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Baronías y felonías
Jose Maria Barrionuevo Gil. 29.11.20 
Podemos pensar que en estos tan antiguos tiempos de confusión y sinapismo se nos puede permitir poner en negro sobre blanco algo más que no sean parches. La Medicina, ciencia de siempre en vanguardia de la humanidad, nos ha hecho ver que la mejor medicina es la prevención y si esta se queda descuidada, entonces hay que considerar solamente aquella que cura. No siempre hay que abrir ni, mucho menos, cortar por lo sano, aunque a algunos les guste rajar más de la cuenta. Sabemos que siempre nos consuelan los doctores, pero una vez puestos y expuestos ante una pandemia de miedos, de inseguridades y, sobre todo, de desconfianzas, no podemos volver a echar manos de las sanguijuelas. Ya hay otras terapias mejores y más modernas consagradas por la Ciencia Médica, que también se construye colectivamente y no individualmente y, mucho menos, con enfrentamientos.
Sin embargo en aquellos tiempos terapéuticos, que lindaban con la Transición tan Española (modélica, por de menos) nos encontramos con que desde Suresnes se estaba por ir cambiando de rumbo y hasta de rambo. Entonces fue historia que los socialistas históricos no estaban tan de acuerdo con algunos modernismos, pero se impuso el dar la cara (la cara más favorable) para hacer posible una llegada al poder de unos socialistas que no se durmieran en los laureles de su tradición histórica. Se desahució al marximo, que por otra parte no le había hecho daño a nadie, solo los que hicieron una mala interpretación del mismo causaron desgracias, y se tendió a un cierto entendimiento con el liberalismo, que con su poder alucinatorio los acogió de pleno. Los barones de entonces se tuvieron que achicar poco a poco. El cambio entonces fue apoyado por muchos y se consiguió el poder gobernar en las tierras externas de la Europa de entonces. El nuevo modelo fue aceptado y duró bastante tiempo.
Aquellos chicos crecieron y con el tiempo se convirtieron en los barones que con sus más y sus menos, sus más trapisondas políticas y sus menos fieles, dejaron el poder en manos de una irredenta derecha, que había pasado del ojeo a recobrar todas las piezas en poco tiempo de montería.
Más tarde, cuando el buenismo de Zapatero recuperó la hacienda política, no faltaron barones que se encargaban, con sus ya renovados pero desvencijados dogmas, en poner palos en las ruedas al carro socialista de la política del siglo XXI.
Cuando volvió la derecha, incluso sin haberse podido llevar a la boca el cese de las armas por parte de ETA, que se precipitó, como ya apuntamos, para poder sacar rédito político, los barones, que ya habían crecido y se habían olvidado de su cambio de agujas en Suresnes, empezaron a cambiar para que nada cambiara de nuevo, y se liaron con unas primarias que no pudieron controlar en el segundo tiempo del encuentro (o desencuentro).
Cuando hasta el barón mayor  había apoyado a Sánchez, no esperaron ni veinticuatro horas para poder formar un gobierno de progreso, pues el respaldo solo le valía si conseguía mayoría absoluta. Y todo porque el bipartidismo era no solo saludable, sino sagrado también. Y después de muchos avatares, nos hemos podido dar cuenta de que “el no poder dormir de Sánchez” en un tiempo de coalición tiene la misma factura del “actual atragantamiento y nudo en la garganta” del que hablan los barones actuales y de siempre, porque Bildu se ofrece para apoyar los presupuestos en juego.
Toda la vasca, perdón, todo el arco político, se rasga ahora las vestiduras y hasta Arrimadas, tiende la mano, queriendo obviar que Esquerra tiene más escaños que ella, y con disimulo ataca la propuesta de Bildu, porque ella cuenta con más escaños, aunque no lo declare expresamente.
Para colmo barones del socialismo, que hicieron caso omiso a sus históricos barones de antaño, no quieren dar ahora paso a una Historia abierta. Así, incluso alguno que en el 1978 se apuntó a las filas casi victoriosas de la entonces Alianza Popular y ni siquiera a UCD, se pasó años después directamente a un consolidado socialismo, porque se había equivocado pródigamente de casa, de la casa del padre. Así también otros, casi incondicionales feligreses de “san Isidoro” ahora no sienten tanta devoción con “san Chez”, porque el cielo socialista es solo uno y no cabe trinidad que valga. Todos los que componen el coro del socialismo auténtico parecen señalar que la felonía está en las manos de la que parece ajena juventud socalista. Podían aprovechar las mascarillas para denostar menos, informarse más de los pactos políticos con ETA y pensárselo mejor.
josemª  
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