Yo,
que abracé tu nombre como bandera,
guardo en mi pecho un grito de desafío:
¡qué
importa que en tu pueblo yo no naciera
para que yo te quiera como algo mío!
En
ti tengo el abrigo de mi morada;
y defiendo tu tierra con el orgullo,
de sentir como el moro que allá en Granada
lloraba por un pueblo que no era el suyo.
presentes
y tú, mi querido pueblo de Alhaurín de la Torre:
Hoy
estoy contigo, pueblo mío; a solas contigo, pueblo mío, hablando
contigo de tú a tú, como se le habla al pueblo. Otra vez me has buscado para
que hable de ti, de tus costumbres, de tu gente, de tus cosas. Y como siempre,
pienso que quizás no sea yo el mas indicado para hacerlo; pero también como
siempre, acudo a tu llamada y aquí me tienes, cohibido por la gran
responsabilidad de ser pregonero de tus alegrías y de tus bondades, pero
contento de que cuentes conmigo para decirlo a los cuatro vientos. Y
no es que me preocupe lo que
me pidas, tú sabes que haré siempre lo imposible por complacerte: me asusta lo
que no pueda darte; me asusta no merecer la confianza que en mí pones cada vez
que me llamas para hablar de ti. Pero soy raíz tuya, que si no me has parido,
si me abriste los surcos de tu tierra, y en ellos me sembraste. Y regándome y abonándome con tus mejores maneras, me has
permitido crecer en ti. Tú, viejo y noble tronco paternal, me injertaste a ti,
y hoy soy esqueje tuyo a fuerza de ser amamantado con tu savia, y en ti me he
desarrollado y vivo en ti protegido y sujeto por lazos indisolubles a tu ramaje.
Y el día que, como todos los
frutos maduros, me desprenda de tus ramas y caiga al suelo para que el viento me
arrastre forzosa y definitivamente de ti, alguna semilla mía quedará para
siempre arraigada a los surcos bondadosos de tu tierra, que no eres tú de los
que olvidan a los que te han
querido. Y de vez en cuando yo sé que seré
recordado por ti, pueblo mío, que desde el día que crucé tus lindes me
abriste tus puertas de par en par, tratándome como a otro hijo tuyo, y poniéndome
a la misma altura de los paridos
por ti. Y desde ese día quedé atado para siempre a tu nombre,
quedé voluntariamente obligado a defender esa Torre que te identifica y
que yo llevo como bandera allá por donde voy.
Y como para corresponderte no tengo otra cosa mejor, te ofrezco un amor
infinito y un profundo respeto hacia ti y hacia tu gente, hermanos míos ya
porque tú y ellos lo habéis querido. Por eso estoy aquí, pueblo mío,
cohibido como siempre que me llamas, pero dispuesto, también como siempre, a
darte lo que tengo, que es mucho menos de lo tú mereces, y de lo que mi
voluntad, de poder, te ofrecería.
Me has pedido que hable de tu fiesta. ¿De qué fiesta? te pregunto yo. En tu calendario festivo hay muchas, dedicadas a tus santos, a tu cultura, a tus costumbres; fiestas lúdicas o culturales, folclóricas o religiosas, disfrutadas no sólo por los que aquí nacieron, sino admiradas y compartidas por tanta y tanta gente que viene a ti atraídas gracias a tu generoso talante; fiestas todas ellas que te dan altura y solemnidad fuera de tus límites.
¿Te hablo de las Fiestas de San Sebastián, tu Patrón de Invierno en las que te abres en un diluvio de flores arrancadas de la frondosidad olorosa de tus jardines, y ofrecidas por manos piadosas al Santo queriendo, quizás, cambiar rosas por saetas del martirizado cuerpo de tu Patrón ?
¿Hablamos de tu tradicional y fervorosa fiesta de la Candelaria, esa Virgen de las roscas que tanto veneras? A Ella le haces la más hermosa ofrenda que pueda hacerse: la del pan; pan de Dios amasado en nombre de Dios en forma de roscas para ofrecerlas a la Santísima Virgen que las devuelve, una vez bendecidas, a las manos que se la ofrecieron.
