
14 de abril del 2001
Sueños que regresan: la república española
"Pero de pronto cambió todo. Alguien, desde Madrid, nos llamó por teléfono, gritándonos: -¡Viva la República! Era un mediodía, rutilante de sol. Sobre la página del mar, una fecha de primavera: 14 de abril."
Rafael Alberti, La arboleda perdida.
Los vendedores de mentiras se nutren de la herencia ignorada y del lenguaje desolado de palabras amarradas, sumergidas en tiempos de ceniza. Una de las grandes mentiras que la derecha española consiguió introducir en la memoria colectiva del país es la de una segunda república llena de tensión y de violencia, prólogo de la guerra civil: como si la militarada no hubiera sido responsabilidad de los enemigos de la república. Hubo violencia, es cierto: fruto del fuego cruzado de la acción del naciente fascismo, a veces de la impaciencia revolucionaria, y de la torpeza del propio poder republicano con Azaña, y más tarde con los gobiernos conservadores, bajo la influencia de Lerroux y de Gil Robles, enemigos de la propia idea de república que la constitución de 1931 había dado a España. Muchas cosas se perdieron en la transición política tras la dictadura, y algunas se ganaron, pero mantener esa noción de una república violenta, desgarrada, condenada al enfrentamiento y a la división, es una de las más hirientes, y, también, uno de los frutos devastados de la mitología franquista que buscaba en los combates de la guerra civil la justificación posterior de la sublevación militar, y es -sobre todo- injusto con la república. Entre otras razones porque quienes aún hoy lo hacen, inadvertidos o interesados, podrían recordar también que precisamente las etapas anteriores -la dictadura de Primo de Rivera, o la monarquía alfonsina del primer cuarto del siglo XX con sus matanzas coloniales, asesinatos, semanas trágicas, ley de fugas o pistolerismo patronal en las calles- o las décadas posteriores -la larga dictadura franquista- no son precisamente ejemplo de épocas civilizadas y pacíficas. Hay muchas otras mentiras. Una de ellas -más actual, más hipócrita- es la del rey republicano, y es producto de las burdas pero eficaces hagiografías urdidas por intelectuales de plantilla y por gabinetes de imagen -como se les llama ahora a los encargados de adular al poder con el dinero del presupuesto público-: casi quieren hacer creer al ciudadano que Juan Carlos de Borbón asume lo mejor de la dignidad republicana, del Estado laico y progresista, y hasta del gusto por la soberanía popular. Como si no fuera evidente que es un jefe de Estado que jamás se ha sometido a la voluntad del pueblo. No hay que insistir mucho para desenmascarar la mentira: sólo hay que comparar el esfuerzo desarrollado por la segunda república en la instrucción pública del país, y en la cultura, con la acción de esta monarquía que convive relajadamente con los instrumentos utilizados por el poder para el embrutecimiento popular, desde la entronización de la televisión de cloaca hasta el estímulo constante del fanatismo deportivo. Y constatar que España es hoy más instruida, más alfabetizada que en los años treinta no viste al rey desnudo: sólo nos muestra la larga marcha de las clases populares por acceder al conocimiento y a la cultura, un camino obstaculizado siempre por el poder real. O reparar en el laicismo de la segunda república, frente a la resaca de sotanas y fronteras apostólicas de la monarquía actual y sus gobiernos, tan comprensivos con la cruz que hasta cesaron a un embajador en el Vaticano porque se había divorciado y vivía con otra mujer. Frente a lo que quiere el discurso de la España oficial, ayer unánime en su vergüenza de caudillos y hoy en sus genuflexiones de corte, los ciudadanos anónimos han atravesado el siglo de otra manera, con su silencio o con su alegría, con la indiferencia o con la música: la reacción de la calle es siempre reveladora de las esperanzas colectivas. La segunda república española fue recibida con una enorme explosión de alegría popular, por todas las ciudades del país, mientras que la restauración de la monarquía casi medio siglo después, tras la muerte del dictador Franco, sería aceptada con resignación, con los reflejos del miedo a la guerra civil y a la dictadura maniatando las conciencias, y sin ningún alborozo. Todavía hoy, las adhesiones populares que quieren mostrar por una monarquía soportada con indiferencia son las elaboradas en los gabinetes a sueldo, en la prensa complaciente, en las salas de banderas o en la televisión amordazada por la quemazón servil de una grandeza de carnaval. No sucedió lo mismo con la llegada de la segunda república. La alegría y la exaltación popular con que fue proclamada en 1931 son descritas por María Teresa