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La
Asociación Histórico Cultural Torrijos 1831, en Cartagena durante la
preparación de los actos a Torrijos y de los hermanos Ignacio y Juan López
Pinto.
Asociación Histórico
Cultural TORRIJOS 1831
El viernes día 3 de noviembre, miembros de la
Junta Directiva de la Asociación Histórico Cultural TORRIJOS 1831 se
trasladaron a Cartagena, acompañados por el Concejal Delegado de Cultura de
Alhaurín de la Torre, Julián Sesmero, para presentar en rueda de prensa
presidida por el Concejal Delegado de Cultura de Cartagena, José Cabezos, los
actos de homenaje al general Torrijos y a los ilustres cartageneros, los
hermanos Ignacio y Juan López Pinto.
La rueda de prensa contó además con
la grata presencia del amigo de la Asociación, el investigador cartagenero D.
Juan Antonio Gómez Vizcaíno, biógrafo de Juan e Ignacio López Pinto, entre otros
grandes personajes de Cartagena.
Asistieron todos los medios de
comunicación de la ciudad, los cuales divulgaron, ampliamente, en sus
correspondientes espacios, los actos que la asociación torrijista de Alhaurín de
la Torre iba a llevar a cabo en Cartagena, en honor de los citados personajes.
Reseña histórica:
Juan López Pinto nació en Cartagena en el año
1788.
En 1804 fue nombrado cadete del
Cuerpo de Artillería.
Con el grado de alférez fue destinado al
Regimiento de Artillería de guarnición en Cartagena, lugar donde le sorprendió
la Guerra de la Independencia.
En 1812 fue hecho prisionero por los franceses
al capitular Valencia. Expulsados los napoleónicos, y ya durante el Sexenio
Absolutista (1814-1820), López Pinto fue destinado en comisión de servicio,
junto con otros jefes y oficiales, al Museo de Artillería de Monteleón, en
Madrid.
López Pinto impartió clases en
Monteleón a los cadetes de las academias de Infantería, Caballería y Artillería,
y también a los futuros oficiales de las Guardias Walonas.
Cuando el movimiento liberal
triunfó en el año 1820, el valiente artillero fue el único que pidió el cese en
su destino, para dedicarse por entero al servicio de la causa que sentía;
quedando, en un principio, asociado a la Comisión de Instrucción Pública y, más
tarde, al mando político de Calatayud, población en la que realizó meritorias
reformas administrativas en la que obró con extrema honradez con los caudales
públicos.
Manejó con igual acierto la pluma
que la espada, combatiendo a los rebeldes absolutistas. Por ello fue declarado
por el gobierno Benemérito de la Patria.
Cuando Cartagena fue sitiada por
los Cien Mil hijos de San Luis en 1823, fue uno de sus defensores más
destacados y uno de los últimos que se exilió tras el acta de capitulación.
Durante la primera parte de su
exilio en Francia, se ganó el sustento impartiendo clases de dibujo en pésimas
condiciones y trabajando la mayor parte del día.
Se sumó en 1931 al grupo liberales
que, bajo el mando de Torrijos preparaban un pronunciamiento en Gibraltar, el
cual tendría como punto de partida Málaga.
Nunca le gustó a Juan López Pinto
el llamado “plan Viriato”, sospechando que tras él se escondía una
celada. Pero aún así, por honor y fidelidad a Torrijos y, sobre todo, por no
manchar una vida en defensa de la libertad y los derechos constitucionales,
partió de Gibraltar.
No se equivocó, y aquella digna
decisión le llevó a la muerte junto a sus demás compañeros, en las playas de
Málaga, el 11 de diciembre de 1831.
Su hermano, Ignacio López Pinto,
nació el 14 de octubre de 1792.
Al igual que Juan ingresó en el
colegio de Artillería de Segovia. Vivió en Madrid los acontecimiento del 2 de
mayo de 1808 y, siendo también hecho prisionero de los franceses al capitular
Valencia, sufriendo por ello cautiverio en Francia.
Acabada la Guerra de la
Independencia, y ya con el grado de capitán se le destinó a hacerse cargo del
Detall de la Maestranza del 2º Departamento de Artillería.
En 1815, el coronel Torrijos se
hace cargo del Regimiento Lorena, desplegado en Cartagena y Alicante. Pocos
meses después, ya existe una gran amistad entre Torrijos e Ignacio López Pinto,
basada en los ideales constitucionalistas que ambos propugnaban.
Por esos ideales ambos terminaran
pasando tres largos años en los lóbregos calabozos de la Inquisición en Murcia,
siendo liberados en 1820 tras el pronunciamiento de Riego en Cabezas de San
Juan, que marca el inicio del Trienio Liberal.
