En fin, que yo me creía muy listo, y creo que hacía las cosas con coherencia, la coherencia del malhechor, hasta que me pillaron, debido a causas incontrolables, que son las del infiltrado, que parece el que trae la sofisticación al delito y el más inteligente de todos y te está traicionando por la vía del Estado, que al parecer es la legal. Son mis intenciones comentarles acerca de que lo peor de delinquir es la condena, la cárcel, pero les anticiparé algo acerca de mis actividades delictivas a modo breve.
Así pues: desfalco, falsificación de obras de arte, tráfico de influencias y corrupción inmobiliaria. No, no se ofusquen, ya sé que no soy una joya y que los principios se me desvanecieron allá cuando me abandonó la pubertad, pero poco a poco encontré la corrección en la cárcel. La cárcel. Nada supo el inspector Pacheco de la existencia de mi jefe, Jonathan, que andaba por aquellas fechas de infiltración en la República Dominicana medio alcoholizado y rodeado de mulatas de esas que te llaman papito y abren la bragueta, la botella y la cartera. Jonathan me visitaba una vez al mes y me llevaba tabaco y periódicos atrasados y bolsas de frutos secos para matar el tiempo y me dejaba fotos de las mulatas para que las llevara en la cartera y las pusiera en la celda. Así te respetarán más, Toni, te respetarán y serás la envidia de la prisión, incluidos los carcelarios, que aquí en la cárcel anda todo el mundo muy caliente. Joder, muy caliente, Jonathan, a ver si me la van a meter. No, no será así. Hazte fuerte, y sé una especie de rey del mambo para ellos, y cuéntales cuantas veces te tiraste a cada una de las mulatas, a Mariela, a Cristal, a Gladys. Y cuéntales de República Dominicana, y de París, y de Sicilia, y Los Ángeles, que aquí es muy fácil impresionar.
¿Qué necesitas Toni? Y Jonathan se empeñaba en darme dinero, que era una hábito muy arraigado en su deambular por la vida, Jonathan el generoso incumplidor de la Ley, tan acostumbrado a ir repartiendo por ahí el dinero que no era suyo, o que le pertenecía en el entorno de ilicitud de sus actos, Jonathan que se ponía a llorar a la hora de la despedida, Jonathan con esa apariencia hortera de la riqueza reciente, enjoyado, vestido con amplias camisas de seda que disimulaban su infame obesidad, con sus gafas sol que le ocupaban media cara y enseñando en la sonrisa tres o cuatro muelas de oro, Jonathan, una especie en extinción que no veía la hora de establecer su retiro en Algeciras.
Pero el caso es que Jonathan era respetado por los presos, pues les gustaba esa estética tan cañí y tan folclórica y tan de jefe de banda de contrabandistas, y de vez en cuando se arremolinaban algunos delincuentes de baja escala a su alrededor porque sabían que les podían caer algunos billetes y les gustaba oírle hablar con esa fanfarronería y chulería que tanto anhelaban ellos en la calle, y eso me ayudaba a llevar los días en prisión. Reitero, me ayudaba, pero no me concedía la salvación. La cárcel. Aquello era una jungla. Mejor, el circo de las fieras. Todos los animales, comiendo como animales en el comedor con el mismo olor que el comedor de un hospital, de un colegio, de una residencia de ancianos o de un psiquiátrico, salvo con las esencias añadidas de unas glándulas sudoríparas que anulaban la vida y los recuerdos de los tiempos de las fragancias marinas y las señoritas parisinas de los labios rojos.
Sería por la cultura de la calle, por las atrocidades y por los vicios trabajados, o por lo que fuera, allí estaba el tierno cervatillo al alcance de la hiena sadomasoquista, la hiena maloliente, la mariquita drogadicta, el tigre de Vallecas sodomizador buscando a la hiena sadomasoquista, la serpiente hiriente como el filo de la navaja, el oso tierno buscando a su vez a la mariquita drogadicta, el camaleón que no hacía ascos a ningún vicio, el sabueso ladrador que atenuaba el ladrido ante la presencia del tigre de Vallecas, el loro chivato, el oso juguetón,... Se pasa mal amigos, se pasa mal, y el tiempo ni siquiera fluye con lentitud, el tiempo se para y te contagia una ansiedad plomiza que te oprime la garganta, te minimiza el pene y te hace ver que nunca estuviste peor. Se llama etapa depresiva carcelaria. En la cárcel la convivencia es difícil, porque hay muchos canallas, porque allí va lo peor de la vida en el exterior, de lo cual también me hago propietario, dueño y señor de mi condición, si no de escoria, de tramposo y delincuente ávido de dinero y buena vida, que para eso aprendí que era muy corta y me hice ateo y me la traían al pairo la moral y los principios, que yo nada más que veía metas y objetivos, aún a costa del bolsillo de los otros.
