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Tu diario. Libertad de expresion

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"Y sin embargo se mueve"; una revolución ineludible.
Eduardo Saez Maldonado. 21.09.15 
“…juro que en el futuro nunca diré ni afirmaré, de viva voz o por escrito, que el Sol es el centro del mundo y que no se mueve, y que la Tierra no es el centro del mundo y se mueve.” *  
Hace ya muchos años tuve un profesor (un buen profesor) que dedicó parte de una clase a discutir con nosotros el significado del término “paradigma”, un interesante concepto en el que, hasta entonces, yo no había reparado con la necesaria calma. Lo definió como una verdad que todo el mundo acepta como incuestionable hasta que, llegado un momento determinado, el avance en el conocimiento y los hechos obligan a cuestionarla, a desecharla y a sustituirla por una verdad nueva, igualmente incuestionable y cada vez más cerca de la realidad. En ciencia hay muchos ejemplos y los científicos más importantes de la historia (Galileo, Newton, Darwin, Einstein….) han ayudado a romper paradigmas previos y a dar, por tanto, un nuevo impulso a la ciencia.
Nuestra civilización occidental tiene unos fundamentos sociales grecorromanos con unas bases morales de origen juedeocristiano que nos instan, desde los orígenes, a un constante desarrollo: “creced, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla” (Gen 1: 28). Y en eso estamos, hasta el punto de que ya no queda prácticamente ningún lugar en el planeta que no haya sido, de alguna manera, “sometido” por el hombre. El sistema capitalista, que sustituyó al feudalismo después de la Edad Media, tenía un claro paradigma: el crecimiento. Dicho crecimiento, alimentado por  la revolución industrial a partir de la segunda mitad del XVIII, fue incrementando su velocidad hasta llegar a un punto de no retorno: el sistema debe crecer cada vez más deprisa para no caer. El crecimiento debe ser a todos los niveles. La población debe crecer para incrementar la demanda de bienes y que crezca así la economía. La productividad debe crecer para agilizar la producción de bienes, cuya demanda ha crecido, y ser cada vez más competitivos. El sistema debe alimentar con crecimiento económico el déficit de empleo generado por el incremento de productividad debido a su vez a los avances tecnológicos. Debe crecer, además, para pagar las pensiones de los cada vez más numerosos jubilados. Las empresas, por su parte, deben crecer para poder generar empleo que absorba a la cada vez más numerosa población. Nadie (casi nadie) duda del paradigma. Continuamente leemos en los medios de comunicación que parece que volvemos a recuperar la senda del crecimiento, que España “vuelve” a ser el motor del crecimiento europeo, que tal multinacional ha crecido en facturación un “nosecuantos” por ciento este año (a doble dígito, a ser posible), que determinada región crece por encima de la media de los países de su entorno, que la producción de coches, de móviles, de camisetas, de aguacates…. ha crecido. Nadie duda de que son magníficas noticias.
Por el contrario, cuando un país frena su crecimiento, se anuncia con gran pesar por la prensa. Y si entramos en “recesión”, entonces ya es la hecatombe: subirá el paro etc. El capitalismo es un enorme monstruo que requiere que le hagamos sacrificios continuamente para calmar su ira y alimentar su crecimiento eterno. Pero ¿qué es lo que sacrificamos? Sacrificamos lo único que tenemos: el planeta, nuestro único hogar (y el de varios millones de especies más), nuestra única fuente de recursos, de agua, de alimentos… de vida.
Mientras la población humana y su presión sobre el entorno no ha sido excesiva (cosa que ha ocurrido prácticamente hasta la revolución industrial), este sacrificio ha sido tolerable, y hasta sostenible (manida palabra, por cierto). Pero el crecimiento exponencial de la humanidad, frenado eventualmente por epidemias, guerras etc, está acercándose ya a los límites físicos del planeta. Y en pocos años los habrá alcanzado: es lo que tienen los crecimientos exponenciales. Los recursos en que basamos nuestro descabellado tren de vida se nos empiezan a acabar. El petróleo está ya en caída, dando con el fracking y otras nuevas técnicas sus últimas boqueadas antes de que empiece a encarecerse de forma (también) exponencial; las reservas de uranio (si es que nos da por lo nuclear y sin entrar en otras consideraciones) también son finitas así como