Tras la llegada de la Década
Ominosa, llegará para Ignacio López Pinto el exilio de Londres, continuando
su estrecha colaboración con Torrijos.
No estuvo en la expedición que al
mando de Torrijos partió para las costas de Málaga el 30 de noviembre de 1831.
La misión que llevaba a cabo en esos momentos en Francia le salvó la vida.
Con la vuelta de los liberales al poder fue
nombrado gobernador de Málaga en 1835, convirtiéndose también en el primer
presidente de la Diputación de Málaga.
Ignacio López Pinto llegó a obtener el empleo
de mariscal de campo, el 2 de febrero de 1844, así como la dignidad de senador
del reino.
En 1848 regresa definitivamente a su querida
Cartagena, donde continúa su labor militar en su despacho del histórico cuartel
de Artillería.
Tras una penosa enfermedad, murió en Murcia el
12 de mayo de 1850.
Con la memoria a los dos hermanos López Pinto,
se une la del propio Torrijos: primero, por su gran amistad con los dos
patricios cartageneros y, sobre todo, por su mando y defensa de la plaza de
Cartagena frente a los Cien Mil hijos de San Luis, en 1823.
Con escasos medios pero con el apoyo
incondicional de la población de Cartagena, Torrijos preparó una defensa
prácticamente imposible. Con los restos de las unidades de infantería creó el
batallón Patria. Organizó un escuadrón ligero de Caballería y otro de lanceros,
y con los presidiarios no envueltos en delitos de sangre formó una brigada;
acuñó moneda con la plata de las iglesias y fortificó los puntos más débiles del
perímetro defensivo, colocando su puesto de mando en el cuartel de Artillería.
Su viuda escribió: “Así, Torrijos, luchando
contra obstáculos y venciendo imposibles, logró, en medio de la misma estrechez
de su situación, abrirse un vasto camino en donde desplegar la energía de su
genio militar”.
Pero el número y los medios de las fuerzas
contrarias que se presentaron frente a la plaza el 7 de agosto era realmente
abrumador.
Pese a todo, los defensores no se amilanaron
plantando cara al enemigo, habiendo diferentes combates entre ambas caballerías.
Sin embargo la capitulación del ejercito de
Ballesteros, el único que podía haber socorrido de Cartagena, y el hecho de casi
toda España ya hubiera retornado al sistema absolutista, llevó a Torrijos a la
conclusión de que, prolongar la defensa de la ciudad en aquella extrema
circunstancia la llevaría a su sacrificio más absoluto.
Se firmó una honrosa capitulación, marchando
los principales jefes de la guarnición al exilio.
Por la tarde del día 3, la Junta Directiva de
TORRIJOS 1831 fue recibiendo en el hotel Carlos III a los descendientes
de la familia López Pinto que, desde diferentes lugares de España fueron
llegando a Cartagena, constituida por Ignacio López Pinto, Victoriano López
Pinto, Concha López Pinto y marido, Magdalena López Pinto y su marido, y
Bernardo López Pinto y señora.
Desde estas páginas queremos elogiar el buen
talante de todos los componentes de la familia López Pinto, cuyo trato con
TORRIJOS 1831 ha sido sumamente enriquecedor, tanto en lo cultural como en
lo personal. Sin duda, ha nacido una amistad cargada de futuro.
En la mañana del día 4, sábado, los miembros de
TORRIJOS 1831 y de la familia López Pinto recorrieron, de la mano del
cronista de Cartagena, Gómez Vizcaíno, la ciudad. Una visita por los lugares
históricos acompañada por una excelente explicación, que nos dejó un
extraordinario recuerdo.
Por la tarde, ya con el grueso de la Asociación
en Cartagena, el colectivo fue invitado por la Concejalía de Cultura al
espectáculo de capa y espada del siglo XVII que tuvo lugar en el patio del
Archivo Municipal, el cual recupera la práctica de los duelos en diferentes
fases, así como varias escenografías de combates a espada. No debemos de olvidar
que Arturo Pérez-Reverte es cartagenero, y que su obra sobre el espadachín
Alatriste ha calado entre la juventud de la ciudad, que vistiendo a la usanza
del reinado de Felipe IV, practica un buen espectáculo de esgrima.
Tras la exhibición, el maestro de esgrima pidió
que una persona del público asistente, se enfrentara a uno de sus campeones. Si
lo derrotaban, el espectador ganaría como premio una hermosa espada.
“Saltó a la arena” nuestro vicepresidente
Domingo Adán, el cual, habiendo aprendido mucho de lo allí visto, y dando
muestra de su valor, propinó varias estocadas a su oponente (sensacional las dos
primeras), consiguiendo la victoria entre el aplauso y el entusiasmo del público
presente.
El propio Alatriste hubiera sentido envidia, al
ver como nuestro vicepresidente se quitó del medio a su rival.
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