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Es la ecología, estúpido
Eduardo Saez Maldonado. 29.04.20 
La frase que da título a este escrito es una adaptación libre de la original ("es la economía, estúpido") atribuida a Bill Clinton en su campaña electoral contra Bush, y que hacía referencia a que, en realidad, lo importante de cara al electorado es el asunto económico y cómo le afectan a la gente las decisiones que un gobierno pueda tomar en este campo. Ciertamente, la gestión de la economía es crucial, hasta el punto de que Pedro Sánchez, cuando estaba aún negociando cómo formar gobierno, cerró filas en torno a Nadia Calviño (economista liberal de libro) afirmando que sería su Vicepresidenta Económica mandando así un mensaje a los cuatro vientos para dejar claro que la gestión económica no se apartaría de la ortodoxia por mucho que UP se empeñara. Sin embargo, la economía no es una ciencia pura, sino que resulta de la aplicación de otras ciencias (las matemáticas fundamentalmente) al funcionamiento del comercio en las sociedades humanas. Y a veces se dejan fuera evidencias de otros campos de la ciencia como la física y la biología que tienen mucho que decir. Veamos.
Parece haber una "guerra" entre los que defienden medidas estrictas de contención de la epidemia vírica y los que optan por no bloquear la economía. Esta confrontación es particularmente beligerante a nivel de los grandes empresarios que ven sus beneficios por los suelos ya que las medidas de protección social que se están poniendo en marcha protegen a los trabajadores en general y a las PYMES y autónomos cuyo objetivo es producir ingresos suficientes para pagar a los trabajadores y vivir dignamente pero no generar dividendos para los socios capitalistas que son las que más presionan para volver a la actividad "normal" ya que han visto reducidos drásticamente sus beneficios.
Pero nos encontramos en una situación imprevisible desde un punto de vista económico. Una epidemia biológica de alcance global que altera la libre circulación de personas y mercancías impidiendo que el sistema capitalista funcione como tal. Nos vemos pues obligados a interrumpir las normas del juego capitalista, prohibir la actividad de ciertos sectores, tratar de cubrir con subvenciones (incrementando la deuda) los boquetes económicos más acuciantes y hasta intervenir los precios en un mercado que, haciendo honor a su sagrada regla de la oferta y la demanda, había empezado a disparar los precios de las mascarillas, por ejemplo. Y las críticas que se hacen al Gobierno que toma estas decisiones tienen que ver con la eventual demora, inoperancia, improvisación etcétera, pero no, por cierto, con la naturaleza claramente intervencionista de las medidas contrarias, por otra parte, a cualquier manual de economía liberal. Y es que, sencillamente, un agente biológico no contemplado por las Ciencias Económicas y que nuestra sobrepoblación, sobreexplotación de recursos, de suelo y exterminio de zonas naturales ha contribuido a generar, nos recuerda nuestra naturaleza biológica, nuestra vulnerabilidad y nuestra pertenencia a un ecosistema, y nos obliga a tomar decisiones del manual básico de la izquierda política intervencionista lo que no deja de ser interesante para una reflexión pausada (ya otro día). Y quizás no era éste modestísimo virus el agente biológico más esperado; las cepas de bacterias resistentes a todo tipo de antibióticos están ya matando miles de personas al año y cualquier día aparecerá una cepa muy virulenta que no seamos capaces de controlar. Es la biología imponiendo normas a la economía.
Y aquí es donde entra la Ecología como ciencia (no confundir con el movimiento social ecologista) que estudia cómo fluye la energía a través de los sistemas que conforman el Planeta Tierra, desde que el sol proporciona la energía para que, haciendo uso de los elementos del suelo, el aire y el agua, se formen seres vivos (fotosíntesis) hasta que, tras múltiples y fascinantes pasos se acabe disipando definitivamente. Y en este gran viaje a través de la vida, la energía toma miles de formas y es utilizada por los seres vivos de las más diversas maneras. La singular especie "Homo sapiens" aprendió a utilizar energía externa en su beneficio hace decenas de miles de años con el fuego, que revolucionó hace unos 10.000 años con la invención del sedentarismo, agricultura y ganadería, y de nuevo hace unos 200 años con los combustibles fósiles. Y empezamos a crecer, demográficamente, espacialmente, económicamente... hasta llegar a un punto en el que ya no es la Biología sino la Geología la que empieza a limitarnos al estar muy cercanos a los límites de aprovechamiento de los combustibles fósiles y de muchos otros minerales y materiales geológicos en general. Pero también la Física, la madre de todas las ciencias, nos explica los evidentes límites termodinámicos de la generación de energía exponencialmente creciente para cubrir la insaciable demanda hasta el colapso final y que la economía tampoco contempla.
Estas evidencias tan inquietantes hay dos formas de afrontarlas desde un punto de vista filosófico: por un lado está el optimista tecnológico, que está convencido de que la tecnología solucionará todos los problemas (Noah Harari, por ejemplo), y por otro el pesimista científico, que no ve salida desde la ciencia sin una (por lo demás improbable) revolución social que nos haga más modestos (Antonio Turiel). Ya me gustaría equivocarme pero estoy más en este segundo enfoque (como el lector habrá ya deducido) aunque mi pesimismo tiene una gran componente antropológica (ya otro día).
Todos estos fenómenos globalmente considerados dentro de los límites planetarios son los que estudia la Ecología: Gaia como gran ecosistema global. Y la Ciencia Económica, que ha campado por sus respetos estos 200 años de revolución industrial y capitalismo salvaje con unas leyes que creía universales, se encuentra con que el planeta tiene unos límites biológicos, geológicos y físicos que nunca había contemplado porque siempre habían estado suficientemente lejanos pero que, ahora que se nos vienen encima, le impiden seguir aplicando las mismas recetas de siempre. Y los gobiernos, presionados por las élites económicas que no ven (no quieren ver) más allá de sus narices, siguen aplicando esas recetas, con pequeñas variantes, con pequeños intermedios, una y otra vez mostrando muy poco respeto, no ya por los desheredados del sistema (éstos no han importado nunca a nadie), no ya por el Medio Ambiente (que defienden cuatro perroflautas ecologistas) sino por sus propios hijos que se tendrán que enfrentar, más pronto que tarde, a un inquietante mundo dominado por la incertidumbre y la inestabilidad.
Es la ecología, estúpido.

Eduardo Sáez Maldonado
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