León en su Memoria de la melancolía con un presagio de calles liberadas, transitadas por la juventud de los que borraban con risas y canciones los obstáculos de siglos y las dinastías de lacre y panteones. Esa república, que llegaba como una ronda de primavera, traía la libertad y aires de tiempos nuevos: "Estrenábamos traje. Un traje sin mangas que nos oprimieran. El himno de Riego sonaba como un juego de muchachos alegres, servía para andar más rápidamente sobre la Historia". Era una república que declaraba su apuesta por una España "libre, próspera y feliz", tras salir de una monarquía de pícaros y ladrones, de pistoleros de la patronal, de militares africanistas que podían participar en matanzas y medrar en la corrupción pero no podían soportar las derrotas coloniales como Annual. Aquella alegría popular en las calles en abril de 1931 parecía evocar "un mundo eternamente presentido", como en el verso de Cernuda, aunque después el pulso extraviado de la época trazase también la frontera entre la realidad y el deseo. Pero los grandes momentos de la historia colectiva permanecen durante mucho tiempo en la memoria de las gentes. La segunda república española había empezado a nacer con el Pacto de San Sebastián y con aquel valiente y precipitado gesto de Fermín Galán y Ángel García Hernández de sublevarse, el 12 de diciembre de 1930, para acabar con la corrupta monarquía alfonsina. Fermín Galán ya tenía una historia detrás: había publicado una novela, con el fondo de la guerra de Marruecos, de título premonitorio por lo que vendría después con los militares africanistas: La barbarie organizada, y pasó años en prisión hasta que salió en libertad con la caída de la dictadura de Primo de Rivera, tan ciega que llegó a desterrar a Unamuno. Pero aquellos capitanes de abril, con sus soldaditos paseando una bandera tricolor republicana, no saldrían de las tierras altas de Aragón. Dos días después de la revuelta de Jaca Galán y García Hernández había sido derrotados, y aquellos capitanes fueron juzgados en consejo de guerra en la mañana del día 14 y fusilados por la tarde. Apenas vivieron tres días con la sonrisa de la bandera tricolor. Su muerte los fijaría para siempre en la memoria popular: eran los mártires de la república. La rebelión de Jaca se convertiría en un vigoroso mito popular que llegaría fortalecido hasta la proclamación de la república unos meses después. Los versos de Antonio Machado recuerdan la emoción popular: "La primavera ha venido/ del brazo de un capitán./ Niñas cantad a coro:/ ¡Viva Fermín Galán!" Había llegado la primavera política al país, acompañada aún de equívocos: los anarquistas, y los comunistas, desconfiaban de los viejos políticos republicanos, y también de un gobierno provisional en el que figuraban hombres conservadores y católicos como Niceto Alcalá Zamora o Miguel Maura, cercanos en otro tiempo a políticos monárquicos como el conde de Romanones o el Maura de la Semana Trágica. Eran unas desconfianzas legítimas, aunque anarquistas y comunistas no supiesen calibrar la alegría del país por librarse de una monarquía funesta. Aun así, aquella república nacida con incomprensiones entre los anarquistas, los comunistas, e incluso una parte de los socialistas, se convertiría pocos años después en una referencia inequívoca, en el símbolo de la España que luchaba por la libertad. La España que, con el doctor Negrín, elaboraría el discurso de la resistencia frente al fascismo cuando las potencias democráticas europeas se rendían al chantaje de la conferencia de Munich. Aquel discurso de la resistencia, surgido en una república laica y democrática, guiada por el Frente Popular, sería recuperado después de la derrota de 1939 por los partisanos franceses, por los guerrilleros italianos, por las redes clandestinas que por todo el continente se enfrentaban a la maquinaria de guerra de Hitler y sus aliados. Su huella duraría mucho tiempo. Las elecciones municipales de abril de 1931 habían sido el acta de defunción de la monarquía borbónica, y el gesto de Companys en Barcelona y las masivas manifestaciones en Madrid y en las principales ciudades del país hicieron ondear la bandera tricolor de la república, tanto tiempo escondida en los baúles humildes; oculta en la mirada de Mariana Pineda, atrapada en un gesto de Margarita Xirgu en el teatro Goya barcelonés, o en un verso de García Lorca; una bandera envuelta en la oscuridad de los estribillos populares y en el exilio interior de los perseguidos. Marianita Pineda, otra vez, bordando la bandera de la libertad. Mientras esa bandera se agitaba por las calles, en Madrid, el rey Alfonso XIII -al que la sorna de los barrios populares conocía como Gutiérrez, según nos cuenta Alberti- iniciaba