O te hablo de tus Fiestas de Carnaval, en las que te disfrazas de mil distintos personajes, extraños unos, grotescos otro, alegres y divertidos todos, llenando las calles de música chispeante, de canciones picantes y divertidas, ahogándonos en papelillos y serpentinas arrojadas desde los jardines ambulantes de tus carrozas, compitiendo en belleza y alegría con otros carnavales de otros pueblos, y viejos ya en la Historia.
Podemos hablar, si quieres, de la incomparable grandeza de tu Semana Mayor, semana de pena profunda y dolor contenido, pero que celebrada por ti parece que la tristeza de la pasión y muerte de Jesús se hace más llevadera, a la espera de la jubilosa alegría que te invade paseando a Cristo Resucitado, recién estrenado en tu luminoso Domingo de Resurrección.
También puedo hablarte de tu Festival Torre del Cante, que aún estamos heridos y traspasados por la jondura de un arte viejo ya de siglos; que siguen vibrando nuestros sentidos con los ecos, aún en el aire, de tu fiesta flamenca, fiesta creadora de escuela, copiada en muchos festivales y envidiada en todos; fiesta en la que durante una noche, mágica y misteriosa, te conviertes en el centro cultural del cante, del baile y de la guitarra, en una explosión del mejor flamenco, compartido por gente de toda Andalucía y aun de España, atraídos por los casi treinta años de gloriosa veteranía de un Festival que hace tiempo traspasó todas tus fronteras, y que tenía que ser y ha sido, declarado de interés nacional.
Estas
son parte de tus fiestas. Pero tú me has llamado para que te hable de la más
popular, de esa por la que hoy mismo tu Torre arde en luces y estalla de flores,
para recibir, desde tu entrada, a todo el que viene a pasárselo bien contigo y
en ti: la Fiesta de San Juan Bautista, tu Patrón de verano como le llamas
orgullosamente, que no todos los pueblos tienen dos patrones que festejar.
Recordando
tantas y tantas fiestas y ferias pasadas contigo, pienso con tristeza en
aquellos queridos amigos que no estarán hoy
con nosotros en esta celebración; que nunca más podremos contar con su añorada
presencia, porque se fueron para siempre. Pero desde su parcela de cielo, seguro que participan también
de la alegría que hoy disfrutas,
pueblo mío, agradecidos de que le tengamos en nuestra memoria. Porque si bien
nos falta su presencia física, su recuerdo se mantiene vivo y se hace más
presente que nunca, precisamente en estas fechas en las que tanto participaron y
colaboraron. Sintiendo la triste ausencia de todos ellos, hoy tengo presente a
un gran hombre, un gran amigo, por su reciente y doloroso fallecimiento; y
porque siempre lo he visto, las noches del Jueves Santo, desfilar delante de su
Nazareno, bastón en mano, o llevando las andas del trono de
San Juan Bautista, en la procesión
de sus fiestas populares, orgulloso de acompañar a imágenes de tanta
devoción para él. Me refiero a Juan González Colorado, a Juan el peluquero, a
quien Dios, como a todos los demás, halla acogido en su gloria y, desde ella,
nos recuerden con el cariño que nosotros les recordamos siempre.
Pero
la vida sigue, y con ella, todas las cosas, buenas y malas, que nos toca vivir.
Y hoy estás de feria, pueblo mío, y a la feria nos vamos para hablar de ella
como me has pedido. Y de lo primero que hay que hablar
es de tus mañanas espléndidas
y transparentes, azules de cielo y amarillas de sol, en las que
te entregas en cálidas bienvenidas hacia el foráneo visitante, ofreciéndole
a lo largo de tu feria mañanera, los más nobles productos de tu tierra y de tu
tradición, para mitigarles la gana y la sed provocados por la desbordante y
contagiosa alegría con que se canta y se baila en tus sombreadas y blancas
calles.
