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Kafka en la Gran Vía

Cuentos y relatos globales. 30.12.07 

Javier Guerrero.- Madrid.- javierdivisa@yahoo.es
El tipo se me acercó con cierto vergüenza y me preguntó con una educación de otras épocas, allá por finales del siglo XIX.
- ¿Le importa qué tome asiento? – su pregunta, que era presagio de soledad, parecía a la par arraigada a su hábitos.
- No. No hay problema. Tome asiento.
Pidió una cerveza y empezó a beberla con una serenidad y melancolía, que eran como reflejos de bohemia y cierta tristeza matizada en la humedad de sus ojos.
- A menudo hablo con extraños. Soy un hombre que buscó la soledad, pero tampoco he de asumirla a perpetuidad, pues sería demasiado doloroso y ya tuve una vida demasiado atormentada y compleja, como para prolongar los sufrimientos. Verá, yo no soy de estos tiempos, pero me pudo la curiosidad acerca del devenir de los acontecimientos en los años venideros, y decidí salir del cementerio judío. Y he sufrido con ese viaje, pues he visto el drama como parte importante y consustancial a la vida.

El holocausto de los nazis, la guerra civil de su país, las guerras  mundiales, los islamistas fanáticos, la ruptura del este de Europa, las miserias de La India..., pero a menudo también me encontré con gentes que parecían dar nuevos bríos y algo de aliento y esperanza al mundo. Caballero, soy Franz Kafka. Nací a finales del XIX, un tres de julio de 1883 muy cerca de la iglesia ortodoxa de San Nicolás. Ya sabe, en Praga, en una antigua edificación ubicada en la frontera del guetto judío, y aunque mi idioma materno fue el alemán, el checo me vino dado por imposición y voluntad paterna, pues mi padre era de Osek y allí había una comunidad de judíos que hablaban checo, y quería mi difunto padre que yo tuviera fluidez en ambas lenguas, la alemana y la checa. Imagino que conocerá algún detalle acerca de las cuestiones relevantes a mi educación primaria, al menos lo puedo intuir por todos estas últimas promociones de mi vida y obra que hacen las editoras y los medios de comunicación, que en cualquier caso me halagan porque cierta vanidad por leve que sea tienen todos los hombres, no obstante le haré saber, por si sus afinidades abarcan otras artes o autores, lo cual es respetable, que fui a la escuela primaria Deutsche Knabenschule...
A continuación me preguntó acerca de si tenía otros quehaceres, y sobre si la historia estaba fuera de los límites de mi interés. Le dije: prosiga Franz.
...Al contrario de lo que muchos han dicho, yo no tenía tantos temores acerca de mi persona cuando era niño. Ayer lo leí en la prensa. Un artículo dedicado a los niños con temores kafkianos, a los que define el columnista como aquellos que sienten los miedos de la repulsión, de ser rechazados por los demás, en base a su aspecto físico, en el que obviamente no se sienten cómodos, y en base a sus comportamientos psicológicos encerrados en la burbuja de la timidez. Otro periodista de una revista francesa escribía en esta dirección: Kafka era un muchacho pulcro y austero, de conducta tranquila y fría, que causaba admiración e impresionaba al resto de los niños de la escuela con una sobresaliente inteligencia y un sutil sentido del humor. Pues mi querido amigo, sin ser mis intenciones equilibrar las razones y las fuentes de uno y otro autor, y sin ser demasiado nítido el recuerdo de mi infancia, creo verme en el subconsciente, o en el rincón de la memoria que toda alma posee, como un niño que quizás tuvo prematuras inquietudes jurídicas, pero que no vivía en el aislamiento o en los miedos que la sociedad llamaría anormalidad, ni tampoco sobresalía por unas capacidades intelectuales y volitivas que le otorgaran liderazgo o adquisición de la condición de mejor muchacho de la escuela primaria. Normalidad, señor, normalidad, que viene a ser algo así como el equilibrio de la balanza, en la cual a un lado estarían los demonios interiores y al otro las victorias sobre esos demonios dañinos, que vienen a ser los problemas psicológicos y de espíritu. Contrariamente a lo que se ha dicho, no era la pieza clave, ni el protagonista, ni el principal activo en la organización de las actividades literarias, sino uno más de un grupo con notable implicación. Luego fui a un instituto ubicado en Kinsky Palace y empecé el bachillerato, y decidí que quería estudiar leyes. Así pues, completé el examen de bachillerato en 1901 y comencé a estudiar derecho en la Universidad de Charles, hasta que me doctoré cinco años más tarde. A