
La mía lo hizo el día que vi a Carmen Mestanza mirando a cámara, con esa mezcla de urgencia y amor, pidiendo algo tan sencillo y tan enorme a la vez: que esos árboles no murieran solos.
No fue solo un vídeo. Fue un antes y un después.
Algo dentro de mí se recolocó, como si de repente entendiera que hay causas que no se piensan, se sienten... y se responden.
Y entonces pasó todo.
Llegaron manos, miradas, abrazos, tierra bajo las uñas, risas cansadas al final del día. Llegó gente que no se conocía, pero que compartía lo más importante: el deseo de cuidar, de sostener, de estar. Cada persona que pasó por allí dejó algo más que su ayuda; dejó un pedacito de humanidad que todavía hoy sigue latiendo.