Desde un punto de vista económico, parece claro que las energías renovables no pueden competir con la nuclear. Cada kilovatio hora (kWh) de energía eléctrica que consumimos en nuestras casas nos cuesta 11,5 céntimos de euro (c€). El coste real de generación de esta energía depende de la forma en que se produzca y de muchas otras variables (tiempo de vida y potencia de la central, producción media anual, costes de mantenimiento, costes de combustible etc). No es fácil calcularlo pero se puede considerar que la energía nuclear cuesta del orden de 2c€ por cada kWh. La térmica puede oscilar entre 2,5 y 6 c€/kWh dependiendo si la central es de carbón o gas. La eólica puede moverse sobre los 8 ó 10 c€/kWh y la solar fotovoltaica alrededor de los 30 c€/kWh y bajando rápidamente. Estos datos son probablemente discutibles, pero el orden en el que están no lo es tanto.
Esto sobre el papel. Porque en Francia, prototipo de país que ha apostado por la generación nuclear (bastante más del 50% de su consumo), sería esperable que la electricidad fuera más barata que en España. Sin embargo los franceses pagan más que nosotros. Es obvio que aquí pasan más cosas.
Y es que en esta sociedad en que el único valor es el dinero se tiende a optar por las opciones más rentables sin ninguna otra consideración. Y aquí es donde aparecen los aspectos de orden medioambiental y moral que, al ser difícilmente cuantificables, no son considerados en los análisis económicos, en particular cuando suponen una disminución de los beneficios netos. Sin embargo, es así como hemos llegado a una situación (la actual) de práctica quiebra del modelo económico que aún no sabemos cómo acabará. Y no son pocas las consideraciones que pueden justificar, en ciertas ocasiones, no optar por la opción a priori más ventajosa económicamente.
Existen razones de seguridad que convierten a las centrales nucleares en lugares muy peligrosos porque, si bien es cierto que con los actuales sistemas de seguridad la probabilidad de accidente es prácticamente despreciable, no siempre se dan las condiciones óptimas (Chernobil) y no es despreciable la probabilidad de terremoto (menos mal que Haití no tiene centrales ni cementerios nucleares) o de ataque terrorista (si yo fuera Bin Laden estaría estudiando el tema). Si el mundo apuesta por lo nuclear, estas probabilidades aumentarán con el número de centrales y, como consecuencia, de cementerios. Claro que también puede haber accidentes en centrales térmicas etc. La diferencia es simple: un accidente nuclear es devastador sobre toda la vida de los alrededores y sus consecuencias son espantosas (leucemias malformaciones etc) durante generaciones. Y esto por no hablar de armas atómicas que, ya que nos ponemos, podemos pensar en fabricar.
Si se incluyeran los riesgos en los costes, la nuclear no sería tan barata, y las renovables no serían tan caras.
Desde un punto de vista ambiental parece claro que hay que ir pensando en eliminar las centrales térmicas que son las claras emisoras de CO2 neto que está acelerando peligrosamente (y quizá ya irreversiblemente) el cambio climático. Mejor dicho, parece claro pero no lo está tanto: al menos para los políticos que han promovido la construcción en Málaga de una nueva térmica (en el Parque Tecnológico) y que proyectan otra más en el Guadalhorce. Ni las nucleares ni las renovables (obviamente) generan CO2 aparentemente. Sin embargo, aunque indirectamente, las centrales nucleares sí generan CO2 en las labores de extracción del combustible que requieren para funcionar: el uranio. Se dice que la fotovoltaica también lo genera en la fabricación de las celdas solares. Sí, claro, como las demás durante el proceso de construcción de las centrales. Pero una vez construidas, se ponen al sol y nada más. No demandan ser alimentadas permanentemente con combustible como el resto. Les basta el sol, el mayor reactor nuclear que conocemos.
Pero lo más grave desde el punto de vista ambiental de la energía nuclear de fisión es la generación de residuos radiactivos que permanecen miles de años activos y para los que la ciencia (aunque está trabajando en el tema) no ha encontrado aún solución. La gestión de estos residuos es el principal problema de esta opción ya que la radiactividad produce cáncer, muerte y devastación durante generaciones. (Por cierto, que los costes de gestión de estos residuos no se suelen incluir en los costes de generación). Llevamos almacenando residuos más de medio siglo y no sabemos cuánto tiempo tardarán los primeros sistemas de almacenamiento en empezar a fallar y en emitir radiactividad al entorno.
Si se incluyeran los daños ambientales en los costes, la nuclear no sería tan barata, y las renovables no serían tan caras.
También hay consideraciones estratégicas que hacer. La actual dependencia de los combustibles fósiles hace que nuestro país, y casi todos, deban mantener buenas relaciones con los principales suministradores (la mayoría de ellos con gobiernos dictatoriales) si no queremos que nos corten el grifo y bloqueen nuestra economía. La independencia energética sería un paso muy importante para asegurar la estabilidad política y social de todos los países que la tengan. Se habla de que la energía nuclear avanzaría en este aspecto, pero nos olvidamos de que ésta también demanda un combustible, el uranio, que hay que comprar al que lo tenga, que también se acabará y que dará poder a los países que lo posean. Es decir: no supone ningún paso, al menos definitivo, hacia dicha independencia. Sólo ocurrirá que el Oriente Medio cambiará de ubicación. Las energías solar y eólica, sin embargo, no requieren combustible. El sol sale todos los días, y cuando deje de hacerlo no nos preocuparán estos debates.