continuación comencé a trabajar como pasante en una agencia de seguros de accidentes laborales, y allí estuve rodeado de mediocridad, que no es una condición innata o consustancial a la persona, sino más bien una consecuencia de la rutina del trabajo, de la monotonía de las redes de producción, y una de las múltiples variantes que trae consigo la explotación. En la agencia había un joven con una calvicie incipiente y unas arrugas demasiado vertiginosas y feroces para sus treinta años. Aún lo recuerdo a la luz de una mísera lámpara dejándose los ojos entre números y asegurados, aún lo recuerdo, solitario, sin levantar la vista cuando los demás marchaban y se perdían entre las neblina de las calles, aún lo recuerdo, triste como un condenado entre los barrotes de una celda, con el áspero sabor que deja en la boca el estómago vacío, día tras día. Luego había hombres que absorbidos por la miseria de sus frustraciones y la desidia de la insatisfacción me trataban de  modo despectivo y se referían a mí como el triste, el deprimido o el rebelde de la nostalgia aposentado en su rincón viendo trabajar al personal. Ahí me empezó a brotar una parte de la tristeza, que tanto han dicho, me definía, cuando empecé a equiparar a los hombres y a las máquinas, los hombres, tan necesarios para que giren las manivelas del sistema de producción. Escribí Consideración. Luego La Metamorfosis. Supongo que sabrá algo de Samsa, aquella historia del tipo convertido en el monstruoso insecto, de soledad, de impotencia, de amargura y de avocamiento al dolor de los seres humanos. Quizás salí algo trastornado de aquellas palabras rodeadas de angustia e incomprensión, y en mitad de un trastorno mental, por leve que fuera, y  demasiados pensamientos, tuve más propensión a la enfermedad, y un médico me dijo con toda notoriedad que tenía tuberculosis. Como recuerdo ahora a mi hermana Ottilie, tan cómplice en mis inquietudes, y en mis desengaños, tan hábil como enfermera, mi querida hermana, el caparazón de mi débil cuerpo convaleciente, el contrapeso de la tiranía de mi padre, que sufrió el curioso efecto balsámico del paso de los años y al fin pudo relajar la autoridad de sus reacciones. Ya lo apunté en cierta ocasión, caballero, ya referí acerca de la notable influencia de las ilimitadas exigencias de la patria potestad en mi obra. Luego conocí el amor, el primero, que me vino tardío, nada menos que con 37 años, que fue algo similar a encontrar un oasis tras años caminado por el desierto, Milena, de afinidades artísticas y belleza de exploración, amigo, de esas mujeres que a primer golpe de vista pueden pasar desapercibidas, pero ganan en la observación, cuando la mirada ausente adquiere matices intimidatorios en la cercanía, y acuosidad, y reflejos de un verde cristalino rodeado de seducción y apetencia, y de la piel del rostro y de la boca llegan los aromas perdidos en la distancia, que son los aromas del jabón y del aliento, tan cautivadores en la temporalidad, y sometidos a la inercia del desgaste, a pesar de que ambos buscamos la eternidad. No me era favorable el entorno, y empecé a caer en la distracción, procedente de la graves contrariedades con mi padre, y perdone por mi egoísmo, pero algo hubo en los tiempos concedidos a la buena de Milena, que en cierta medida hicieron perjuicio a mi trabajo, lo cual fue una afirmación en la intimidad de mi alcoba frente a sus gestos de incomprensión que precipitó mi viaje y anticipó el desamor. Final amargo, tan aliado del egoísmo del creador. Me fui a Berlín, con la esperanza de recobrar inspiración y retomar obra, pero resurgió la imagen más cercana de Milena y sentí más dificultades de las previstas para la literatura. En algún momento pensé en escribirle una carta de amor y arrepentimiento, pero tuvieron lugar un pensamiento y un acontecimiento. Por un lado, el pensamiento estribaba en mi negativa a recaer en los errores que cometí con Milena y en el rechazo de que ella al cabo de un tiempo volviera a sufrir. Por lo tanto, jamás hubo carta desde a Berlín. Ella tenía todo el derecho del mundo, sin interferencias, ni intermediaciones, a rehacer su vida en Praga, a vivir ajena a Kafka, que a veces era un hombre muy complicado y muy triste. Por otra parte, en la última etapa de mi vida conocí a Dora, descendiente de familia judía ortodoxa, mi compañera definitiva, joven y fresca de espíritu, infantil e inocente de rostro, que había huido de su pueblo a Berlín y me aportó gran influencia en todo aquello de mis intereses en el