Allí había uno que había violado a una niña veintisiete veces y decidió matarla el día de los Reyes Magos, y todo el mundo quería ver muerto a aquel sujeto acomplejado, primo hermano de Lucifer y amigo de los repugnantes internautas de la pedofilia, que llevó a cabo semejante atrocidad, pero a mi me daba un miedo del demonio cuando me cruzaba con él, y me entraban unos escalofríos que derivaban en taquicardias y por instantes tenía las imágenes de la niña que se me aparecía entre la nebulosa como muy bonita y muy rubia, y con los ojos azules de muñeca antigua, y empecé a creer que yo era un preso con sentimientos, indecente pero con algo de apego a la lástima. Qué pena que a un hombre le tenga que humanizar la cárcel. Hombre divorciado de cincuenta y dos años rapta a una niña, la viola en reiteradas ocasiones y la mata. Los vecinos comentan ante las ávidas cámaras televisivas que el tipo era normal, era bastante educado. Y la niña, que era su vecina, se comportaba de manera correcta. ¿Se comportaba de manera correcta? Tenía tres años y se comportaba de manera correcta, lloraba, aprendía el sentido de la posesión, cantaba las canciones de los pitufos y de los teleñecos y apartaba a los niños del tobogán. Quizás esperaban que la niña hubiera tratado de ponérsela dura al monstruo con su maquillaje de vampiresa, su cabello rubio de Barbie, sus braguitas rojas y sus habilidades sexuales de emperatriz. Y allí estaba el monstruo, y allí estaban los reclusos que nunca le preguntaban en los previos de la sodomización y la botella, y la dulce criatura descansando en el cielo de los niños.
En la cárcel lo peor es la soledad, que es lo que acompaña a los violadores y los perros del maltrato, y a los asesinos de la condición más infame, porque si eres solitario te van a hacer la vida imposible y te van a descubrir el orificio anal, con botellas o con penes de verdad, que allí la gente está muy salida y hay demasiadas alianzas con la aberración. Les aseguró que a salvo quedé de la atrocidad de aquellas prácticas. Hay que tomar partido, amigos, hay que decantarse por un clan para tratar de distraer la vida y pasar desapercibido. Allí teníamos el grupo del Justiciero de Montera que se había cargado a tiros de rifle a doce proxenetas y tras la masacre se fue de putas a la Casa de Campo, a celebrar la masacre, y había neta reverencia y respeto ante su presencia. También estaba el grupo de Oso Flores, una institución en el mundo del narcotráfico y en el sub- mundo de los bares más canallas de Chueca, el Oso Flores siempre dispuesto al ejercicio activo de su homosexualidad y al trapicheo de cocaína en el patio, el Oso Flores, probablemente el tipo más vicioso de la cárcel, una especie de actor porno real, una especie de loca peligrosa atemperada con droga y sexo en las lindes de la zoofilia. Y el mío, que era el grupo de Pancho Abril, un cantante de rancheras de segundo o tercer nivel que hastiado de abucheos se pasó al mundo de la noche y se montó un burdel de cuarto o quinto nivel, burdel Pancho´s, el único burdel del país donde es más barato follar que beber, Pancho con su legión de mujeres de la tercera edad, mujeres derrotadas descubiertas en el mercado negro de la desgracia, en el mundo de los descampados de toxicómanos y de la indigencia, mujeres al cobijo de la casa de Pancho, que suplía sus carencias con afecto y droga buena, y les decía: chicas os quiero, Pancho, vuestro papito os quiere y os recuerda que trabajar de puta es el trabajo de la generosidad y la dignidad ¿Qué hay más generoso qué ofrecer vuestro cuerpo al prójimo necesitado? ¿Qué hay más digno que dar rienda suelta a la aberración? Pancho tenía pocas luces, pero en la cárcel no hay mucha gente lista. Los muros de la cárcel aparte de acoger el mundo de los tarados mentales, los obsesos sexuales y los psicópatas, acogen el mundo de la torpeza en unas dimensiones difíciles de encontrar en cualquier otro entorno.
Por culpa de Pancho Abril me hice asiduo a la cocaína, la coca que fluía por los rincones de la prisión, pero al menos no me convertí en un adicto indiscriminado a los psicotrópicos, coca, solo coca y bajo prescripción de Pancho que sabía mucho de droga y de gente baja. Y así pasé algunos capítulos de mis días en prisión, en los que a fin de cuentas, quedé exento de sodomización, porque eso no lo iba a tolerar y ni mis características ni mis delitos guardaban afinidad con el sodomizador, o si lo prefieren con el tigre de Vallecas. El día seis de octubre de 2007 salí a la calle tras haber cumplido mil ciento quince días en aquel infierno provisional, y recibí visita de Jonathan, que controlaba lo mejor del hampa en Europa, y me dijo: tengo un negocio para ti, en Praga. Y yo le dije: Jonathan, algún día te van a coger y vas a venir a esta jodida jaula y vas a odiar las malditas horas de tus negocios. Y él puso una cara muy filosófica: perdona Toni, perdona, esto de la cárcel reforma la moral. Y me fui a abrazar a mi madre, que era la mismísima Virgen María al lado de todo aquel fango que había asumido previamente, y en el que juré no volver a hundirme. |