el camino del exilio en Cartagena: se dirigía a la Italia fascista, y allí en Roma nacería en 1938 su nieto Juan Carlos, continuador de la funesta dinastía. Pero la segunda república no contaría con muchas facilidades. Tras la alegría, los problemas: no iba a ser sencillo dar satisfacción a tantos damnificados por la monarquía y por la dictadura primorriverista. Ya en los dos primeros años los gobiernos republicanos pretendieron afrontar los principales problemas políticos del país, y las Cortes constituyentes darían en apenas unos meses una nueva constitución al país, que definiría a España como una "república de trabajadores". No era muy exacto, porque la península seguía siendo de unos pocos, y así no sería extraño que Ilya Ehremburg dudase de la condición de la república en su famoso libro. El gobierno tenía que afrontar serios problemas, agravados durante décadas por la sevicia de la burguesía y por la complicidad del rey con la Iglesia y el Ejército, instituciones que guardaban las cicatrices de la España negra, ignorante y reaccionaria. Entre otras cuestiones la república tuvo que abordar la elaboración de un marco jurídico nuevo con otra Constitución, el problema del atraso educativo del país, la pobreza de los campesinos, el subdesarrollo industrial, las imprescindibles reformas para limitar el poder de la Iglesia y para vigilar el sable de los militares, y la cuestión de los nacionalismos periféricos. No serían los únicos problemas: la entrega de la tierra a los campesinos, con el impulso de una reforma agraria -que daría un escaso resultado, por la timidez de su planteamiento-, y las siempre aplazadas cuestiones exigidas por el movimiento obrerista exigían cambios profundos que la mano de los verdugos no estaba dispuesta a tolerar. Aún tendría la república que afrontar otros problemas: la guardia civil, y la policía, y sobre todo el ejército, una parte del cual se rebelaría ya en 1932 con el general Sanjurjo, o la limitación del poder de la codiciosa Iglesia católica y su poder en la enseñanza y en las conciencias, dispuesta a rebelarse casi desde el principio con sujetos como el cardenal Segura, y hasta resolver las diferencias surgidas por la discusión del estatuto catalán y por la aparición de otras fuerzas nacionalistas. La conjunción republicano-socialista que pasó a gobernar el país intentó hacer frente a la cuestión social y obrera, pero los problemas empezarían enseguida: la represión en Sevilla, o en Cataluña, la matanza de Casas Viejas, y la persecución de algunas huelgas obreras llevaron a la desconfianza a importantes sectores obreros con un poder republicano que actuaba a veces contra los que habían confiado en él, y forzó la convocatoria de elecciones: poco después llegaba el bienio negro de la república, y a la figura de Lerroux, viejo demagogo, se uniría el espectro de la CEDA y de la derecha revanchista. La revuelta de octubre de 1934 sería la expresión de la desconfianza de las fuerzas obreras en una república manejada por la derecha, en el temor a Gil Robles y a una derecha que ya miraba hacia Berlín, y al mismo tiempo la muestra de la impaciencia obrera por hacer que los cambios políticos trajesen también si no la revolución, al menos la solución parcial a la vieja cuestión social. Miles de mineros tomando Oviedo en octubre de 1934 y un ejército rojo de dinamiteros socialistas, anarquistas, comunistas, parecieron hacer posible el fogonazo de la victoria, pero a ese espejismo sucedió después el naufragio de los amaneceres con los mineros esposados caminando entre la guardia civil. Allí estaba otra vez Francisco Franco, la mano del verdugo asesinando mineros, como en 1917. También la república naufragaba en Barcelona: Companys abandonaba el palacio de la Generalitat para ingresar en prisión, después de la sofocada revuelta del 6 de octubre. La indignación ante los excesos de la represión derechista tras la revolución de octubre de 1934, el impulso unitario entre las bases obreras y la exigencia de amnistía para los presos políticos fueron el inicio de un movimiento que culminaría en la creación del Frente Popular y en la victoria en las elecciones de febrero de 1936. La república estaba otra vez en manos de la izquierda, en manos de las fuerzas que la habían proclamado y que la habían dotado de una constitución y un programa de reformas que, aunque tímidas, empezaban a discutir la hegemonía de la vieja España monárquica, burguesa y caciquil. El programa del Frente Popular ponía de nuevo en marcha el espíritu bullicioso de los días de abril de 1931, aunque las fuerzas y los partidos de orden clamaban por cerrar el paso a la revolución, y estaban pensando desde hacía tiempo en acabar con la república. No duraría