Si se consideraran los aspectos estratégicos en los costes, la nuclear no sería tan barata, y las renovables no serían tan caras.
Pero lo que casi nunca se tiene en cuenta en este debate son los aspectos morales. Nuestro sistema económico se fundamenta en el crecimiento demográfico y económico hacia el infinito, con consumo de recursos hasta el infinito y ocupación del suelo hasta el infinito. Pero el planeta no es infinito. Por tanto, o cambiamos el sistema o vamos hacia el colapso. Los síntomas indican que los recursos naturales están empezando a avisar. El uso del agua genera conflictos. La extracción de materiales también (las canteras de Alhaurín son un claro ejemplo). El petróleo no digamos. La producción de alimentos puede entrar en crisis si el criterio de control de las especies cultivadas (modificadas genéticamente) por parte de las multinacionales se generaliza a la vez que la biodiversidad baja dramáticamente lo que podría acarrear problemas en caso de plagas que afectaran a las cuatro o cinco especies en que basamos nuestra alimentación. En definitiva: debemos replantearnos que la estrategia debería ser no incrementar más la presión sobre el planeta sino reciclar todo lo posible y racionalizar los consumos y obtención de recursos hasta llegar a una economía sostenible. Ante esta perspectiva (nada improbable), basar la generación de energía en el consumo de un recurso finito, el uranio, no parece sensato, especialmente cuando la producción eólica y (sobre todo) fotovoltaica se abarata cada vez más. Por otra parte, la versatilidad y casi nulo mantenimiento de la fotovoltaica es una opción importantísima de cara al desarrollo del esquilmado tercer mundo ya que, adecuadamente financiados con ayudas al desarrollo, las plantas fotovoltaicas pueden dimensionarse de acuerdo con las necesidades de cada población y permitirles un suministro eléctrico razonable en zonas aisladas. Las soluciones energéticas (y de cualquier otro tipo) del futuro deberán plantearse globalmente y la erradicación del hambre debería ser prioritaria por la cuenta que nos trae (porque apelar a la obvia inmoralidad de la miseria se ha demostrado inútil). Las energías renovables pueden contribuir a avanzar en este camino.
El gobierno debe decidir. La privatización de la producción eléctrica (socialismo, lo siguen llamando) dejó en manos privadas algo tan estratégico como el abastecimiento energético. Y ya estamos viendo lo que pasa cuando los criterios los marca el libre mercado. Esto, no nos engañemos, dificulta la toma de decisiones que, además, deberían ser globales. Si apostamos por la nuclear se multiplicará en pocos años el número de centrales nucleares y por tanto, y en la misma medida, la cantidad de residuos. Llegará el día (ya está llegando) en que no sepamos dónde meterlos. Llegará el día en que empiecen a resquebrajarse los primeros sistemas de almacenamiento y empiecen los escapes radiactivos. ¿Tenemos derecho a legar a las futuras generaciones un planeta inhabitable? Más aún: ¿tenemos derecho a convertir este planeta en un lugar inhabitable?
Si se consideraran los aspectos morales en los costes, la nuclear no sería tan barata, y las renovables no serían tan caras.
Es el momento de dar un paso adelante con decisión, (incluso de cara a la comunidad internacional, ahora que USA nos pone como ejemplo en renovables). Es el momento de comprometernos con el futuro de nuestros hijos y de nuestro planeta. La nuclear lleva más de 50 años funcionando sin haber encontrado solución a sus problemas. Se investiga en ello, es cierto, pero no sabemos en qué acabará. Igual ocurre con la energía nuclear de fusión, aparentemente limpia y en desarrollo. Cuando haya soluciones nos lo podremos plantear: quizá sea ese el futuro. Mientras tanto es la hora de las renovables. Su evolución en los pocos años que llevan desarrollándose es esperanzadora. Son ya una realidad. La fotovoltaica se igualará en coste de generación con las demás en pocos años. En noches ventosas se desconectan los molinos porque producen más electricidad de la demandada y son más fáciles de parar que las centrales nucleares y térmicas. Démosles su oportunidad. La misma que han tenido las nucleares. Nuestra civilización ha conseguido crecer hasta ocupar toda la superficie del planeta con su impacto irreversible, ha conseguido contaminar todas las aguas dulces y saladas, deforestar el planeta, poner en peligro de extinción a miles de especies e iniciar un cambio climático que no sabemos qué consecuencias tendrá. Sólo nos queda inundar la tierra de residuos radiactivos para que, a medida que los sistemas de almacenamiento se vayan deteriorando, la mortífera radiactividad condicione la vida (la muerte) de los futuros habitantes de este planeta. Ya sean “sapiens” o no. No condenemos a nuestros hijos. Ni a la biosfera. El Planeta Azul como criatura viva que soñó Lovelock (Gaia) se puede convertir en el Planeta Radiactivo (según defiende ahora el propio Lovelock). Démosle una oportunidad a la vida… y de paso a la paz.
*Adaptación libre del original de John Lennon con la que él quizá estaría de acuerdo.
Eduardo Sáez Maldonado
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