fascinante libro "Cosmos" del genial y añorado Carl Sagan; cuando, con 18 años, descubrí que, unos años antes (en 1977) había sido lanzada al espacio una sonda con el objetivo de proveernos de apasionante información acerca de nuestro sistema solar y, sobre todo (y esto es, al menos para mí, lo verdaderamente romántico e interesante), destinada a vagar eternamente en el espacio interestelar, una vez concluida su misión (una vez "muerta"), portando información sobre nosotros, sobre nuestra civilización, sobre nuestra sociedad, sobre nuestro planeta... pensando en la vaga probabilidad de que alguna civilización extraterrestre suficientemente desarrollada tecnológicamente, pudiera eventualmente interceptar la nave y, quién sabe, ser capaces de decodificar los mensajes que quisimos transmitirles; mensajes como saludos en cientos de lenguas, composiciones musicales, imágenes y sonidos de la tierra, de la vida (2)... Sólo de pensar que esto no eran películas de marcianos, ni sueños imposibles de un adolescente soñador, sino decisiones tomadas por científicos relevantes de la NASA (¡¡la NASA!!) que gastaban ingentes cantidades de dinero en explorar la remota posibilidad de que hubiera vida extraterrestre con la que pudiéramos establecer contacto, me impresionó profundamente y me marcó para siempre. Aún hoy me emociona recordar este revolucionario proyecto.