judaísmo, Dora, sigilosa como una sirena, espectadora de mi pluma en la creación, volcán en el lecho, entregada a mi dolor y hábil ante los tormentos de mi complicada existencia. De mi obra no haré demasiadas menciones, pues sería abuso de su confianza y las agendas del siglo XXI vienen predominadas por la urgencia y será usted hombre de obligaciones y arraigadas costumbres, así pues, haré uso de brevedad, con estas menciones. Descripción de una lucha, en mis inicios, allá en 1904, Un médico rural, en 1909, Contemplación, cuatro años más tarde, obra en la cual se recogen relatos como Transeúntes, Los árboles, o Desdicha. La condena, 1912, América, que comencé en  1912 y me publicaron en 1927, La metamorfosis, 1915, Carta al padre, 1919, El castillo, 1922, El proceso...Luego llevaron al cine varias versiones de El proceso, y la de Orson Welles pude verla en Londres, en un cine de Oxford Circus, hace más de cuarenta años, y era mucho mejor que la versión de David Jones, y otras tantas llevaron de La metamorfosis y El castillo. Durante mi corta vida, apenas publiqué más que unas cuantas historias, por lo que supongo, deducirá, no hice demasiado ruido en los corrillos literarios, siendo notoria mi obras tras el funeral. Yo le había dado instrucciones a mi amigo Max Brod, muy implicado conmigo en las primeras actividades literarias y teatrales, le había dejado el testigo de destrucción de los manuscritos, pero finalmente no guardé rencores acerca de la desobediencia sino agradecimientos, pues a él le debo la difusión de mi obra, y la creación de la figura de Kafka. Se lo debí decir en uno de esos días en los que yo era yerba amarga, que era un seudónimo de tristeza infinita en los días más grises, con las brumas interiores, y la desesperación, el pesimismo y la pena rondando por mis complicados adentros. Dora había guardado en secretos casi todos los escritos en su poder, aquellos más intimistas y con referencias a su condición de amante y compañera, pero un buen día apareció la Gestapo, y los confiscó, la Gestapo, siempre tan inoportuna e impertinente. Luego, parece ser que hoy también hay búsqueda a escala internacional de mis escritos desconocidos, pero no son más que unas cuantas cartas escritas en checo a Milena, que no tengo intenciones de desvelar, ni poner a nadie en  pistas cercanas al paradero y también unos diarios en los que aludo al insomnio y los dolores de cabeza que vivían anclados en mi cuerpo en los días previos a  mi muerte, y bien que me cuide, y me hice vegetariano y muy naturista, y consumía litros de leche sin pasteurizar, y ahí achacaron los médicos el factor desencadenante de esa tuberculosis, de la que nunca llegué a recuperarme, ni en el hospital de Praga, ni en el sanatorio de las afueras de Viena, que fue donde dejé de sufrir el 3 de junio de 1924, y adquirí el sueño eterno en mitad del insomnio. Fui llevado a Praga ocho días más tarde, donde fui enterrado, en el Nuevo Cementerio Judío, Kafka, el ser atormentado y complejo, que sufrió las embestidas de sus pensamientos y de la enfermedad, pero que gozó la vida con una intensidad fuera de las fronteras de lo común, y que expresaba en sus diarios acerca de demonios, desamparo, soledad, persecución...En cuanto a interpretaciones críticas, no trato de dar sentido a mi obra en base a una única corriente, y doy las gracias a todos los investigadores que establecieron entre vigilia y trabajo sus posturas, porque si eso encontraron sus constantes voluntades en las noches de esfuerzo, algo habrá querido amigo, desde los que me ubican entre la desesperanza y el absurdo y aluden a una obra emblemática acerca del existencialismo, pasando por los que escribieron sobre mi influencia marxista en las sátiras que hice de la burocracia en libros como El castillo, hasta los que apuntan en direcciones anarquistas por aquello de mi anti-burocracia. Hubo quien habló de mi obra como prisma del judaísmo, quien le dio interpretación freudiana en base a mis conflictos familiares, quien alegorizó hacia una búsqueda metafísica de Dios, hasta quien mencionó mi humor surrealista, tal vez el día en que yo no era yerba amarga. Y con esto señor, doy por concluida mi distracción de soledad diaria.
 El hombre, que era mucho más viejo que Kafka en su expiración, se fue vagando por la Gran Vía, con mucha humildad y mucho sosiego en los pasos, envuelto en un aura entrañable de bohemia, soledad y tierna locura. Kafka se perdía entre el gentío de la Gran Vía.
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