mucho la alegría de la victoria en las elecciones del 16 de febrero de 1936: meses después llegaba la rebelión militar de los generales sediciosos, y el toque a rebato de la vieja reacción española, de los temores campesinos prisioneros del clero, de la codicia burguesa, de la rabia de la cruz y del rigor del sable, y que junto con el apoyo de las potencias fascistas y la ceguera de las democracias liberales, ahogarían a España en una orgía de sangre y en tiempos de silencio y de inquisidores. El estallido de la guerra civil y la división de España en dos bandos dejó las cosas, pese a las reticencias de algunos sectores anarcosindicalistas con el Frente Popular, dónde habían estado siempre: la España obrera y progresista se reconocía en la bandera tricolor de la república, y la España sublevada enarbolaba como un trapo sangriento la vieja bandera rojigualda de los borbones. La república pudo resistir aún tres años pero había sido abandonada, y las únicas ayudas llegarían desde muy lejos, desde la Unión Soviética y desde México, junto con la solidaridad de miles de hombres y mujeres que abandonaron todo para enrolarse en las Brigadas Internacionales, los voluntarios de la libertad que se convertirían en el mayor símbolo de la lucha contra el fascismo que ya amenazaba al mundo. Era ya una república distinta, que hasta tenía ministros anarquistas. Tres años después, la república derrotada se dispersaba por el mundo, y hasta perdía a sus más grandes poetas: Lorca al principio de la guerra y Machado al final, y poco después Miguel Hernández. Así, la segunda república española pasaba, el 1 de abril de 1939, a vivir en el territorio de la memoria y en las instituciones del exilio. Ya el 31 de marzo se reunía en París la Diputación permanente de las Cortes españolas. Un mes antes, el 27 de febrero, había dimitido Azaña, dando la guerra por perdida, y Martínez Barrio, el presidente de las Cortes, había asumido la presidencia de la república. El doctor Negrín, símbolo de la resistencia, y que seguía al frente del gobierno, planteó en la reunión que su actividad política se centraría en lo sucesivo en tres cuestiones: en la ayuda a los exiliados españoles dispersos por el mundo, en mantener viva la idea de la república española y en impulsar las acciones internacionales necesarias para restablecerla en España. No llegaría a verlo nunca. Tras la victoria de la coalición antifascista en la segunda guerra mundial y tras el éxito conseguido por las instituciones republicanas exiliadas en la conferencia de San Francisco pareció que el retorno de la república sería posible, pero el inicio de la guerra fría y los desencuentros políticos que ocasionó entre las fuerzas políticas republicanas llevaron pronto a la convicción de que la recuperación de la libertad simbolizada por la república española tardaría mucho más tiempo del previsto. Pero no cejaron en su empeño. Los gobiernos republicanos en el exilio intentaron mantener viva la llama de las instituciones, llegando en ocasiones a reunir al Congreso de los Diputados: el 17 de agosto de 1945 se reunieron en México 96 diputados y numerosos embajadores y ministros, entre los que no se encontraba el norteamericano. Diego Martínez Barrio fue nombrado presidente interino de la república y éste encargó formar gobierno en el exilio al doctor José Giral. Martínez Barrio, un republicano moderado, el hijo de un albañil, llegaba a la presidencia de la república, aunque fuera en la amargura del exilio. Después se sucederían otros gobiernos, otras reuniones, y habría relevos en los gabinetes y en la propia presidencia de la república. Pero pese a gobernar tan pocos años la segunda república no desaparecería de la memoria popular. La república española podía tener el rostro de Federica Montseny o de Durruti, o el de Juan Negrín, el digno presidente del consejo de ministros, o de Dolores Ibárruri, la mujer del pueblo, Pasionaria acompañando a las mujeres que se habían lanzado a las calles a protagonizar la historia. Y la tenía, sobre todo, de los obreros y campesinos, de los milicianos de la Barcelona jubilosa del largo verano de 1936 que hicieron posible el milagro de convertir la respuesta al golpe militar fascista en el inicio de una esperanza que, sin embargo, quedaría truncada. No deja de ser significativo que en la memoria de los dos bandos tanto los fascistas sublevados como la España republicana vean aún la causa republicana con el rostro de una mujer vasca que acompañaba a mineros y visitaba prisiones, que se manifestaba con los huelguistas y agitaba un rostro nuevo de lo que el fascismo español llamaba con saña de cuchillo "la furia de las mujeres rojas". Las dos repúblicas españolas murieron bajo las botas severas