Y al hacer un recorrido por este itinerario de fresco trasiego
y sabrosa gastronomía, me paro, al azar de lo que va a ser un largo y
agradable periplo, en el Bar Peña, de tanta solera alhaurina donde Juan Peña,
como siempre, nos ofrecerá el helor rubio y refrescante de la cerveza con su
eterna sonrisa, franca y abierta,
que te invita y te obliga a ser su amigo; vamos luego a La Escupiera, donde
Diego el Avión, o Antonio el Cartero, o Pepe Benítez o cualquiera, ellos y
ellas, te obsequiarán contentos de tu visita; y lo mismo pasa con Nicolás el
de Bartolo, y todos los socios de la Peña Los Geranios, del Mirador Bella
Vista; y saludamos a Paco Peral y a toda la afición de la Peña Barcelonista;
nos detenemos en la siempre agradable compañía de Antonio,
de Jesús, y de todos los componentes de la Peña El Olivo; imposible no
saludar a Juanita la Peraor, de La Tajá . com, de tan sugestivo nombre para una
feria; a las Directivas del Lauro Club de Futbol y de Adicat. que nunca se
quedan atrás a la hora de colaborar en la brillantez de la fiesta. Y apartándonos
un poco de la Plaza de San Sebastián y sus concurridos aledaños,
hacemos la obligada la visita a Juan Illanes, en Isaac Peral
y al Maño, en el Huerto de la Rosa, de la Barriada de la Palmilla, que
no por estar un poco apartados del centro rehuyen celebrar la feria
con los amigos...y con todos aquellos que se acerquen a regalarse con sus
viandas y refrescos. Y hay otros muchos lugares para repostar, y otras mucha
gente deseosa de ayudarte a pasártelo bien, que seguramente paso por alto, pero
que están ahí para que nadie se sienta a disgusto en tu feria, como hacen
Ayuntamiento y firmas comerciales, llenando las calles de sabrosos olores y ríos
de frescura para el calor y la sed.
Tú, pueblo mío, conviertes tus calurosas mañanas en un inmenso crisol
donde fundes la diversión y el optimismo, la música y el cante con tu
luz y tu sol. Y esa maravillosa mezcla sale convertida en la alegría de
vivir de que siempre has hecho gala y que repartes a manos llenas. Quiero, desde
aquí, enviar un saludo y mi sincero reconocimiento al Alcalde Joaquín
Villanova, a la titular de la Concejalía de Fiestas, María José Segura, a
toda la comisión de fiestas, a los servicios operativos, policía y a cuantas personas
hacen posible que gocemos de tu feria en perfecta convivencia y tranquilidad.
También
hay otras fiestas en las que tú no participas directamente porque son
celebradas en otros lugares distantes de ti. Pero en muchas de esas fiestas, el
nombre de Alhaurín de la Torre suena como brillante protagonista, gracias al
amor de tu gente, siempre dispuesta a cantar tus prendas y tu gloria por todas
partes, con poemas y canciones hechas para ti y a tu medida, poniendo en ello
todo el corazón, como lo hace un grupo que eligió el nombre más hermoso que
puede llevar un hijo tuyo: el Coro Jabalcuza.
Apareces
de improviso, canción compuesta por Paco Acosta para Alhaurín de la Torre,
cantada por el Coro Jabalcuza.
Esa es la única forma de querer: entregando cuerpo y alma por lo que se
quiere y además, cantando como lo hacen ellos.
Ya
hemos dejado atrás tus mañanas vividas a tope arrastrado por el torbellino de
cantes y bailes que inundan tus calles, y yo espero, impaciente, la llegada de
la noche para vivir tu otra
feria, nocturna y
señorial, más fresca y más sosegada, en un Real lleno del bullicio de la
chiquillería, de ruidosos altavoces de tómbolas regalando muñecas peponas y
baterías de cocina, de las llamadas a las casetas del tiro al blanco; del olor
penetrante a especias de las hamburguesas, el caliente y dulzón de las
palomitas de maíz y almendras garapiñadas, y el de azúcar quemada de los
algodones rosas... olores y ruidos conocidos y atrayentes que hacen revivir mi
niñez, cuando me divertía en parecidas casetas y atracciones parecidas.
