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 El Segundo es el primero de los perdedores*
Eduardo Saez Maldonado. 21.04.16 
El otro día, una disputa en un campo de fútbol de las categorías inferiores acabó con el apuñalamiento de un futbolista, precisamente alhaurino, por parte de un rival. Una vez recuperados de la perplejidad que este tipo de absurdos actos nos provocan, y más allá de las lamentaciones, condenas y denuncias, quizá sería bueno hacer una reflexión un poco más serena.
Solemos decir, con razón, que la violencia en el fútbol está muy extendida. No es raro que se produzcan peleas, agresiones e insultos no ya sólo entre los deportistas sino hacia los árbitros, entre los espectadores etc. Y es que el fútbol es un buen modelo de la sociedad en la que estamos sumergidos. Una sociedad que defiende valores como la solidaridad y la cooperación y que abomina de la discriminación en función de raza, sexo, religión, condición social etc. Pero a pesar de los magníficos sentimientos que, a priori, se pretende que todos tengamos para con los demás, a la hora de la verdad, la palabra mágica es “competitividad”.
En la naturaleza, el comportamiento competitivo, incluso cruel, es el habitual. El altruismo, aunque existe en mamíferos, no es la norma. El ser humano, sin embargo, ha alcanzado una capacidad intelectual que ha llevado a desarrollar comportamientos altruistas no ya sólo en el ámbito cercano sino como filosofía moral (cristianismo, socialismo) que, en particular a partir de la Revolución Francesa, dio carta de naturaleza a los derechos humanos de forma absoluta.
Sin embargo, el sistema imperante en nuestro mundo, el capitalismo, basa su funcionamiento en la competición por el éxito. Y en ausencia de normas (como en la naturaleza o en el capitalismo salvaje) el altruismo es una desventaja. Y aunque sobre el papel la solidaridad es lo imperante, nos inculcan que hay que ser el primero en cualquier actividad; hay que utilizar cualquier artimaña (a ser posible legal, pero sin pasarse) para dejar fuera de juego al competidor; si podemos eludir el pago de impuestos (con los que una sociedad desarrollada garantiza los servicios básicos) pues adelante; si podemos crear una sociedad en Panamá (que no sabemos ni dónde está) para evitar contribuir al bien común, pues lo hacemos, porque además es legal (como nos estamos hartando de oir estos días). Nos dicen que si nos esforzamos y perseveramos, al final triunfaremos (como los exiliados sirios que mueren en las costas europeas). Vemos películas de exaltación de los héroes, de los mejores, de los primeros, dejando al resto (al resto de la humanidad) en una situación de frustración por no poder ser los mejores; por todos lados nos llegan mensajes de que debemos ir a lo nuestro, y que el que venga detrás que arree. Y todo esto integrado en una sociedad que nos exige ser económicamente competitivos para sobrevivir en un mundo feroz donde las empresas tienen que aniquilar a sus competidores, tienen que ”deslocalizar” la producción en países donde se puedan pagar sueldos miserables para poder competir aquí en Occidente. La economía global, por su parte, debe crecer lo más rápidamente posible (no sabemos hasta dónde) aunque eso suponga pérdida de calidad de vida de la gente, de calidad de nuestro entorno ecológico y de expectativas futuras. Y las miríadas de desgraciados que vienen huyendo de las guerras que generamos con nuestros intereses geostratégicos y que se llevan a cabo con armas que vendemos para mayor gloria de nuestro crecimiento económico, son abandonados vergonzosamente a su suerte. Y ponemos mallas con cuchillas metálicas (que fabricamos y vendemos aquí, incrementando nuestro PIB) para que los negros (perdón, de color) no nos invadan.
Pero eso sí: les hablaremos a nuestros hijos de solidaridad y justicia social mientras seguimos con el mismo sistema económico y social que fomenta esta enorme competitividad, esta agresividad y este egoísmo que nos impide (sálvese quien pueda) intentar acometer soluciones que mitiguen los problemas globales evitando así las causas que llevan a los desgraciados a emigrar. Y es que claro, sabemos que la única manera de equilibrar mínimamente el mundo pasa por disminuir nuestro infernal e insostenible ritmo de vida y permitir que los países del tercer mundo se desarrollen hasta encontrar un punto de equilibrio energéticamente (ecológicamente) sostenible que, desengañémonos, estará muy por debajo del que tenemos hoy en Occidente.
Y aquí está el problema. Porque este cambio que supone una revolución total en nuestra sociedad, un cambio total de paradigma, será difícilmente abordable sin no nos vemos abocados a ello por catastróficas circunstancias. Algo que es cada vez menos improbable, por cierto. Mientras tanto seguiremos hablando de solidaridad por la mañana y de competitividad por la tarde. Y seguiremos admirándonos de frases tan “brillantes” como la que da título a este escrito, que explican perfectamente la aparición de energúmenos como el futbolista que ha apuñalado estos días a su oponente. Frase *, por cierto, atribuida a Ayrton Senna, gran piloto brasileño de Fórmula 1 que murió en un lamentable accidente cuando competía para no ser el primero de los perdedores.
 
Eduardo Sáez Maldonado

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