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El cielo
Pedro Biedma. 28.02.21 
En mitad del bosque lo encontré, fue por pura casualidad, allí se situaba, frente a mí. Un árbol enorme, su tronco se hallaba fundido con una amplia escalera de caracol, carecía de hojas y ramas. En el suelo, una señal de mármol blanco cuadrada y grabada con letras negras, la frase "CAMINO HACIA EL CIELO", no salía de mi asombro.
Sin pensar, me posé en el primer escalón y aferré mis dedos al pasamanos. Ya no recordaba por qué estaba en aquel boscaje, ahora mi única intención era la de encontrarme cara a cara con él y pedir explicaciones.
Elevé la mirada, no se divisaba el final, así que a un ritmo acelerado comencé a subir, al principio de dos en dos, más tarde el cansancio me obligó a rendir pleitesía a cada uno de los peldaños.

Transcurridas un par de horas, mis fuerzas escaseaban, el sudor inundaba mi cuerpo, por mi mente paseó la idea de abortar el viaje, pero alcé la vista y comprobé que me faltaba muy poco para alcanzar la meta. Esa percepción reavivó mis energías, apenas quedaban unos metros de escalada.

A los pocos minutos llegué al fin de la escalera, el último escalón enlazaba a la perfección con la entrada de un descomunal palacio blanco.

Un rótulo luminoso lucía en la parte superior de la fachada, en él podía leerse la palabra "CIELO", no en color blanco como cabía esperar, su tonalidad era rojiza. No existía puerta principal por lo que me adentré sin previo aviso.

A pesar del aspecto cuadrado que se observaba desde fuera, el interior se reducía a un estrecho pasillo con las paredes y el techo color marfil. Anduve cientos de metros sin coincidir con nadie, en tono jocoso exclamé:

-¡Aquí no hay ni Dios!, ja, ja, ja.

Mi risa retumbó por toda la estancia, incluso me ruboricé al pensar que lo podía haber oído alguien.

Seguí caminando un largo trecho, hasta que me encontré con una puerta de madera, color rojo, en el centro de la misma, colgaba una placa blanca impresa con letras negras y en la que podía leerse "DESPACHO DE DIOS, LLAME ANTES DE ENTRAR".

No lo podía creer, solo una pared me separaba del creador, me pellizqué para asegurarme de que no se trataba de un sueño. Todas las preguntas que tantas veces le planteé desde mi sitio en la Tierra, mi mente las había olvidado de repente.

¿Qué le cuento yo a este hombre ahora?, se imaginará que soy idiota, murmuré.

Me armé de valor y golpeé la puerta un par de veces, una frágil voz respondió:

-¡Adelante!

Con la mano temblorosa y mucha parsimonia giré la manilla, agaché la cabeza, abrí la puerta, entré y cerré la misma sin despegar mis ojos del suelo.

Poco a poco me di la vuelta y levanté la testa, allí estaba él, sentado en una vieja silla, con su mano derecha apoyada en la barbilla, observándome. Permanecimos en silencio unos segundos hasta que se levantó y me dijo:

-Sé lo que estás pensando Alberto, no tengo la apariencia que esperabas, mido 1,60, soy calvo y la belleza brilla por su ausencia en mi ser. Este es el lugar donde paso mis días, una habitación de 10 metros cuadrados, con un sencillo mobiliario, una cama, una silla, un armario y un amplio escritorio. Tras esa pequeña puerta, guardo con recelo mis creaciones, disculpa que no te las muestre.

Lo interrumpí:

- Pero no comprendo, ¿Y San Pedro?, ¿Y los que suben aquí tras su muerte?

- ¡Calla y escucha!, no voy a contarte cómo llegué aquí, ni quienes son mi familia, sería muy largo, no dispongo de tanto tiempo y además son datos que no te interesan. Voy a ir directo al grano, no me llamo Dios, ese es mi seudónimo, mi nombre real es José. Mi edad es la que aparento, 55 años y moriré cuando al destino le venga en gana. Igual que tú, yo soy escritor, con la única diferencia que tú solo eres uno más de los millones de personajes que he creado en mi extensa novela, llamada "El mundo". Yo tengo el poder de cambiar a mi antojo cualquier elemento que existe en tu mundo, yo creé mi propia leyenda, mis milagros, mis ficticios padres, San Pedro, el infierno, las guerras, los atardeceres, tus escritos, etc, etc. En unos minutos puedo narrar tu principio y final a mi antojo, por eso la percepción del tiempo no es la misma para ti que para mí. Podría seguir hablando contigo horas y horas pero comprenderás que debo avanzar en mi novela.

De nuevo intervine:

- Pero, cuándo matas a un personaje, ¿Dónde va?

- A ningún sitio, sois nada más que parte de mi ficción, igual que cuando en tus relatos muere alguien, fallece y desaparece de la historia, sin más. Te voy a regalar una de mis plumas, me consta que te encantan. Por cierto, te diré que yo también necesito alimentarme, pasear, tengo amigos y familia, enfermo de vez en cuando, me remuneran por mi trabajo, es decir, me parezco mucho a los personajes que creo. Lo único que nos diferencia es que mis escritos se hacen realidad allí de donde tú vienes. Detrás de la enorme casa en la que nos hallamos, existe un mundo muy parecido al vuestro pero real.

Guardé la pluma dorada que me ofreció en el bolsillo de la camisa y le pregunté:

- ¿Piensa cambiar mi maldita suerte en los próximos capítulos?

Me miró fijamente y comentó:

- Sinceramente no, lo siento, eso supondría tener que modificar la suerte de otros protagonistas por los que siento un mayor aprecio, pero prolongaré tu aparición unas páginas más. Por favor, ahora márchate, tengo bastantes cosas que escribir.

Decepcionado empecé a correr hasta alcanzar el primer escalón. La velocidad que llevaba me hizo tropezar y caer al vacío.

Menos mal que iba a alargar mi existencia, habrá cambiado de opinión, pensé mientras volaba en la nada.

De repente me desperté sobresaltado, todo resultó ser un mal sueño. Sequé el sudor de mi cara y me dirigí a mi escritorio para plasmar el sueño.

Cogí mi cuaderno de relatos, tomé una pluma y escribí el título: "EL CIELO", la tinta manchó mi mano derecha, al soltar la pluma en la mesa me percaté de su color, era dorada y con una D marcada el la parte central, aún hoy, intento acordarme dónde y cuándo la adquirí.

PEDRO BIEDMA 
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