de militares perjuros y sediciosos montados en la palabra del predicador con soga y del grito del patriota ansioso de gloria, aunque su memoria no ha desaparecido y tal vez la república tenga hoy otro rostro, el de una joven sonriente que indica el camino del progreso o el de una mujer valiente que dirige el empeño de los humildes frente a la codicia de los poderosos, o cualquier otro semejante. Pero es seguro que no tiene el rostro hipócrita y mezquino de la vieja dinastía, bobalicón y ciego ante las dificultades del pueblo llano. La república democrática era una conquista popular. El socialista Luis Jiménez de Asúa, presidente de la comisión redactora de la constitución republicana, podía afirmar en 1931 que habían escrito una constitución progresista para no defraudar las ansias populares, y que lo habían hecho porque no querían que "el pueblo español, que salió a la calle a ganar la República, tenga que salir un día a ganar su contenido." Pero no fue posible conservarla. Aquella constitución, y la idea misma de una república progresista y civilizada, nunca fue del agrado de la vieja plutocracia española, de los eclesiásticos de cruzada y de los militares, y su derrota vendría acompañada del tiempo de la miseria, de la revancha, de los años de espadones miserables; mientras la república del éxodo, vestida en las estampas populares como una mujer con un león a sus pies, señalaba la libertad desde el exilio o desde las cárceles. Pero las hipotecas de la venganza tras la guerra civil siguen entre nosotros. La república no pudo ser elegida de nuevo por el pueblo español. Todavía está por explicarse el chantaje moral de la derecha en la transición política tras la muerte del dictador: un chantaje que implicaba ceder la libertad a cambio de la monarquía y del olvido. ¿Por qué si no iban Santiago Carrillo y el PSOE de Felipe González a aceptar la monarquía, siendo como eran fuerzas confesadamente republicanas? Los acuerdos secretos -las imposiciones- explican la asunción de la bandera de la monarquía y de los sublevados de la guerra civil. No es exagerado afirmar que continuamos siendo prisioneros de la advertencia que Bertolt Brecht dejó escrita en su Libro de lectura para los habitantes de las ciudades: borra todas las huellas. Eso es lo que han hecho: ocultar el 14 de abril, manchar la memoria de la república española, esconder las huellas del trabajoso empeño por construir un régimen democrático que abarcase a todos los poderes del país, y por acabar con los vestigios anacrónicos que limitan la soberanía popular. La del 14 de abril era una república que había traído con ella la voz de los poetas, la paciencia de los maestros, la comprensión de las casas humildes, la mirada oscura de las fábricas, el gesto libre de los milicianos; y, por eso, sería combatida desde el primer día. Rafael Alberti lo recordaba en La arboleda perdida: "No hacía ni una hora que había sido izada la nueva bandera, cuando ya la vencida comenzaba a moverse, agitando un temblor de guerra civil." Pero aquella república que sería ahogada en sangre por la vieja España de los monárquicos de la corte madrileña, de los militares africanistas, de los obispos de sayón y cardenales de cruzada, de los señoritos andaluces de jaca jerezana y de las viejas oligarquías de Bilbao o de Barcelona, seguiría existiendo, y su recuerdo está aún vivo. María Teresa León nos cuenta en sus memorias que a veces llamaban a su casa de exiliados en Roma, a la casa que compartía con Alberti, personas que llegaban desde la España del fascismo, a escondidas: les traían noticias y colores, los ecos de la España que cambiaba, palabras de las redes clandestinas y de la dignidad secuestrada; les traían el sabor a sal de la bahía de Cádiz o el rumor de las acacias del paseo de Rosales, la solidaridad obrera de los viejos anarquistas, de los herederos de Pablo Iglesias y de Dolores Ibárruri, el aliento de la república digna y combatiente que seguía existiendo: las personas que los visitaban en su trozo de república del Trastevere romano eran como los sueños que regresan: como la propia república española. Por todo eso, y por otras muchas cosas, sabemos que la república española no es un asunto del pasado, sino del porvenir, y que entre las urgencias que nos acosan convendrá ir separando a la derecha de siempre y a esa izquierda arrepentida que acude a los besamanos de palacio de la izquierda que reconstruye los instrumentos de la razón, la que agita los estandartes de los derechos abrumados de las muchedumbres de la historia y la palabra de los poetas, la que -como Cernuda- busca mundos presentidos y que -ya es tiempo- debería empezar a mostrar de nuevo por las calles la bandera tricolor de la república.