Para
llegar a tu Real, atravieso tu parque, hermoso de flores y fresco de agua, y que
siempre me recuerda los jardines del Versalles
francés, solo que en miniatura. En sus escalinatas me paro, a recrearme en tu
recinto ferial, iluminado y amplio como la más hermosa de las avenida, y que es
seguramente envidiado por muchas ferias tenidas por importantes. Y desciendo los
escalones seguro de disfrutar, una vez más, del placer de la compañía de tu
gente, amigos todos, y todos ellos dispuestos a hacerles la visita agradable a
cuantos tengan el acierto de elegir tu feria para divertirse. Y antes de seguir
el río de gente que desciende junto a tu pequeño
rumor de agua, recto, azul y silenciosos, ¿quién no se aparta un paso y se
detiene en la Peña El Re*b*uelo a saludar a su presidente, Eulogio, y a
tantos buenos amigos y amigas que allí tenemos? Visita obligada de la que salgo
paladeando la inevitable copa de vino y contagiado de la alegría y fraternidad
que entre sus socios se respira.
Volvemos
al Real, y la Caseta de los Verdes, a la derecha, nos brinda enseguida otra copa
de bienvenida servida por Cristóbal, Hermano Mayor de la Cofradía, o por Pedro
o por Miguel, o por Antonio, ¿qué más da? cualquiera de los componentes de
esta venerable cofradía, que son muchos y buenos amigos, ellas y ellos, se
esfuerzan en su deseo de agradarte. Y con su amable palabra te agradecen la
visita y tu colaboración. Ilusión y trabajo de todo un año para una feria que
ellos pintan con el verde de la esperanza que les da la Vera Cruz.
Muy
cerca de los verdes, juntos pero no revueltos, la caseta de los Moraos nos
invita a otra parada, atendido
igualmente por el Hermano Mayor de la Cofradía, Ignacio. Y si él no está
presente, pues Frasco, Alfonso, Juan José, o todos ellos a la vez, que te han
visto llegar y se les ha alegrado la cara por tu visita.
Otra
copa, esta vez con sabor a nazareno, bebida con moderación, que no por estar en
esta caseta tenemos que ponernos moraos de valdepeñas, que ya llevamos unos
cuantos, y luego viene la policía con la soplaera, y nos aguamos la feria.
Tu
feria, pueblo mío, que sin estas dos casetas de verdes y moraos no sería la
misma; con ellas tenemos que
colaborar no sea más que para alentar la inmensa labor de estos hombres y de
esa rama femenina de ambas cofradías, labor
a veces poco reconocida, pero que tantas horas de su descanso y ocupaciones les
dedican, para que en este, como en otros eventos, lúdicos o religiosos, podamos
disfrutarlos plenamente con los demás.
