La segunda noticia a que me refería detalla que una empresa de la Axarquía que produce aguacates y mangos ha llegado a un acuerdo de comercialización por el que toda su producción se exporta a Suiza. Mientras tanto, nosotros comemos mangos importados del Brasil. Y esta es de las pocas empresas que producen algo aquí. Lo normal es que la mayor parte de los productos, especialmente textiles y tecnológicos, se producen en el sureste asiático. El derroche energético que suponen estos grandes desplazamientos de mercancías (especialmente cuando son innecesarios) es, desde un punto de vista ecológico un disparate energético descomunal. Porque además de que el tiempo que toman estos desplazamientos y la manipulación adicional que requieren provoca que lleguen al destino en peores condiciones que los alimentos producidos localmente, la contaminación que genera el transporte no se computa en ningún sitio: contaminar es gratis. Esto lleva a una reflexión ineludible, porque si los países de occidente desplazamos la producción de bienes a Asia, no podemos pretender mantener aquí los puestos de trabajo. En España tenemos el trabajo basado en el turismo y la construcción. Como era perfectamente esperable antes de la crisis, aunque nadie parecía querer verlo, la descomunal e insostenible actividad en la construcción (se vanagloriaba el gobierno de que en España se construían más casas que en Francia, Alemania e Italia juntas) se vino abajo dejando un nivel de paro que el turismo (la única industria alternativa que tenemos) ha sido incapaz de absorber. Hay voces, todavía marginales, que defienden un cambio conceptual en la economía que, abandonando la obsesión paradigmática por el crecimiento infinito desbocado (por otra parte muy discutible ecológicamente) se centre en desarrollar actividades más cercanas que avancen además en disminuir la total dependencia del exterior que tenemos en la actualidad, desarrollando sectores como el de las energías renovables (actualmente sufriendo un ataque frontal del gobierno); agricultura y ganadería ecológicas a ser posible, es decir, respetuosas con el entorno y sostenibles en el tiempo; rehabilitación y recuperación de las numerosas viviendas vacías existentes, promoción del turismo hacia destinos y actividades relacionadas con nuestro entorno natural para, en lugar de seguir destruyéndolo, ayudar a conservarlo, etc. El desarrollo de estas actividades (aquí y en el tercer mundo: el problema es global), en detrimento de otras que, como la especulación financiera, genera dinero fácil a unos pocos, y pobreza a muchos, necesita un apoyo activo por parte de nuestros representantes políticos que, en lugar de dedicarse a estos menesteres, se dedican a esperar a que escampe y a que, por arte de magia, volvamos a los años dorados de la especulación y el enriquecimiento desenfrenado (de la corrupción política mejor no hablamos de momento). Y es que seguimos esperando el milagro: que vuelva una economía especulativa (parásita por tanto) que nos permita vivir a todo tren sin aportar nada a la economía real (las plusvalías no se comen) mientras en el tercer mundo producen todo lo que aquí consumimos y se tragan todo lo que desechamos en unas condiciones lamentables. Este sistema se puede romper al menos por tres sitios distintos: 1) por la insostenibilidad ecológica con desajustes climáticos, y de abastecimiento de alimentos básicos y de agua; b) por la insostenibilidad económica con crisis cada vez peores y más profundas y c) por la insostenibilidad social con millones de pobres intentando saltar las vallas que les ponemos para que no nos molesten. O por las tres cosas a la vez, como parece que está empezando a pasar, en lo que quizá sean las últimas bocanadas de un sistema agotado que, incluso dando ya señales de decadencia moral, parece no querer ver que ha escogido un camino que, como el de la fotografía que acompaña a este escrito, se dirige directamente hacia el abismo.
Eduardo Sáez Maldonado
Nota: la fotografía referida ha sido tomada en las cercanías de las descomunales canteras que la especulación y la corrupción han generado ilegalmente en Alhaurín de la Torre en las últimas décadas de desenfreno destruyendo una parte importante de la Sierra de Mijas. Como una alegoría de nuestra civilización suicida.
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