el resto de materiales que extraemos del suelo en enormes y agresivas minas. La ocupación del territorio necesaria para construir viviendas, infraestructuras, minas para extraer materiales, campos de cultivo para producir comida (detalle no trivial), parques solares o eólicos para producir la energía (aunque sea renovable) que demandamos de forma creciente etc. es cada vez mayor hasta el punto de que ya no quedan áreas silvestres lo suficientemente grandes como para que los ecosistemas se mantengan como tales con la consiguiente e imparable pérdida de biodiversidad, como ya ocurre en Europa donde nos tenemos que conformar con cuatro Parques Naturales dispersos aquí y allá y aislados como si de museos relictos de lo que fue la Tierra se tratara. Y esto por no hablar del cambio climático que estamos desencadenando, con las imprevisibles consecuencias que ya empezamos a vislumbrar.
Resulta, además, que el beneficio (traducido en obsceno bienestar) que el capitalismo nos depara es sólo para una parte de la población del planeta. Una parte mínima además. La gran mayoría sigue viviendo en la miseria pero viendo cómo se destruye todo a su alrededor porque el monstruo capitalista de Occidente, una vez devorados los recursos propios, requiere que los sacrificios vengan de donde aún haya algún recurso que sacrificar: el tercer mundo.
Pero, eso sí, el paradigma de crecimiento contínuo no se lo cuestiona nadie. Lo importante es seguir creciendo, lo más rápidamente posible para mantener los sacrificios rituales que  alimenten al monstruo. Pero crecer, ¿hasta cuándo?, ¿hasta dónde?  ¿a costa de qué?
Las principales corrientes políticas que gobiernan en el mundo, ya sean neoliberales/socialdemócratas o neoliberales/conservadoras (que, desde este punto de vista, tanto monta…), forman parte del paradigma “crecentista”, lo aceptan y lo alimentan. Por su parte, los partidos de izquierda, que tradicionalmente lo han aceptado también (aunque tratando de organizar las cosas con algo de justicia social), empiezan a tener voces que  lo cuestionan, aunque aún no son muy relevantes ni convencidas. Los partidos verdes que, mucho más allá de salvar las ballenas, defienden un ecologismo político son, por derecho propio, los que están poniendo el problema encima de la mesa, aunque con poco éxito, de momento. Y es que lo que plantean no es el paraíso terrenal, como hace el resto, sino una realidad mucho más inquietante. Y eso, claro, no da votos.
Pero el paradigma del crecimiento infinito, les guste más o menos a las petroleras, a las eléctricas, a los bancos, y a los ministros de economía, está llegando a su final, y cuanto antes lo aceptemos y lo sustituyamos por otro, más asumible será el cambio que, más pronto que tarde, habrá de llegar. Deberíamos pues empezar a pensar en el crecimiento económico con mirada crítica. Existe ya no poca literatura al respecto; recientemente se divulgó con bastante éxito el manifiesto última llamada ( https://ultimallamadamanifiesto.wordpress.com/ ) que consiguió importantes apoyos políticos y sociales (aunque algunos de los firmantes parecen no haberlo leído bien ya que choca con las políticas expansivas tradicionales de la izquierda). Las soluciones no son fáciles y, sin duda requerirán de cambios profundos en nuestra manera de vivir, de concebir nuestras sociedades. Seguramente se requerirá un freno progresivo en el crecimiento seguido de un decrecimiento paulatino de la economía de Occidente. Esto deberá venir acompañado de un crecimiento moderado del tercer mundo hasta llegar a una situación de equilibrio energético (ecológico) y social, apoyado en energías renovables (hasta donde estas sean capaces de proporcionarnos) en todo el planeta. Y a ver quién está dispuesto a apoyar propuestas que no prometan un incremento del bienestar propio, sino que propongan un cambio de paradigma, una revolución que, aunque democrática y pacífica, exigirá sacrificios, en particular para los que vivimos tan ricamente en Occidente. Pero es que, aunque prefiramos seguir mirando hacia otro lado (un partido de la “Champions”, por ejemplo), la alternativa, y quizás no tan a largo plazo, es el caos, y Edad Media ya tuvimos una. Y por mucho que nos guste ver en la tele El Señor de los Anillos o Juego de Tronos, la que tuvimos se nos hizo larga.

*Final de la abjuración de Galileo en 1633 ante el tribunal que lo juzgaba por herejía.
 
Eduardo Sáez Maldonado

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