En
el Rincón Cubano atendido por Izquierda Unida, y a los sones de la música
caribeña, charlamos saboreando el refrescante mojito, y entramos en la Caseta
Municipal, que nos ofrece el lujo de las actuaciones
más atrayentes y variadas: copla,
canción moderna, flamenco, toda la música está representada con artistas de
primera fila. Una mínima emulación de río viene a desaguar en un lago de
azules teñidos y transparencia de luz artificial, en marejadilla constante por
la delgada y vertical cascada que lo oxigena. Y en su apetecible frescura descanso un rato
antes de meterme en la locura psicodélica del bombardeo de vatios y decibelios
de la Calle del Infierno, que no hace honor a su inquietante nombre porque niños,
jóvenes y menos jóvenes, se encuentran en la gloria subidos a carruseles y
columpios, a norias y barcos viquingos, en un griterío irreprimible de
escandalosas sorpresas y de miedos fingidos. Y continuo, entre tamponazos de
coches choques y los silbidos del Tren de la Bruja, para encontrarme frente a la
doble Caseta de la Juventud, espaciosas para dar cabida a tu hermosa gente
joven, que es mucha y buena, pueblo: Que no te equivoques ni hagas casos de todo
lo que se dice de esta juventud, riente y bulliciosa cuando se divierte, pero
seria y responsable cuando tienen que serlo; que la conozco bien, pueblo mío,
porque me trato con ella y sé que son gente noble y maravillosa. Y entro a la
caseta, no para bailar, que ya me duelen mucho
los huesos para apuntarme a esta gimnástica discotequera, pero sí para ver
como se divierten alegre y ruidosamente. En esa juventud está nuestra
esperanza, pueblo mío, no la critiquemos sin juzgarlas. Y los dejo con sus
bailes tribales y acrobáticos,
lamentando no tener mis lejanos veinte años para mezclarme y divertirme con
ellos y participar de sus cuerdas locuras. Y emprendo la vuelta,
maravillosamente fatigado, y algo borracho, más de ritmos exóticos y
sensaciones placenteras, que de vino, que he calmado toda mi sed, pero
moderadamente. Desde lejos me invade un agradable olor a churros; y asaltado por
una repentina prisa, llego a la acogedora y golosa caseta Nuestra Sra. del
Carmen, que nunca falta a su cita con nosotros, y repongo fuerzas agradablemente
sentado delante de la humeante y exquisita taza de chocolate, en el que ahogo
las porras recién salidas de la enorme sartén.
Desde
aquí veo y oigo el fin de tu feria, en ese maravilloso alarde de luz y color de
los castillos de fuego. Por un momento me deja sin voz la catarata de flores
encendidas que cae desde el cielo. El tremendo bombazo de la traca pone punto y
final a cinco días de contagiosa alegría.
La
pupila, pálida y enorme del reloj que tengo enfrente, me anuncia severamente lo
tarde de la hora. Es madrugada, y la luna, a horcajadas sobre el Jabalcuza,
derrama sus últimas gotas de rocío
lunar sobre el silencio que ya empieza a cubrirte, antes que el sol la obligue a
desaparecer envuelta en la calidez de su aliento. Ya huele a pan de Dios recién
cocido al pasar por la puerta de tus tahonas, y lo gallos dan al aire su sintonía
matutina. Y yo camino pegado a los muros de cal de tus casas blancas, buscando
la mía con la desgana de no querer dejarte, y pensando ya, a la distancia de un
año, reencontrarme contigo en esa relación de amistad y respeto
que siempre hemos tenido.
Me
queda, sin embargo, otro esperado momento de estar contigo: tu Romería en el
Arroyo del Pinar: mañana de sol y aire para comer entre los pinos con música
de chicharras de fondo; madrugadas de canciones y bailes haciendo la rueda con
el pandero blanco de la luna alegrando la fiesta, y bajo el amparo de San Juan,
que no dormirá en toda la noche, atento en su carroza a la movida que se pasa
en el Arroyo, como un guardián que velara sobre sus romeros y romeras,
incansables en su afán de disfrutar el día más esperado. Maravillosa tu típica
romería, en la que todos debemos y tenemos que volcarnos con una participación
masiva, porque es la culminación de las fiestas a tu Santo Patrón.
Esta
es tu feria, y así he querido reflejarla. No sé si he sabido interpretarla a
tu gusto y deseo; pero de lo que puedes estar seguro es que no he hecho más que
escribir lo que el corazón me ha dictado, sin cambiar ni una sola coma que
pudiera hacer mi conversación contigo más brillante o más halagadora, y
porque es así como yo la vivo. Gracias pueblo mío, por escucharme con la
atención que lo has hecho. Y como final, sólo te pido que unas tu voz a la mía,
que tu voz amiga me acompañe en un grito que suene más fuerte y mejor que todo
lo que acabo de decirte:
¡Viva
San Juan!
¡Viva
la Feria de San Juan!
¡Viva
Alhaurín de la Torre!
Paco
Acosta. Alhaurín de la Torre, 20 de junio de 2002
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index de las fiestas San Juan 2002